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La utilidad de la incomodidad

  • abril 20, 2026
  • 6:57 am

EXPOSICIÓN DE MOTIVOS /JOSUÉ SÁNCHEZ NIETO

Hay ejercicios que, por su propia naturaleza, deberían incomodar. La rendición de cuentas es
uno de ellos; no está diseñada para tranquilizar conciencias ni para confirmar narrativas
oficiales, sino para ponerlas a prueba.
La más clara muestra es el informe anual del Ejecutivo ante el Congreso del Estado —y,
particularmente, su glosa—.
En el papel, el diseño es impecable: el Ejecutivo expone resultados y el Legislativo contrasta,
cuestiona y evalúa. No se trata de un acto protocolario, sino de un mecanismo de control.
Y debe quedar muy claro: la glosa no es un apéndice decorativo del informe; es su contraparte
crítica, el espacio donde el discurso debería enfrentarse con la realidad… pero la práctica suele
traicionar al diseño.
La experiencia nos indica que cuando el Ejecutivo y el Legislativo emanan de la misma
corriente política, la glosa deja de ser un ejercicio de rendición de cuentas y se convierte en una
puesta en escena.
Lo que debería ser contraste se vuelve coincidencia automática; lo que debería ser vigilancia se
transforma en acompañamiento; lo que debería incomodar termina, inevitablemente, en
aplauso.
Y entonces aparece el problema de fondo: la simulación.
Se cumple con la forma —comparecencias, intervenciones, posicionamientos—, pero se
renuncia al fondo. Se hacen preguntas que no buscan respuestas, sino espacios para elogios.
Se ofrecen cifras que no se contrastan. Se construye un ambiente donde todo parece
avanzar… porque nadie se atreve a señalar lo contrario.
Cuando la rendición de cuentas se reduce a un trámite burocrático, el gobierno deja de ser
evaluado con seriedad. Sin evaluación, no hay diagnóstico. Y sin diagnóstico, no hay
corrección. La política pública se vuelve un ejercicio de inercia, donde los errores se repiten y
las decisiones no se revisan.
Se instala, además, una narrativa cómoda: la de un gobierno que siempre acierta, que siempre
avanza y que siempre cumple…
Una narrativa que puede ser útil en lo político, pero que es profundamente peligrosa en lo
institucional.
En este escenario, el papel del Congreso es determinante. No está para validar al Ejecutivo, ni
para acompañarlo en su relato; su función no es decorativa ni subordinada. Es, por definición,
un contrapeso cuya legitimidad no proviene de la cercanía con el poder, sino de su capacidad
de cuestionarlo.
El Congreso representa a la ciudadanía, no a la comodidad política del momento; cuando
renuncia a cuestionar, traiciona el mandato de quienes lo eligieron para ser un límite, no un eco.
Al abandonar esta función, el Legislativo no solo se debilita a sí mismo; debilita todo el sistema
de pesos y contrapesos. Se convierte en un actor prescindible, en un espacio que simula
deliberación mientras evita el conflicto. Y en política, evitar el conflicto no es virtud cuando lo
que está en juego es el control del poder.

Por eso, la exigencia es clara: el Legislativo tiene que darse su lugar.
Tiene que entender que la crítica no es traición, sino responsabilidad. Que incomodar no es
excesivo, sino necesario. Que cuestionar no debilita al gobierno, sino que lo obliga a mejorar.
Y si ese lugar no le es reconocido por el Ejecutivo, entonces debe tomarlo. Debe ejercerlo con
firmeza, sin titubeos y, si es necesario, de manera frontal. Porque el respeto entre poderes no
es una concesión graciosa: es una condición indispensable para que la democracia funcione.
La glosa del informe no puede seguir siendo un acto de cortesía política. No puede reducirse a
un trámite que se cumple para cerrar el ciclo anual del discurso. Tiene que recuperar su sentido
original: ser un ejercicio real de rendición de cuentas, con preguntas incómodas, respuestas
exigentes y consecuencias políticas.
De lo contrario, seguirá siendo lo que hoy parece: un espectáculo coreografiado, pulcro… y
profundamente inútil.

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