INDICADOR POLITICO/Por Carlos Ramírez
La realidad comprueba que los mitos terminan por encontrar su verdadero espacio. El “señor
Mencho” había pasado en formar parte ya de la cultura de los narcocorridos como un
delincuente que se enfrentaba al aparato autoritario del Estado, pero con evidencias de que se
trataba simplemente de un líder criminal.
Los círculos se cierran: el Cártel de las Cuatro Letras (CJNG) había violado los límites del
poder del Estado el 28 de junio de 2020 –hace casi seis años– cuando operó un espectacular
atentado con decenas de balazos contra el entonces secretario de Protección Ciudadana en la
Ciudad de México, Omar García Harfuch.
El abatimiento del jefe del Cártel Jalisco, el encarcelamiento del Chapo y el Mayo Zambada
como jefes del cártel de Sinaloa y los arrestos de jefes de cárteles menores cambiaron el
cuadro político interno de México y desde luego que deben de distorsionar las relaciones
opresivas del Gobierno del presidente Trump que se basaban en su argumentación de que el
gobierno mexicano no se atrevía a combatir a los cárteles y a sus jefes.
Quedan, de todos modos, los expedientes que tienen que ver con las razones políticas
internas en México que permitieron desde 1984 que los cárteles del narcotráfico hubieran
podido florecer por razones de la denuncia permanente de que estructuras judiciales y políticas
del Estado mexicano estaban articuladas a los intereses de las bandas del crimen organizado.
El encarcelamiento de los grandes capos desde finales de los años noventa hasta el
secuestro del Mayo Zambada no habían desmembrado el poder criminal –es decir: económico,
político y social– que le había expropiado arbitrariamente espacios territoriales a la soberanía
del Estado mexicano.
A pesar de lo significativo de la muerte o encarcelamiento de grandes capos, las estructuras
de los cárteles han seguido funcionando. Los operativos en contra de los jefes han buscado
solamente el descabezamiento de los cárteles, de Calderón a la fecha, pero a sabiendas de
que hay relevos de jefaturas que siguen haciendo funcionar las maquinarias criminales que
dominan espacios territoriales nacional.
El Cártel de Sinaloa, por ejemplo, fue descabezado con el arresto del Chapo, el Mayo y uno de
los hijos del Chapo, pero los laboratorios sobre todo de producción de fentanilo siguen
operando con dificultades pero produciendo drogas y sobre todo continúan contrabandeando
en sus productos hacia Estados Unidos para satisfacer las necesidades de los oficialmente
reconocidos 48 millones de adictos reconocidos por el presidente Donald Trump.
Otro de los datos fundamentales sobre la configuración de los cárteles se localiza en la
capacidad de acopio de armas de los cárteles y sobre todo en decisiones operativas delictivas
no para proteger el tráfico, sino para combatir al Estado que está recuperando su autoridad
territorial capturada por los delincuentes. El último dato proveniente de Estados Unidos señala
que hasta ahora solo se ha podido decomisar el 3% de armas que de contrabando están en
poder de los delincuentes en Estados Unidos y en otras partes del mundo.
Y también hay que registrar el hecho que los grandes cárteles y sus jefes siguen instalados en
espacios territoriales detectados por las autoridades, pero sin que existan operativos
específicos para recuperar esa soberanía territorial y que los grandes personajes del narco y
sus familiares se mueven casi a la vista de todos sin que las autoridades desmantelen esas
estructuras donde se encuentra el origen real del poder criminal.
De acuerdo con versiones más o menos documentadas –entre ellas la DEA–, el Cártel Jalisco
tiene presencia dominante en cuanto menos una quincena de estados de la República y
disputa el control en una docena más de entidades donde otros cárteles tienen el control, y en
todo este avance territorial ce hizo ante la incapacidad o la complicidad de autoridades y
sociedades en las zonas locales.
El cártel del Mencho tenía varios años de operar con arrogancia en espacios mediáticos con
videos que mostraban parte de su capacidad de armamento, pero siempre con la percepción
gubernamental de que los grupos delictivos chocaban con el escudo de seguridad y sobre todo
del Ejército.
Lo que debe venir ahora es un operativo más que urgente del Estado mexicano para
desmantelar las posiciones territoriales controladas por los cárteles y para arrestar a políticos,
empresarios y líderes sociales que se habían aliado con los capos para entregar la soberanía
del Estado a grupos delictivos que imponían su reinado de terror.
Con la muerte del Mencho termina el ciclo de los grandes capos del narco que comenzó en
1984 con Miguel Ángel Félix Gallardo, Ernesto Fonseca y Rafael Caro Quintero.
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Política para dummies: La política, al final del día, se impone sobre la delincuencia.
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