Razones/Martha Irene Herrera
La reforma electoral impulsada por la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, llegó ayer al
Senado de la República y con ello inicia formalmente un proceso legislativo que, por su
alcance, promete abrir uno de los debates políticos más importantes de los próximos meses.
Como toda reforma constitucional, la iniciativa deberá ser analizada primero en comisiones,
discutida en el pleno del Senado y, en caso de aprobarse, pasar posteriormente a la Cámara de
Diputados. Para prosperar requerirá mayoría calificada, es decir, el respaldo de dos terceras
partes de los legisladores, y después la aprobación de la mayoría de los congresos estatales.
No será, por tanto, una discusión breve ni sencilla.
Por ahora, lo que tenemos es apenas el punto de partida. El debate apenas comienza y hay
mucho que analizar y comentar sobre una propuesta que toca el corazón del sistema
democrático mexicano.
Entre los objetivos que plantea la reforma destacan algunos ejes que ya generan discusión
pública: abaratar el costo de las elecciones, reducir el número de legisladores —
particularmente en el Senado—, ajustar el tamaño de la Cámara de Diputados y modificar el
mecanismo de representación para evitar que los partidos políticos controlen de manera
absoluta las listas de legisladores plurinominales.
Se trata, en esencia, de una propuesta que busca revisar la estructura y el costo del sistema
electoral mexicano, un tema que desde hace años forma parte del debate público.
Sin embargo, más allá de estos puntos estructurales, hay un aspecto de la iniciativa que
merece especial atención porque apunta hacia el futuro de las campañas políticas: la
regulación del uso de la inteligencia artificial.
No es un tema menor.
En los últimos años las campañas electorales han cambiado de manera radical. Las redes
sociales se convirtieron en un campo de batalla político y, junto con ellas, aparecieron
fenómenos que hace apenas una década parecían lejanos: ejércitos de bots que inflan
tendencias, campañas negras diseñadas digitalmente, cuentas falsas que difunden
desinformación y estrategias coordinadas para manipular la conversación pública.
En varios procesos electorales —en México y en otros países— estas prácticas han sido
señaladas como herramientas capaces de influir en la percepción del electorado e incluso de
alterar el clima político de una elección.
No se trata únicamente de una discusión tecnológica. El impacto puede ser profundamente
político.
Diversos procesos electorales recientes en el mundo han mostrado cómo las estrategias
digitales pueden amplificar rumores, polarizar a los votantes o posicionar narrativas que,
aunque no siempre correspondan a hechos verificables, terminan influyendo en la conversación
pública. En ese escenario, la velocidad con la que circula la información en redes sociales suele
ser mucho mayor que la capacidad institucional para desmentirla.
La inteligencia artificial podría profundizar ese fenómeno. La creación de contenidos falsos
cada vez más creíbles —desde audios hasta videos manipulados— abre la puerta a campañas
de desinformación difíciles de detectar para el ciudadano común. De ahí que el debate sobre su
regulación dentro de las campañas electorales empiece a ocupar un lugar relevante en la
discusión pública.
Por ahora, lo cierto es que la reforma apenas inicia su camino legislativo. Habrá tiempo para el
análisis, la crítica y las propuestas, porque cualquier cambio en las reglas electorales exige una
discusión profunda, abierta y responsable.
Pero hay un elemento que ya no puede ignorarse: la tecnología está transformando la manera
en que se construye la opinión pública.
Las elecciones del futuro no solo se disputarán en las plazas públicas, en los debates o en los
anuncios de campaña. También se librarán en redes sociales, en servidores digitales y en
algoritmos capaces de multiplicar mensajes en cuestión de segundos.
La pregunta no es si la inteligencia artificial influirá en las campañas políticas. Eso ya está
ocurriendo.
La verdadera pregunta es si nuestras instituciones estarán preparadas para evitar que, entre
bots, campañas falsas y contenidos manipulados, la democracia termine perdiendo la batalla de
la verdad.
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