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Cuando las familias dejan de gastar

  • mayo 7, 2026
  • 6:43 am

FINANZAS FAMILIARES/ANGELICA GONZÁLEZ LÓPEZ.

En ocasiones, cuando se escucha la expresión consumo privado se piensa en comprar
alimentos, renovar la decoración de la casa, salir a comer o comparar una nueva pantalla,
porque el Mundial está cerca. Estas opciones parecen decisiones individuales que cada familia
toma, pero la realidad es que hay muchas más detrás.
Desde la teoría económica, el gasto de los hogares representa mucho más que la suma de
decisiones cotidianas, representa uno de los motores centrales de la actividad económica. John
Maynard Keynes lo planteó hace casi un siglo al exponer la teoría de la demanda agregada. De
forma sencilla, lo que esta teoría plantea es que: cuando las familias consumen, las empresas
producen esos bienes o servicios, por lo tanto, se deben contratar trabajadores y generar
inversiones para seguir proveyendo lo que las familias demandan.
Pero, cuando el consumo se debilita, el efecto es perceptible en toda la economía. Esto
significa que el gasto de los hogares no solo refleja el “estado de ánimo” de la sociedad, sino
que condiciona el ritmo de crecimiento de un país.
Con base en el Indicador Mensual del Consumo Privado —reportado por el Inegi— los datos
muestran una caída mensual de 0.5 por ciento en febrero de 2026, lo que muestra que los
hogares han moderado su gasto en bienes y servicios, particularmente en productos
nacionales.
Esta información muestra señales de enfriamiento en la economía. Tal es el caso que las
principales cadenas comerciales de productos minoristas muestran, en sus resultados
financieros, menor tráfico en tiendas, consumidores más cautelosos y una desaceleración en el
ritmo del crecimiento de ventas.
Considerando lo expuesto por el Inegi y los datos de las cadenas minoristas, es posible notar
que los patrones de consumo están cambiando, lo que significa que las familias están
modificando su comportamiento de compra. Esta situación puede deberse a la inflación
persistente —que genera una perdida del poder adquisitivo— y a la incapacidad real de
comprar, ya que el aumento de precios es evidente. Como consecuencia, los hogares están
priorizando bienes esenciales, reduciendo gastos y postergando decisiones de consumo.
Keynes sostenía que el consumo depende principalmente del ingreso disponibles y de las
expectativas economicas, pero cuando las familias perciben incertidumbre —ya sea por
inflación, desaceleración o temor al desempleo— tienden a ahorrar más y gastar menos.
Desde esta perspectiva, el problema es que, si millones de hogares toman esta postura de
forma simultánea, el resultado colectivo es una desaceleración económica, ya que las familias
reducen sus compras, las empresas venden menos; ante ello, se ajustan inventarios, se
moderan inversiones o se frenan contrataciones. Así que se genera un círculo de enfriamiento
económico difícil de revertir en el corto plazo.
Y, con base en los datos que presenta el Inegi, nuestro país muestra una dinámica parcial de lo
anteriormente explicado, ya que el consumo de bienes y servicios nacionales disminuyó 1.5 por
ciento anual, mientras que el gasto en bienes importados creció 11.7 por ciento. Esto sugiere
que, hay algunos sectores de consumo que mantienen dinamismo, particularmente los
productos importados, pero también se observa menor fortaleza del mercado interno.
Con respecto a esta situación, las cadenas comerciales mencionan que el Mundial de futbol
puede ser un mecanismo para reactivar las ventas. Y, podría ser cierto hasta en ciertos
productos, como pantallas, bebidas, botanas o artículos deportivos. Pero, esta situación es un
choque positivo de demanda de corto plazo.
En ese sentido, la experiencia económica muestra que los impulsos temporales difícilmente
compensan problemas estructurales —como inflación persistente, pérdida del poder adquisitivo
o debilidad en la confianza del consumidor—. Lo que demuestra que el consumo privado
representa uno de los componentes más importantes de la demanda agregada.
Desde el análisis keynesiano, el consumo no depende solamente de la voluntad de gastar, sino
de las condiciones para hacerlo. Recuerda que cuando el ingreso pierde capacidad de compra,
no solo cambia el comportamiento de las familias, sino que también se comienza a desacelerar
la economía que depende de ellas.

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Grupo Editorial Expreso – La Razón

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