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Un desliz trivial

  • abril 2, 2026
  • 7:15 am

El Faro/ Francisco de Asís

“Todos ven lo que pareces; pocos sienten lo que eres.”

— Maquiavelo

En política, como en la vida, los grandes problemas casi nunca empiezan con grandes acontecimientos, sino con pequeños errores mal manejados. Un tropiezo, una imprudencia, un descuido. Nada que no pueda resolverse con una explicación sencilla, una disculpa oportuna y un poco de humildad. Los gobiernos no se meten en problemas por sus errores; se meten en problemas por la forma en que intentan ocultarlos.

El 20 de marzo apareció un video de una mujer en una ventana de Palacio Nacional asoleando sus piernas. Y entonces comenzó la historia.

Lo ocurrido era, en realidad, un asunto menor. Un desliz trivial. Una escena inapropiada en un edificio que no es una casa particular, sino un símbolo histórico del Estado mexicano. El asunto pudo haberse resuelto en un minuto, con una explicación y una disculpa. Pero no fue así.

Como explicó Pascal Beltrán del Río, no se trataba de puritanismo, sino de dignidad republicana, porque las instituciones no son edificios cualesquiera, son símbolos que encarnan la historia y la soberanía de un país. Pero el escándalo no fue la escena en la ventana, sino que, ante la evidencia, desde el aparato oficial se optó por la ruta de la posverdad: se dijo que las imágenes eran producto de inteligencia artificial.

Quien lo afirmó no fue un usuario anónimo. Fue Jenaro Villamil, presidente del Sistema Público de Radiodifusión del Estado Mexicano, quien habló de una “manipulación grotesca”. Es decir, no sólo se negó el hecho: desde lo alto de una institución del Estado se intentó desacreditar la evidencia.

Y ahí fue donde el incidente dejó de ser trivial.

Cuando se le preguntó del tema a la presidenta, la respuesta no fue una explicación, sino una reacción:

“¿Y qué dice del PRI en el 68? ¿Y qué dice de la guerra contra el narco? ¿Y qué dice de Salinas, de Fox, de Peña?”

La respuesta estuvo fuera de contexto y fue visceral. No respondió la jefa de Estado; respondió la política acorralada por una pregunta incómoda. Y en política, los momentos incómodos son los que revelan el carácter de quien gobierna.

Recordé a Luis Spota cuando en épocas del PRI describía a los hombres del poder y sus reacciones cuando la realidad los alcanzaba: “el presidente montó en ira; la vena de la frente, esa que delataba la furia, comenzó a marcarse. Entonces maldijo al mensajero, al periódico que publicó la nota, a los enemigos del régimen, a los adversarios políticos, a la CIA, a la DEA y a la madre que los parió…” todos los culpables imaginarios, menos el único responsable posible: quien detenta el poder y su forma de actuar.

Días después, el 30 de marzo, la propia presidenta reconoció que las imágenes eran reales. Explicó que primero le informaron que nadie había salido a la ventana, pero que después, al revisar nuevamente, “resulta que sí había habido una persona que se había sentado en la ventana ese día”, y que fue sancionada. Es decir, lo que primero se negó, después se aceptó.

El incidente ocurrió hace once días. El nombre se dio hasta ahora. Y la sanción quedó en una declaración. Tal vez todo sea cierto. El problema es que en política no basta con que algo sea cierto: también tiene que parecer cierto.

El gobierno informó finalmente que la mujer era Florencia Franco Fernández, Directora General de Coordinación en la Secretaría de Hacienda. Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿hay funcionarios de alto nivel que tienen el privilegio de caminar por Palacio Nacional, sentarse en una ventana y tomar el sol como si estuvieran en el balcón de su casa?¿o ella no fue?

Es una pregunta incómoda, sobre todo en un gobierno que ha hecho del combate a los privilegios una de sus principales banderas. Porque los privilegios no siempre están en las grandes fortunas o en los salarios excesivos. A veces están en algo más simple: en la convicción de que ciertos espacios, ciertas reglas y ciertos límites no aplican para todos por igual.

El problema dejó de ser la escena. El problema pasó a ser la credibilidad.

En política la credibilidad es el verdadero capital de un gobierno. Sin credibilidad, la palabra pierde valor, las explicaciones pierden fuerza y la autoridad moral se debilita. Porque un error se corrige, pero la desconfianza se queda.

En México hay un dicho viejo, pero profundamente cierto: la palabra convence, pero el ejemplo arrastra.

El liderazgo no se mide en el discurso; se mide en los momentos incómodos. Y este era uno de ellos.

Porque al final, el problema no fue la mujer en la ventana.

El problema fue la reacción del poder frente a la verdad.

Los pueblos pueden tolerar los errores de sus gobernantes.

Lo que no toleran, tarde o temprano, es la mentira.

… tampoco los privilegios cuando se gobierna en nombre de la igualdad.

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