El Faro/ Francisco de Asís
“Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor de la América ingenua…”.
Así advertía Rubén Darío a Theodore Roosevelt a inicios del siglo XX. No era una metáfora: era un diagnóstico.
Roosevelt formalizó esa visión con la política del “gran garrote”: hablar suavemente mientras se sostenía la amenaza de la fuerza. Pero el verdadero fundamento estaba detrás: la doctrina Monroe, ese principio que bajo el lema “América para los americanos” otorgó a Estados Unidos la facultad de decidir quién podía —y quién no— intervenir en el continente.
Lo que comenzó como un freno a Europa terminó convertido en una licencia para intervenir.
Un siglo después, Donald Trump no ha inventado nada. Ha sido, en todo caso, brutalmente explícito. Su reinterpretación —la llamada “Donroe”— no es más que la versión descarnada de un viejo principio: los intereses de Estados Unidos justifican su acción en cualquier parte del mundo.
Ahí están los hechos: presión sobre México en materia de seguridad, intervención en Venezuela bajo el argumento del narcotráfico, amenazas sobre territorios estratégicos y ahora, una escalada militar directa en Medio Oriente.
La guerra contra Irán, emprendida junto con Israel, marca un punto de inflexión. Pero la justificación de esta guerra revela algo más inquietante que la propia escalada militar: su fragilidad.
Donald Trump ha sostenido que el objetivo es impedir que Irán desarrolle armas nucleares. Sin embargo, el propio Trump había declarado en 2025 que las instalaciones capaces de producir este tipo de armamento habían sido destruidas. Es decir, la amenaza que hoy se invoca como causa de guerra había sido, según su propio discurso, neutralizada.
Cuando la razón que legitima el uso de la fuerza se contradice con los hechos previamente afirmados, la pregunta deja de ser militar y se vuelve política: ¿qué es lo que realmente se está defendiendo?
En ese terreno aparece la figura de Benjamín Netanyahu. Tras el ataque del 7 de octubre de 2023 y la posterior ofensiva en Gaza, su liderazgo quedó profundamente cuestionado. A ello se suma la presión internacional por posibles crímenes de guerra y procesos judiciales que no solo amenazan su permanencia en el poder, sino su libertad personal.
En ese contexto, la guerra deja de ser únicamente un conflicto geopolítico para convertirse también en un instrumento de supervivencia. No solo política, sino jurídica. Un escenario en el que la rendición de cuentas puede postergarse… o diluirse.
Pero las guerras no se quedan en los discursos. Tienen consecuencias.
El estrecho de Ormuz —por donde transita una parte sustancial del petróleo mundial— ya no enfrenta una amenaza: está bloqueado.
Cientos de buques han quedado inmovilizados, interrumpiendo uno de los principales flujos energéticos del planeta. Y cuando se interrumpe la energía, se altera toda la economía global.
México no es ajeno a ello. El incremento en los precios del crudo impacta directamente en la gasolina, presiona la inflación y termina pagándose en el bolsillo de los mexicanos.
Es ahí donde la geopolítica deja de ser un asunto lejano.
Pero hay algo aún más incómodo.
En países como Venezuela o Cuba, con regímenes dictatoriales cuyos pueblos han sufrido por décadas, y en regiones de México atrapadas por el crimen organizado —donde la población más vulnerable ha tenido que abandonar sus hogares e incluso dejar a sus muertos—, el Estado no solo ha sido incapaz de proteger a sus ciudadanos: en muchos casos ha sido cómplice. En ese contexto empieza a surgir una pregunta que antes parecía impensable: ¿y si la salida viene de afuera?
No es una convicción. Es algo más inquietante: es la desesperación.
Rubén Darío también lo anticipó. En su obra no solo hay advertencia, hay también una sombra de esperanza. En otro de sus poemas, Salutación al Águila, escribió:
“Bien vengas, mágica Águila de alas enormes y fuertes,
a extender sobre el Sur tu gran sombra continental,
a traer en tus garras… una palma de gloria…
y en tu pico la oliva de una vasta y fecunda paz.”
Pero esa esperanza —la de un poder que trajera orden sin someter— nunca llegó.
Y esa es la tragedia.
Que más de un siglo después, no hemos sido capaces de resolver nada:
seguimos debatiéndonos entre temer al poder…
o terminar pidiéndole ayuda.





