EL FARO
FRANCISCO DE ASÍS
W. B. Yeats escribió que el verdadero héroe es aquel que tiene el valor de adentrarse en los
abismos de sí mismo. No es fácil. Vivir en sociedad implica, casi siempre, usar una máscara; no
siempre por falsedad, sino por necesidad. Las usamos para encajar, protegernos o evitar el
rechazo. Mientras cumplen esa función, no representan un problema. El conflicto surge cuando
dejamos de quitárnoslas; cuando la máscara deja de ser un recurso y se convierte en identidad.
En lo personal nos fragmenta; en el poder, el costo es colectivo. La política también es
representación, y la presidenta Claudia Sheinbaum no es excepción. Su comunicación oscila
entre registros técnicos, cercanos y firmes, pero en momentos críticos parece ajena a la
responsabilidad institucional. El problema no es que existan esas máscaras, sino el uso que se
les da.
Emerge un patrón: primero la negación o minimización, después la reasignación de la
responsabilidad y, finalmente, una corrección tardía.
Esta última no ocurre al descubrirse la verdad, sino cuando el impacto inicial ya cumplió su
función. La psicología lo ha documentado: la primera información pesa más que la rectificación.
Lo que se instala primero moldea la percepción; lo que llega después apenas la matiza. Como
advierte D. Kahneman, “Nada en la vida es tan importante como aquello en lo que estás
pensando mientras estás pensando en ello”. El daño no está en el error corregido, sino en el
efecto que produjo la versión inicial.
El episodio de la mujer en la ventana de Palacio Nacional lo ilustra. Desde el Sistema Público
de Radiodifusión, a través de Infodemia, se afirmó que el video era falso y que más del 70%
había sido generado con inteligencia artificial. Días después, se reconoció el hecho. El suceso
puede ser menor, pero el proceso no lo es. En un recinto con controles estrictos, lo difícil no es
saber qué pasó, sino explicar por qué no se dijo desde el inicio. Ahí la máscara no protege:
deteriora la credibilidad. Y cuando la credibilidad se erosiona, se debilita la confianza en todo lo
que sigue.
Hay algo más preocupante: la construcción de distractores. Cuando un hecho incómodo
aparece, la respuesta inmediata no es aclararlo, sino controlar su impacto. Se vio en el derrame
en Akal-C, en febrero de este año: la primera declaración de la presidenta hecha el jueves 19
de marzo, fue contundente: “Por cierto, no fue Pemex. Esto es muy importante, el derrame no
fue de Pemex”. Después, se admitió que la fuga provenía de un oleoducto de 36 pulgadas
operado por la empresa. El problema no es que la versión cambie, sino el recorrido previo. En
ese trayecto la responsabilidad se diluye y el impacto se administra.
Esa secuencia es consistente con estrategias conocidas: el primer mensaje fija el marco de
percepción. Como señala G. Lakoff, “si controlas el marco, controlas el debate”. No es forma,
es fondo, porque lo que permanece en la memoria no es la verdad final, sino la primera
impresión. Para cuando llega la corrección, el impacto y el daño ya ocurrieron.
Este patrón se repite en diversos frentes. En energía, Petróleos Mexicanos arrastra pérdidas y
fallas estructurales. En salud, INEGI y Coneval, 44.5 millones de personas carecen de acceso a
servicios médicos.
En seguridad, el país enfrenta la dolorosa cifra de más de 130,000 desaparecidos y 70,000
cuerpos sin identificar. No son cifras: son ausencias. Frente a esto, la narrativa no cambia la
realidad, pero sí busca alterar la percepción de quién es el responsable.
Cuando la responsabilidad se vuelve difusa, la exigencia ciudadana se debilita. Si nadie sabe
quién rinde cuentas, la impunidad encuentra su espacio. No es solo un problema de
comunicación: es un problema de funcionamiento del Estado.
Las encuestas pueden mostrar aprobación, pero los resultados no siempre las acompañan. Es
en esa brecha donde opera la máscara.
Una cosa es comunicar y otra, muy distinta, administrar la percepción. El riesgo no es construir
una narrativa —todos los gobiernos lo hacen—, sino que esta sustituya a la realidad, desplace
la responsabilidad y se dedique a explicar y a culpar en lugar de resolver.
Como advirtió Hannah Arendt, el peligro no es la mentira en sí, sino que llegue un punto en el
que deje de importar la diferencia entre lo falso y lo verdadero. Un gobierno que se justifica
constantemente no necesariamente está gobernando: está evadiendo.
Existe un efecto adicional: la normalización. Cuando la realidad se distorsiona de forma
constante, la sociedad se acostumbra, se vuelve más tolerante a la inconsistencia y menos
exigente frente a la verdad.
El problema no es la máscara, sino cuando se usa para ocultar y señalar a otro. Porque
entonces el poder no solo no resuelve: evade y decide dónde recae el daño… y quién termina
pagando por él.





