Razones/ Por Martha Irene Herrera
En agosto de 2025, en mi primera columna Razones, abordé un tema que hoy cobra una dimensión mucho más grave: la crisis de la Cruz Roja Mexicana.
Entonces narré, con tristeza, una experiencia personal al intentar acceder a lo más básico: medir mis niveles de glucosa en sangre y mi presión arterial. No había insumos.
Siete meses después, aquella anécdota dejó de ser un caso aislado.
La Cruz Roja Internacional nació en el siglo XIX en Suiza, como una iniciativa humanitaria para atender a los heridos en los campos de batalla sin importar de qué bando fueran. Su origen está ligado a un hecho histórico muy impactante: la Batalla de Solferino. Allí, Henry Dunant vio miles de soldados heridos abandonados y decidió organizar atención inmediata para todos, sin distinción. Él soñó con un mundo donde la ayuda llegara a quienes más la necesitaban, sin importar fronteras ni banderas. Ese ideal humanitario, nacido de la empatía y la solidaridad, es la esencia de la Cruz Roja.
Hoy, la delegación de la Cruz Roja en Tamaulipas enfrenta un diagnóstico devastador. La suspensión de actividades en la base de Tampico no es un hecho aislado ni temporal: es la evidencia de un deterioro profundo que terminó por alcanzar el límite.
El propio comunicado emitido el pasado sábado 14 de marzo por la base Tampico lo deja claro: la suspensión de operaciones responde a la falta de recursos para continuar brindando el servicio. No hay condiciones financieras para sostener la atención.
Y cuando una institución como la Cruz Roja dice que no puede operar, el mensaje es grave.
Pero lo es aún más cuando se conoce el contexto completo. La decisión de la sede nacional de la Cruz Roja de ordenar el cierre definitivo en Ciudad Victoria y en ocho bases de socorro del estado destapó una crisis más severa de lo que se había reconocido públicamente. Las evaluaciones internas detectaron inconsistencias en la gestión operativa y económica, lo que llevó a iniciar una revisión contable y administrativa profunda, así como cambios en la dirección estatal.
Las delegaciones afectadas abarcan buena parte del territorio: Victoria, Altamira, Tampico, Llera, Tula, Miguel Alemán, Soto la Marina y Xicoténcatl. No es una crisis local. Es un colapso estatal.
Y aun así, en medio de este escenario crítico, hay algo que resiste. En Tampico, los traslados continúan, pero no por la capacidad institucional, sino por la voluntad de voluntarios que se niegan a dejar morir a la Cruz Roja. Son ellos quienes, con recursos limitados, siguen atendiendo emergencias, sosteniendo un servicio que oficialmente ha sido suspendido.
Porque mientras la institución enfrenta fallas estructurales, también hay una realidad incómoda: la Cruz Roja no es gobierno. No tiene presupuesto garantizado. Depende de la sociedad.
Y esa sociedad, hay que admitirlo, también ha fallado. Nos acostumbramos a cuestionar, a señalar, a exigir… pero dejamos de participar. Dejamos de donar. Dejamos de sentirla como propia.
La historia de Henry Dunant nos recuerda que la Cruz Roja nació del compromiso individual y colectivo de ayudar al prójimo sin esperar nada a cambio. Hoy, ese llamado sigue vigente: no basta con lamentar su apagón, debemos actuar para mantener viva la solidaridad que la institución representa.
Hoy, la Cruz Roja en Tamaulipas no está colapsando de un día para otro. Se está apagando lentamente. Base por base. Servicio por servicio. Y lo más grave es que lo estamos viendo… sin hacer nada.
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