El faro/ Francisco de Asís
No sé qué pasó. No sé dónde estoy. Todo está oscuro, pensaba Rutilio. No sentía el cuerpo, pero podía oír. Y en medio de aquella oscuridad empezó a distinguir pasos sobre la tierra, pasos lentos, como de gente que camina mirando el suelo. Luego oyó voces.
—¡Compadre Nicanor! ¿Qué andas haciendo por acá?
—Buen día, compadre. Pues ya ves… regresé. Necesitaba regresar.
—Ten mucho cuidado, todavía te andan buscando.
—Sí, Filiberto, me voy a cuidar. Pero no podía simplemente huir. ¿Cómo está la gente del pueblo?
Rutilio escuchaba atento. Aquella voz… la conocía. Sintió un vuelco en el pecho, o en lo que quedaba de él.
—¡Mi papá! —pensó.
Quiso moverse, quiso hablar, quiso salir de aquella oscuridad, pero no pudo.
Filiberto tardó en contestar, como si le pesara decir en voz alta lo que estaba pasando.
—Cada vez peor. Cuando te fuiste nos quitaron las vaquitas, las cosechas y algunas casas.
Ahora tenemos que trabajar para ellos y, aparte, trabajar para comer. La gente vive con miedo. En las noches ya nadie sale. Ya ni los perros ladran como antes. Esto ya no es vida, compadre.
—De verdad no sé a qué regresaste —continuó Filiberto—. Ya te llevaste a tu familia, y entiendo que allá, de una u otra manera, ya te acomodaste. ¿Cuánto tienes allá? ¿Dos años?
—Sí, compadre. Nos dieron asilo a algunos. No a todos. Allá están mi mujer, Chava, mi cuñado Leocadio… ya trabajan con papeles. Batallaron, pero ya se acomodaron.
—Por eso me extraña… ¿a qué regresaste? Hasta te desaparecieron a tu hijo, Rutilio.
Nicanor guardó silencio.
Una modesta lágrima le rodó por la mejilla.
—También por él vengo —dijo al fin—. Pero tampoco puedo dejar pasar que los Ardillos mataron a tres muchachos que trabajaban conmigo. Los descuartizaron y me los entregaron en bolsas. No lo puedo dejar pasar. Ya fui a poner denuncias, di nombres, di todo. No hacen nada. Parece que uno está solo en esto. Pero no me voy a quedar cruzado de brazos.
—No compadre, no lo hagas. Van a venir por ti. Esa gente no se anda con juegos. Y tú sabes bien que andan en combinación con autoridades. A esos no los molestan ni la policía ni la guardia ni los soldados, si no viene una orden de más arriba.
—Estoy decidido. La noche que nos fuimos, nos atacaron. Llegaron en camionetas y empezaron a disparar. Algunos compañeros y yo repelimos la agresión. Cuando llegó la policía con la gendarmería, mis compañeros se entregaron. Yo me escondí. Esa misma noche salimos del pueblo como trescientas personas. Desde entonces me andan buscando. Vengo a moverle a lo de las denuncias, a ver si ahora sí alguien hace algo.
—Con razón te traen en la mira. Dicen que hasta recompensa ofrecen por ti, vivo o muerto.
—No lo dudaría.
Filiberto miraba hacia el camino, como con ganas de irse desde hacía rato.
—Compadre, me tengo que ir —dijo ansioso—. Y te lo digo derecho: ya no me busques. Tengo miedo. Por mí, pero más por mi familia. Aquí la gente ya aprendió a no ver, a no oír y a no preguntar. Te estimo mucho… pero no te quiero volver a ver.
—Lo entiendo —respondió Nicanor—. Yo no me puedo ir. Traigo ese dolor tan grande de haber perdido a mi hijo y necesito hacer justicia. No me voy a quedar aquí. Me voy a ir a…
—No me digas —lo interrumpió Filiberto—. No quiero saber.
Se quedaron en silencio unos segundos, como si los dos entendieran lo que el otro no quería oír.
—Está bien, compadre —dijo Nicanor al fin—. Cuídate mucho.
Filiberto se fue por el camino de siempre, con la cabeza baja.
Nicanor se quedó un momento más, mirando aquella tierra que tanto había querido y que durante años le dio de comer. Ahora le pareció que en esa misma tierra estaba enterrado todo lo que había sido su vida. Luego se acomodó el sombrero y caminó en sentido contrario.
Rutilio lo había escuchado todo. Deseaba hablar, decirle que no se preocupara, que estaba bien, que ya no le dolía nada.
—Padre, aquí estoy, a dos metros de ti. Quisiera abrazarte y decirte que me lleves contigo.
Pero no puedo, la mortaja de mi muerte no me deja partir.





