INDICADOR POLITICO/Por Carlos Ramírez
La crisis de Estados Unidos con Irán ilustró los márgenes reducidos y desgastados de Donald
Trump como presidente de la nación todavía más poderosa del mundo: una cosa es que su
estrategia de reconstrucción del imperio americano sea la correcta en la lógica conservadora,
pero otra cosa muy diferente que aparezca amenazando un día sí y otro también con acabar
con el mundo y ya nadie le crea.
Venezuela, Cuba, México e Irán ya le tomaron la medida al presidente estadounidense;
inclusive, la presidenta de México ha aportado un elemento de sensibilidad racional que se ha
tomado casi como categoría geopolítica: la “cabeza fría” no es otra cosa que dejar que las
calenturas imperiales pongan las cosas en su lugar, lo que en buen lenguaje mexicano se
resumiría en la percepción de: “déjenlo solito que se haga bolas”. The Economist lo apreció
citando a Tzun Zu y poniendo a Xi Jinping como beneficiario: “nunca interrumpas a tu enemigo
cuando está cometiendo un error”.
El estilo personal de ejercer el poder del presidente Trump se mueve entre la lógica imperial
muy bien razonada por el Proyecto 25 de la Fundación Heritage y el exceso de bravuconería
que tergiversa la estrategia.
Los estrategas geopolíticos de Estados Unidos no entendieron el significado del
desmoronamiento de la Unión Soviética y su coincidencia histórica con el Consenso de
Washington también en diciembre de 1989 para dar el salto histórico a la globalización que
antes pertenecía a EU como centro geométrico productivo, tecnológico, financiero y militar.
El fin del ciclo de la guerra fría y el inicio del periodo de globalización de mercados condujo a
presidentes de EU sin sensibilidad geopolítica ni de seguridad nacional. El recordatorio de la
agenda árabe estalló en 2001 y la Casa Blanca respondió en su viejo esquema reaganiano de
desplazar tropas e invadir países con el error estratégico de querer cambiar regímenes de
gobierno teocráticos por democracias occidentales imposibles de procesar.
La ofensiva militar y de seguridad nacional de Trump contra Irán produjo el asesinato nada
menos que de un Ayatolá y de varios miembros de la línea dura de Irán, pero careció de una
propuesta de reorganización en las relaciones bilaterales. Las informaciones que se están
revelando sobre los objetivos personales de Trump han probado la falta de un proyecto para
reorganizar Irán y muy pronto se supo que toda la escandalera del fin del mundo era una
verborrea para reproducir el modelo de Venezuela: quitar a un presunto dictador y poner a un
títere local, pero sin modificar los regímenes de gobierno.
Irán le tomó la medida a Trump y jugó a lo que podía acreditarse como una ruleta rusa: obligar
al presidente de EU a realmente lanzar un ataque total para liquidar a la civilización iraní, en el
entendido de que en términos bélicos la destrucción era prácticamente imposible a menos de
que lanzara una bomba nuclear.
Trump está jugando como empresario pero con funciones de un jefe de imperio económico.
Cuando anunció que en horas iba a lanzar un ataque final sobre Irán para “desaparecer a toda
una civilización” de la faz de la tierra, los dirigentes sobrevivientes de Teherán se percataron de
que estaban frente a un bocón que ya no tenía juego en las cartas de su mano.
En los hechos, la estrategia profunda y de largo plazo de Trump ganó en el enfrentamiento con
Irán, pero en la geopolítica perdió la legitimidad por tratar de imponer un esquema económico y
geopolítico a partir de los intereses estadounidenses. La amenaza de Trump, en modo de furia
tiránica, de liquidar a la OTAN causó buena impresión en el este de Europa y Asia e hizo soñar
a Rusia y a China que la línea roja postsoviética que llegaría a la frontera rusa después del fin
de la guerra fría se replegaría hasta las costas estadounidenses del Atlántico. Trump abrió sus
cartas antes de tiempo y luego tuvo que recular porque la frontera estratégica de Washington
está justamente en los países europeos de la OTAN occidental.
En descargo al modelo de interpretación TACO de que Trump siempre se acobarda habría que
racionalizar el concepto y señalar que no se trata de una actitud de cobardía o miedo, sino que
los países adversarios de EU saben de la imposibilidad de destruir una civilización de casi 100
millones de personas –Hitler asesinó a 6 millones de judíos– y que las amenazas más bien son
parte de una debilidad argumentativa que de manera lamentable los propios colaboradores del
primer círculo trompista no se atreven a decirle que sería un despropósito dar la orden de
destruir totalmente a una nación, además que es un error estratégico y hasta infantil amenazar
con lo que nunca se podrá cumplir.
Con el fracaso en la destrucción de Irán Trump terminó ya su segundo período de gobierno
como un presidente farolón o como el típico abusador que sólo se conforma con quitarle el
almuerzo a los estudiantes más débiles.
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Política para dummies: la política del poder se expresa en el poder de la política
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