GRAVEDAD DE SER/ NORA MARIANELA GARCIA RODRIGUEZ
Por. Nora Marianela García Rodríguez
“La pertenencia no es compañía; es reconocimiento.”
La modernidad mexicana prometió movilidad social, educación expansiva y ciudadanía plena; amplió derechos, urbanizó territorios, integró mercados, pero también erosionó comunidades densas que ofrecían arraigo; el tránsito del México rural al urbano dejó tras de sí una sociedad más conectada pero menos cohesionada; hoy más del 80% de la población vive en ciudades y enfrenta dinámicas laborales marcadas por la informalidad, que supera el 55% de la población ocupada según INEGI, cifra que no sólo expresa precariedad económica sino fragilidad identitaria, pues el trabajo ha sido históricamente uno de los ejes de pertenencia y reconocimiento social.
La desigualdad profundiza esa fractura; más de 46 millones de personas viven en condiciones de pobreza según mediciones oficiales, y cuando la brecha entre expectativas y posibilidades reales se ensancha la pertenencia se vuelve incierta; la exclusión económica no sólo limita consumo o movilidad, limita reconocimiento; quien queda fuera del circuito productivo formal también queda expuesto a una forma de invisibilidad social que erosiona autoestima y cohesión.
La necesidad de pertenecer es reconocimiento; es saber que nuestra existencia importa para alguien más, que nuestras palabras encuentran eco sin convertirse en consigna; cuando esa experiencia se debilita el individuo se repliega o se adhiere con fervor a identidades rígidas, ambas reacciones revelan fragilidad del lazo social; la pertenencia deja de ser encuentro y se convierte en trinchera, la comunidad se transforma en alineamiento y la diferencia se percibe como amenaza.
En Tamaulipas esta tensión se inscribe en una historia marcada por violencia intermitente, desigualdad territorial e incertidumbre económica; la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública ha mostrado que en distintos momentos más del 60% de la población percibe inseguridad en su entorno inmediato; ese dato no sólo habla de delito, habla de miedo acumulado; en 2024 las unidades públicas de salud registraron incrementos cercanos al 200% en la demanda de atención por ansiedad y depresión, y más de 55 mil consultas psicológicas y psiquiátricas en un año reflejan un clima donde el desgaste emocional se vuelve cotidiano; cuando el miedo reorganiza desplazamientos y conversaciones la pertenencia se contrae, la confianza se vuelve selectiva y el espacio público pierde densidad.
No se trata sólo de violencia; también pesa la polarización discursiva y la economía de la atención; vivimos rodeados de opiniones y consignas pero no necesariamente de diálogo; las redes sociales ofrecen pertenencias inmediatas que cohesionan por afinidad o antagonismo, exigen alineamiento permanente y convierten la discrepancia en motivo de expulsión simbólica; la identidad se sobreactúa, la comunidad se fragiliza y el individuo oscila entre exhibición y repliegue.
Existe una paradoja que conviene mirar con sobriedad: mientras más se exalta la identidad más vulnerable parece el sentido de comunidad; la pertenencia auténtica no exige uniformidad sino reciprocidad, no cancela la diferencia sino que la hospeda; cuando la comunidad se reduce a consigna pierde su dimensión ética, cuando se fragmenta en tribus excluyentes pierde su horizonte político y deja al individuo ante la intemperie emocional.
La salud mental en este contexto no puede pensarse como asunto exclusivamente clínico; las cifras de ansiedad y depresión hablan de individuos pero también de instituciones, de desigualdades históricas, de territorios atravesados por tensiones acumuladas; pertenecer implica reconocimiento mutuo y participación en un proyecto común, si ese proyecto se debilita la vida interior carga un peso desproporcionado y el individuo se convierte en único sostén de una estructura que debería ser compartida.
Pertenecer no es diluirse, es compartir gravedad; cuando la comunidad falla el individuo carga un peso que no le corresponde. Si hoy crecen la ansiedad y la soledad no es por debilidad personal, es por desgaste del vínculo social; la pertenencia no es consuelo, es estructura. Una sociedad que no reconoce termina fracturándose, porque donde el reconocimiento desaparece, la dignidad se erosiona y la soledad deja de ser excepción para convertirse en destino.





