INDICADOR POLITICO/Por Carlos Ramírez
Aunque de nueva cuenta sale relucir el tema de los tiroteos interrelacionado a la Segunda
Enmienda que permite la propiedad de todo tipo de armas por la ciudadanía, el problema en
Estados Unidos es mucho mayor: la violencia a balazos es expresión de una cultura imperial
de la violencia.
En un momento delicado en el que un presidente enarbola con agresividad la agresión militar
violenta contra otras naciones y amenaza con desaparecer civilizaciones enteras como
argumentación militarista que tiene efectos en la mentalidad de los ciudadanos, el cuarto
intento de atentado contra el presidente Donald Trump debe tener una lectura más profunda y
analítica, inclusive más allá a lo que revela la inteligencia artificial en cuanto a las vidas de un
gato: “un gato tiene nueve vidas. Durante tres juega, durante tres se extravía y durante las
últimas tres se queda”.
Trump ha regresado –quiérase que no– a la cultura expansionista violenta del siglo XIX
cuando no valían razones y la estructura jurídica que le había sorprendido al Vizconde de
Tocqueville estaba al servicio de la decisión de los presidentes de entonces para aplastar vía
el asesinato a millones de indios que tenían la propiedad natural de tierra donde pastaban los
búfalos, comprar sin rubor territorios a países que sabían que tenían que vender o serían
expropiados por la fuerza de las armas y fabricar guerras contra los mexicanos para quitarles
la mitad de su territorio.
Trump ha estado metiendo a EU a guerras expansionistas que disputan no solamente
territorios ni tampoco nada más recursos naturales, sino que forman parte de una fase de
conquista territorial. Trump le declaró la guerra sin pasar por su congreso a Irán, ha
bombardeado impunemente zonas civiles y se ha aliado al expansionismo territorial judío –que
no israelí– de Netanyahu para que los intereses que los políticos de la Casa Blanca pongan
bases militares en zonas que habían estado bajo la influencia de Irán E Irak.
La última amenaza que lanzó Trump en dos ocasiones ha sido analizada con frialdad como una
argumentación de Estado de guerra, pero no puede evitarse la interpretación que tienen en la
comunidad internacional las dos advertencias de Trump –se supone que nucleares– para
desaparecer a la civilización iraní de casi cien millones de personas, porque dijo desaparecer
del mapa lo mismo a iraníes bélicos que a civiles inocentes que serían víctimas de las
advertencias el Olimpo washingtoniano.
No es difícil tratar de interpretar el sentimiento del ciudadano estadounidense medio que
favorece a Trump o que se opone a tanta violencia de guerras fabricadas por expansionismos
geopolíticos; y en este sentido se puede subrayar que el problema en Estados Unidos no es la
Segunda Enmienda que permite la existencia en la actualidad de más de 400 millones de
armas de fuego en manos de una población total de 330 millones de personas.
El problema está en la mentalidad colonial del siglo XIX que ha regresado al uso de la fuerza
para conquistar territorios y personas, y aquí hay que incluir el último anuncio del presidente
Trump de no solo reforzar el derecho estadounidense a la pena de muerte, sino de regresar
justamente a una de las formas en las que se aplicaba esa pena: el pelotón de fusilamiento;
con cierto prurito de sensibilidad, las aplicaciones de pena de muerte ya no pasan por el
fusilamiento, el ahorcamiento, la cámara de gas o la decapitación, sino que se aplica la muerte
legal por inyección letal. En términos estrictos, Trump quiere regresar al fusilamiento en modo
militar.
La noche del sábado hubo mucho desajuste informativo hasta que se aclararon las
circunstancias: un hombre armado quiso entrar a la cena de corresponsales en el hotel Hilton,
hubo disparos externos del agresor y fue atrapado con vida. Muy a su estilo de torpeza
discursiva que reitera ideas para fijarlas en el inconsciente social colectivo, Trump se presentó
como víctima, dijo que era respuesta de los sectores conservadores a su política de
recuperación de la hegemonía estadounidense y catapultó el suceso para anunciar que
seguiría el acoso bélico contra los adversarios.
A algunos observadores no se les escapó un detalle que se reactivó con el incidente del
sábado 25: el intento de asesinato del candidato Donald Trump en Pensilvania en 2024
apareció herido en una oreja y sangrando; pero al revisar en acercamiento el rostro de Trump,
ninguna de sus orejas muestra rastros de que en algún momento dado fuera rosado por una
bala o por una esquirla y que lo hizo sangrar copiosamente.
En Estados Unidos se ha fortalecido la tesis pericial de que no hay asesinos solitarios, sino que
los delincuentes que acuden a la violencia son la expresión social de estados de ánimo que
usan la violencia individual replicada de la violencia institucional o gubernamental para obtener
objetivos sociales, de repudio al establishment y de uso de la violencia para cambiar la
correlación de fuerzas social.
Estados Unidos padece el virus de la violencia no hay vacuna contra enfermedad.
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Política para dummies: Completando a Clausewitz, las guerras y los balazos “son la
continuación de la política por otros medios”
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