José Luis Rodríguez Castro
Expreso La Razón
Fotos Cristian Lacarriere
Apenas el bote se acerca al Dique del Camalote y el aire cambia. No es inmediato, pero llega. Se mete en la nariz, se queda. Es un olor espeso, pegajoso, imposible de ignorar.
Las aves ya lo sabían. Dan vueltas arriba, pacientes, marcando el sitio antes de que cualquiera lo vea.
No hace falta mirar para entender.
En la orilla, hombres con el rostro cubierto ayudan a empujar las lanchas por un paso improvisado. Nadie habla de más. Todos respiran poco.
La tierra fue abierta a unos metros del dique. Negra, húmeda. Ahí enterraron toneladas de peces. Encima, las moscas: un zumbido continuo, como si algo siguiera vivo debajo.
Más adelante, un montón de cuerpos fue cubierto con cal. Costales enteros vaciados sin cuidado. La capa blanca intenta ocultarlo todo, pero no alcanza.
El olor atraviesa.
Sobre el concreto del dique hay manchas blancas, acumulaciones de cal arrojada a prisa. A un lado, restos de peces que no alcanzaron a ser retirados. Piel abierta, carne expuesta, ojos opacos.
Desde la orilla, pescadores miran en silencio el movimiento de trabajadores de la Comisión Nacional del Agua. No intervienen. Observan.
Más allá, personal de la Secretaría de Marina toma mediciones en el agua. Instrumentos, libretas, procedimientos. El trabajo sigue como si el entorno no pesara.
En Mata de la Monteada, los lancheros se reúnen a unos metros. Hablan entre ellos, bajan la voz, intentan entender qué pasó en cuestión de días.
Hasta hace poco, aquí no había nada de esto.
Los peces ya no están a la vista. Los retiraron, los enterraron, los cubrieron. Pero el aire no olvida.
Se queda.
Pescadores de seis comunidades del Sistema Lagunario del Tamesí apuntan hacia las compuertas del dique. Ahí, dicen, empezó todo.
Del otro lado, el reporte oficial habla de salinidad.
En el vado no hubo margen. El agua cambió y los peces quedaron atrapados sin salida. No alcanzaron el paso hacia lo dulce.
“Aquí se quedaron. No tuvieron chance de pasar. Parecía una alfombra de puros pescados… nunca había visto algo así”.
El silencio vuelve después de la voz.
El vado y el dique siguen ahí. Quietos.
Y el olor también.





