Crónicas de la calle/ Rigoberto Hernández Guevara
“Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”. En esta
frase consagrada por Miguel de Cervantes Saavedra en voz de Don Quijote, se refleja un
sentido de la vida.
Mas el tiempo en no pocas ocasiones da la vuelta y nos confronta y es karma, causa y efecto,
inicio y final del cuento. Nos espera luego de participar en una larga fila, al final del camino.
Es verdad, todo lo que te rodea de pronto desaparece o deja de tener sentido. La mejor manera
de notar cómo pasa el tiempo está en la observación de los hijos, pues están bajo el cuidado y
el significado del destino. El ser humano nace, crece, se desarrolla y parte. Algunas cosas se
van de ti antes, otras permanecen por un tiempo hasta que dejan de tener importancia.
De pronto la voz delgada, delgada y rápida, se vuelve gruesa y lenta, anciana, hasta que dejas
de escucharte. Como un carro pasando. Hay canciones que olvidaste y no las recuperas jamás
ni vuelven a interesarte y de todas maneras escasean las parejas que pudiesen bailarlas. Ya no
es popular el twist, nadie baila el rock como antes y de a poco se ha dejado de bailar pegaditos.
Los chavos de la secundaria de aquellos años ahora dan clases en ella y ya no pateas un balón
a la portería de la cancha, sino otros se han apoderado de la adolescencia. No podrías jugar
unas carreras con ellos aunque sería inútil alcanzarlos. Corren todo el día.
Nadie ha logrado, hasta donde se sabe, escapar del tiempo que lleva al final. Nadie conoce con
anticipación el viaje ni la distancia ni compra un boleto al destino querido, mientras se ignoro si
será corto o largo.
En la vieja y loca crónica del mundo uno de nosotros escribirá con mano temblorosa que se
viajaba en microbús que cobraba 12 varos y se detenía en tal parte aún cuando no esté muy
seguro del color ni el número de la ruta.
Para entonces habrá mil cosas olvidadas, porque hay cosas que no se dicen con palabras, ni
se cuentan como no se cuentas las veces que viste a una muchacha. Sucesos hay que no
pertenecieron a tu circunstancia y fueron más fuertes de lo que pensaste para otras personas,
más significativas digamos.
“Cuando quise quitarme la máscara estaba pegada a la cara. Cuando la quité y me miré al
espejo ya había envejecido. Estaba borracho, no sabía llevar el disfraz que no me había
quitado”. Nos dice Fernando Pessoa en Tabaquería, uno de sus mejores poemas.
Estamos en el paraíso que se nos va de las manos. ¿ Qué pasa, qué está pasando atrás de
todo, cuál piedra empujamos, con el pequeño Sísifo, cuesta arriba y volvemos a subirla hasta
no poder más y resbala? ¿ Qué sentido tiene todo el tiempo olvidado que por mucho no
pedimos?
Gente que nunca volví a ver, les salud desde el inmóvil movimiento de un reloj de cuarzo, ni
siquiera hay que dar cuerda a un mecanismo, se desliza en automático. Días que ya olvidé,
poemas que tuvieron que escribirse para ser recordado por bohemios que una y otra vez los
han malinterpretado.
Río que corres muy rápido, ven, ven a sentarte conmigo junto a los árboles, vuélvete estanque,
deten el tiempo en tus manos, como dice el cantante, has esta noche perpetua, para que nunca
se vaya de mi, para que nunca amanezca.
Las estaciones cambian las hojas de un árbol y el viento las lleva de un lado para otro en su
viaje intermitente hacia el suelo que lo consume todo. Somos hojas a la deriva, en el bulevar
cambiamos de auto, de voz y de sueños rotos.
Y el tiempo nunca acaba de transcurrir por todo eso “Siempre deja la ventura una puerta abierta
en las desdichas, para dar remedio a ellas”. Agrega, y yo por último, el caballero andante de la
triste figura.
HASTA PRONTO





