Razones / Martha Irene Herrera
Hace unos 16 años, cuando Facebook apenas se asomaba en la vida de los cibernautas, me
intrigaba cómo un compañero en la oficina de Gobierno en la que en ese entonces trabajaba,
podía pasar horas frente a la pantalla viendo fotografías de vidas ajenas. No entendía la
dinámica ni encontraba sentido en dedicar tanto tiempo a eso
En ese entonces, por mi trabajo de monitoreo de medios de comunicación, mi jefe me obligó a
abrir una cuenta en Facebook y otra en Twitter para seguir la actividad política. Así empecé a
familiarizarme con palabras como muro, postear, like, etiquetar, términos que hasta entonces no
formaban parte de mi lenguaje diario
Hoy, cuando aparecen recuerdos de aquellos primeros pasos en redes sociales, me provocan
risa: la torpeza para interactuar y la facilidad con la que ventilaba asuntos personales que
probablemente no interesaban a nadie entonces y tampoco ahora.
Con el tiempo, estar en redes sociales dejó de ser una opción. Hoy, quien no está, pareciera no
existir. La inmediatez nos ganó, y con ella llegó un mundo de malestares que antes no
conocíamos.
La ansiedad digital es uno de ellos: un malestar silencioso que se instala en el cuerpo sin previo
aviso. Hoy es común despertar y al abrir los ojos, buscar el teléfono como un reflejo automático.
Hace hace 10 años, esta escena habría parecido exagerada. La vida cotidiana no estaba
dominada por notificaciones, mensajes y alertas que exigen atención inmediata.
El teléfono se convirtió en un puente indispensable entre el trabajo, la familia y el ocio, pero
también en una puerta abierta a la comparación constante. La ansiedad digital aparece cuando
la mirada se vuelve compulsiva: revisar redes, comprobar si alguien respondió, medir cuántos
“me gusta” obtuvo una publicación o cuánto tiempo ha pasado desde el último mensaje. Lo
social se transformó en validación, y el valor personal empezó a medirse en cifras y tiempos de
respuesta.
La presión no solo proviene de lo que vemos, sino de todo aquello que podríamos estar viendo.
Vivimos en una era de acceso ilimitado a información, opiniones y vidas ajenas. El cerebro no
distingue entre lo urgente y lo importante, y esa saturación constante se traduce en tensión,
insomnio y la sensación de no alcanzar a estar al día.
La ansiedad digital también se alimenta de la exigencia de estar siempre disponibles. La
comunicación instantánea se volvió una obligación tácita y, cuando la respuesta no llega de
inmediato, el silencio deja de ser pausa para convertirse en inquietud.
El reto es recuperar la vida fuera de la pantalla sin sentir que perdemos el control. No se trata
de renunciar a la tecnología, sino de reaprender la calma: desayunar sin notificaciones, caminar
sin revisar el celular, conversar sin distracciones, dormir sin la luz azul.
La ansiedad digital no es culpa de la tecnología, sino de los límites que dejamos de poner. Si no
aprendemos a elegir cuándo conectarnos, terminaremos viviendo para el teléfono y no para la
vida, e incluso cuando creemos estar conectados con todo, es cuando más lejos estamos de
nosotros mismos.
Recuperar el control no es desconectarse del mundo, es volver a elegir qué parte de la vida
queremos que nos pertenezca de verdad.
Contacto:
madis1973@hotmail.com





