Crónicas de la calle/Rigoberto Hernández Guevara
Sacaron el banderín guardado durante años con el anhelo largamente oculto de ser campeones
y presumirlo por las calles. Sacaron fuerzas de alguna parte para gritar el último gol de último
minuto como un milagro y lo gritaron con todas las fuerzas.
Alguna vecina poco enterada en realidad pensó que estaban locos. “oilos, los que no hablaban
ahora gritan” , dijeron los envidiosos, los contras, los de enfrente, que cuando pierden dicen no
irle a ningún equipo.
En las casas había entrenadores aficionados que ponían a calentar a la banca más paupérrima
del equipo, decían dónde y qué horas dar un pase lateral como el gran “Polo Arizpe”. Pequeños
jugadores de 10 años que desde la sala remataban de cabeza y como Jorge Campos se
lanzaban siendo ya porteros imaginarios. Otros eran utileros utilizados para traer las caguamas
al super six de la esquina que quitó la promo. Conque vendan bien heladas. Los comentarios
de la televisora grandota ya lo habían vaticinado como siempre, uno dijo quien metería el gol
desde hace un año, otro pronosticó que fulano de tal sería expulsado por mamila y por tener un
nombre bien ojais, aunque eso tenga nada que ver con el deporte.
En las gradas del estadio del México profundo en medio de vendedores ambulantes y guardias
de seguridad, con la euforia del gol, un vato le dio un beso en la boca a su compadre y no hubo
protesta, nadie se dio cuenta. Pudo ser a la comadre pero era lo que tenía más cerca. En la
cancha los jugadores fueron más descarados y luego del beso dieron el siguiente paso, negros
y blancos declararon su amor desesperado frente a sus morras que los miraban como dioses
desde las tribunas y ellas las reinas. “Ese es mi viejo”. ¿Señora, es usted la eposa de Embere?
No, respondió rápidamente la guera: soy la señora de Rotondi. Usted disculpe. ¿Puedo darle
un abrazo, no?
Pronto, hasta el tronco de gorupos, los aficionados llenaron los alrededores del ángel de la
independencia, en ciudad de México, en ciudad Victoria abordaron el monumento a Pedro José
Méndez y lo vistieron de azul que con su mano extendida parecía pedirles que se fueran. Nadie
le hizo caso. Parecía sin embargo un día cualquiera de fin de semana, salvo los colores y la
bandera bien ondeada andaban hasta el chongo y nadie les dijo nada. No tenían qué decirles.
Frente al triunfo está la derrota, los derrotados qué señalan al árbitro vendido, a la compra de
votos, a los penaltis que no se marcaron. Encontrarán a los Judas entre sus líneas, a los
traidores vendepatrias y pedirán cadena perpetua para el entrenador- que horas antes
idolatraban- por no realizar los cambios necesarios. Frente a frente dos niñas de equipo
contrario se enseñaron la lengua como en la primaria y de ahí pasaron a las palabras mayores
impublicables por este medio.
En el vecindario muchos nada más por que esa gente les cae gorda le van al equipo contrario,
con su pequeño traidor que el día del partido se pone la otra camiseta. Cuando sea grande
jugaré con el América. Ni lo mande Dios dijo una señora ya grande que escuchaba todo esto.
El fútbol es un fenómeno social. Naciones completas han integrado al deporte nacional en la
agenda política. Es importante e imposible que un político que se precise manifieste su amor
por un equipo a menos que sea el de casa, el único, pues podría equivocarse y perder en las
urnas.
Dirán que es parte del pan y circo, formas de distracción, diversión, apego, identidad, todo va
junto. Es ponerse la camiseta del cuerudos y decir de aquí soy, la porra de sol me respalda. Ya
con el gol y el triunfo del equipo favorito tienen para presumir un triunfo, ellas y ellos, la afición
recordarán cuando sean viejitos cuando por un error y por culpa del equipo le dieron un beso a
un vato. Y como quiera pasarán los años.
HASTA PRONTO





