En visto| Dora de la Cruz
Este 8 de marzo, Día Internacional de la mujer, es una fecha memorial, para recordar
a las mujeres que iniciaron esta lucha por los derechos de las mujeres que hoy
tenemos, pero también es un día de resistencia; este es el camino del 8M, en el que,
los colectivos feministas, salen a las calles, para alzar la voz, frente a la impunidad
que persiste en las agresiones contra mujeres y niñas.
Este movimiento feminista internacional nace de cada caso de violencia y
explotación que afectó a mujeres, transformando su dolor en reclamo y en leyes. Por
eso, convertir este día en felicitaciones resulta incongruente; el 8 de marzo
conmemora tragedias como la muerte de 129 obreras textiles en una industria de
Nueva York en 1911, víctimas de explotación y muerte. Es un día para recordar,
conmemorar y mantener presente la lucha por derechos que aún no se cumplen.
Aunque es cierto que en México se han aprobado reformas y leyes para garantizar la
protección y el acceso a la justicia para las mujeres, las mismas que se bajan a los
estados, la persistencia de agresiones y violencias demuestran una distancia amplia
por recorrer ante la realidad en su aplicación. Es decir, la deuda con las mujeres
sigue vigente.
Es cierto que existen avances legislativos, pero en la práctica son los colectivos
feministas los que sostienen la protección de muchas mujeres. No son las leyes ni
los policías los que te salvan; son otras mujeres las que salen a las calles a
acompañar, visibilizar y denunciar a los agresores.
El miedo sigue siendo un obstáculo, porque muchas mujeres no denuncian por
temor, y quienes lo hacen enfrentan juicios y culpabilización por lo sucedido. Esta
dinámica debe cambiar, la responsabilidad y la vergüenza deben recaer en los
agresores y en las instituciones que no cumplen con su obligación de garantizar
justicia.
Este 8 de marzo es una fecha para llamar al Estado mexicano a tener la voluntad
política y contribuir a remover las barreras que aún limitan el acceso de miles de
mujeres a la justicia y a la igualdad de oportunidades. También es un recordatorio de
que la ley debe aplicarse sin distinción, sin importar quién sea el agresor.
La demanda es que las agresiones contra mujeres y niñas no queden sin castigo y
que las instituciones respondan con procesos efectivos. El planteamiento es que el
discurso público sobre los derechos de las mujeres tenga correspondencia con
decisiones y acciones del Estado.
Este domingo, las calles se convertirán en una denuncia colectiva, un grito contra la
violencia de género, sexual, vicaria y todas sus formas. Detrás de cada pancarta y
cada expresión hay historias de agresión, pero también de impunidad. Es un
mensaje dirigido a las autoridades y a la sociedad: la violencia no puede permanecer
sin respuesta.
“Ya nada me calla, ya todo me sobra; si tocan a una, respondemos todas”. El 8M
mantiene vigente la exigencia de justicia y el reclamo de cambios reales.





