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La física de Dios.

  • abril 6, 2026
  • 7:00 am

Códigos de poder/David Vallejo.

Albert Einstein habló de una racionalidad profunda inscrita en el universo, de una armonía que
se revela en la estructura de sus leyes, mientras Stephen Hawking llevó esa intuición hacia una
frontera más exigente al preguntarse qué convierte una ecuación en realidad, qué permite que
un conjunto de símbolos trascienda el papel y se manifieste como un cosmos que se expande,
forma estrellas y alcanza un grado de complejidad capaz de observarse a sí mismo. Ambas
ideas convergen en que el universo además de describirse con precisión, también puede
comprenderse, y esa posibilidad encierra una de las preguntas más profundas que el
pensamiento humano ha sido capaz de formular.
¿Por qué existe un orden en lugar de caos? y ¿Por qué ese orden, además, resulta inteligible?
La física contemporánea se aproxima a esas preguntas desde su terreno natural, el de la
descripción rigurosa, y en ese camino ha transformado la intuición más básica sobre la materia.
El bosón de Higgs reveló que la masa no pertenece a las cosas como una propiedad inherente,
sino que surge de una interacción con un campo que llena todo el universo, un campo
constante e invisible cuya presencia define qué adquiere peso y qué permanece casi libre. Este
descubrimiento, confirmado en la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN),
introduce una idea que altera la comprensión desde su raíz, porque aquello que se percibe
como sólido depende de algo que no se muestra, y aquello que se asume como fundamento
resulta ser, en realidad, consecuencia.
Ese hallazgo revela una condición decisiva, el universo posee estructura porque existe un
principio que la hace posible. Sin ese campo, la materia carecería de forma, la química no
emergería, las estrellas no se formarían y la vida no tendría lugar, lo que convierte al Higgs en
algo más que una partícula, en la condición que permite que el universo sea reconocible como
tal.
A partir de ese punto, la física se proyecta hacia una ambición aún mayor, la teoría del todo, un
intento por unificar cada fuerza, cada interacción y cada ley en una sola estructura coherente
capaz de describir el universo en su totalidad. Mientras el Higgs explica por qué el universo
tiene masa y, por lo tanto, estructura, la teoría del todo aspira a explicar por qué el universo es
como es, por qué funciona de esa manera y por qué sus leyes mantienen una coherencia que
atraviesa todas las escalas de la realidad.
Sin embargo, incluso si ese objetivo se alcanzara con precisión, la pregunta más profunda
permanecería intacta, porque ninguna ecuación responde por qué existen esas leyes, por qué
poseen esos valores y por qué el universo resulta comprensible.
¿Quién o qué sostiene ese conjunto de leyes? y ¿Qué origina la posibilidad misma de un
universo inteligible?
La física puede describir el funcionamiento del cosmos con una exactitud creciente, puede
anticipar comportamientos, puede unificar fenómenos y puede incluso acercarse a una
descripción total, pero la existencia misma de ese orden introduce una dimensión distinta del
pensamiento. Las constantes fundamentales presentan valores que permiten la formación de
estructuras complejas, de química, de vida consciente y de una mente capaz de entender todo
eso, una precisión que sugiere una arquitectura cuya elegancia trasciende la simple
descripción.
En ese contexto, la mente humana logra descifrar el universo, comprende sus leyes, formula
teorías y anticipa su comportamiento, como si existiera una afinidad profunda entre la
racionalidad del cosmos y la inteligencia que lo observa. Esa correspondencia convierte al

conocimiento en algo más que una herramienta, lo transforma en un puente entre la realidad y
la conciencia.
El campo de Higgs atraviesa todo el universo, define la masa sin mostrarse y sostiene la
estructura de la realidad sin ocupar un lugar visible en ella, lo que lo convierte en una de las
ideas más poderosas del pensamiento contemporáneo, una presencia constante que actúa en
todas partes sin exhibirse. Esa imagen, surgida del rigor científico, abre una posibilidad
filosófica inevitable, la de pensar que lo esencial no requiere manifestarse de manera directa
para sostenerlo todo.
En ese punto, la reflexión regresa a su origen con una profundidad renovada. La ciencia
describe el mecanismo con una precisión extraordinaria y la filosofía formula la pregunta que
permanece cuando la explicación alcanza su límite, y en ese espacio aparece la idea de Dios,
no como una respuesta inmediata, sino como el horizonte que da sentido a un universo que
posee orden, coherencia y elegancia.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y la fuerza que lo sostiene todo lo permite.
Placeres culposos: Lo nuevo de Thundercat, U2, Devo y Jack White.
Paella para Greis y Alo.

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Grupo Editorial Expreso – La Razón

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