En Publico/Nora Marianela García Rodríguez
México acaba de anunciar su mejor año de inversión extranjera, 40 mil 871 millones de dólares
en 2025, la cifra más alta registrada, según la Secretaría de Economía, aunque lo relevante
aparece al revisar de dónde sale ese dinero.
Casi 68 de cada cien dólares fueron reinversión de utilidades, ganancias que empresas ya
instaladas en el país decidieron quedarse aquí en vez de mandarlas a su matriz.
La inversión nueva, la que entra de fuera por primera vez, representó apenas 18%, y las
cuentas entre filiales otro 14%, con lo que el récord se sostiene sobre capital que ya operaba
en México, y casi nada de él es dinero recién llegado.
Nada de esto es malo en sí mismo, ya que una empresa que reinvierte confía en el país,
aunque reinvertir no equivale a abrir una fábrica donde antes había un terreno baldío.
El aplauso a la inversión nueva, que se disparó 133% en un año, llegó justo porque venía
hundida, pues entre 2018 y 2022 ese componente valía en promedio 35% del total y hoy
apenas alcanza 18%.
México presumió incluso que su captación subió mientras la inversión hacia los países en
desarrollo caía 2% en el mundo, según la UNCTAD, un contraste que el gobierno federal usó
como sello de confianza.
Ese trasfondo ayuda a leer a Tamaulipas, que en dos años anunció más de 20 mil millones de
dólares en inversiones y 146 proyectos entre plantas nuevas y ampliaciones, según su
Secretaría de Economía.
Es una cifra enorme y vende bien al estado, sólo que un anuncio es una intención con fecha
abierta, no un depósito, y entre la intención y la planta caben años, permisos y decisiones que
pueden no llegar.
En esa lista aparece, por ejemplo, una maquiladora prevista en Ciudad Victoria con unos 100
millones de dólares y 300 empleos prometidos, la clase de proyecto que todavía debe pasar del
boletín a la nave industrial.
La inversión extranjera que de verdad quedó registrada en Tamaulipas durante 2024 rondó los
463 millones de dólares, según Data México, una fracción del monto que se anuncia.
Puesto en perspectiva, lo anunciado equivale a más de cuarenta veces lo que el estado registró
como inversión en un año, una distancia que se explica porque los anuncios abarcan varios
ejercicios y porque no todos terminan concretándose.
Buena parte del capital, además, se anota en la entidad donde la empresa tiene su domicilio
fiscal, y tres estados, la Ciudad de México, Nuevo León y el Estado de México, concentraron
casi 72% del total nacional en 2025.
Por eso medir a Tamaulipas solo por su inversión registrada sería injusto, ya que esconde
plantas que físicamente se levantan en la frontera aunque se contabilicen en otra parte, igual
que medirlo solo por el anuncio sería ingenuo.
Conviene separar tres cosas que se confunden a diario, el anuncio, que es una intención, la
cartera de proyectos, que es una promesa en marcha, y la inversión ejercida, que es el único
dinero ya puesto a trabajar.
Entre las tres media un abismo, porque la cartera de nearshoring que el país presume rebasa
los 175 mil millones de dólares, una suma que no se acerca a lo que aparece en la inversión
efectivamente ejercida.
El modelo maquilador explica parte del fenómeno, ya que tiende a reinvertir y a profundizar lo
que existe antes que a fundar plantas desde cero, con lo que conserva el empleo sin ampliar la
base productiva.
Para el trabajador la diferencia no es abstracta, porque la reinversión suele mantener el puesto
que ya tiene, mientras la planta nueva es la que abre la vacante que hoy no existe y el salario
que todavía no llega.
Eso se ve de cerca en una maquila de Reynosa, donde quien arma componentes conserva su
turno porque la empresa reinvirtió, mientras el vecino que busca su primer contrato espera la
planta nueva que el anuncio promete y que suele tardar en llegar.
Tamaulipas conoce bien esa tensión, porque se mantiene entre los primeros lugares del país en
actividad industrial, con alzas cercanas a 12% anual, y a la vez su maquila perdió cerca de 40
mil empleos en cuatro años, según el IMSS.
El estado reportó cerca de 43 mil empleos ligados a esos proyectos, aunque la maquila venía
de perder unos 40 mil en los años recientes, señal de que el empleo nuevo apenas alcanza
para reponer el que se fue.
El mérito del estado es real, con exportaciones por más de 30 mil millones de dólares en 2024 y
un lugar entre los seis primeros del país, lo que vuelve creíble que atraiga capital fresco.
Si la meta es que esa inversión se traduzca en bienestar, el número a vigilar no es el que se
promete en un escenario, sino la planta que abre, contrata y paga impuestos en el municipio, y
todo lo demás sigue siendo expectativa.
Aterrizar tampoco depende solo del inversionista, también de que encuentre energía, agua,
carreteras seguras y trámites rápidos, condiciones que el estado sí controla y que suelen
decidir si la promesa se vuelve fábrica.
En el discurso oficial siempre gana el número redondo, el récord histórico, los 20 mil millones,
porque comunican impulso y atrapan titulares, aun si no dicen cuánto de ese monto ya es real.
El anuncio rinde de inmediato, porque llena un discurso y una foto, en cambio la inversión
aterrizada rinde despacio, en obra, contratos y recaudación, y ese desfase explica por qué a la
política le conviene celebrar lo primero.
No hace falta hablar de engaño, casi todos los gobiernos celebran lo que prometen, pero el
ciudadano gana cuando aprende a pedir la otra cifra, la que mide compromiso cumplido y no
entusiasmo.
La distinción pesa más en 2026, con la revisión del T-MEC en puerta y un nuevo esquema
arancelario vigente desde enero, porque la inversión apenas anunciada es la primera que se
congela cuando sube la incertidumbre.
De todo lo que Tamaulipas tiene en cartera, unos mil 500 millones de dólares deberían empezar
a aterrizar este mismo año, según la Secretaría de Economía estatal, y ese es el dato que vale
la pena seguir.
La salida no está en dejar de anunciar, sino en acompañar cada anuncio con un tablero público
que diga cuánto se prometió, cuánto aterrizó y cuántos empleos quedaron, con metas de fecha
y de proveeduría local que el ciudadano pueda revisar.
Lo que se anuncia llena titulares, lo que aterriza llena nóminas, y hoy al estado le sobra de lo
primero mientras espera ver cuánto de lo segundo echa raíz.





