Coordenadas/Enrique Quintana
Hay prácticamente consenso en México respecto al
hecho de que la falta de crecimiento de la inversión
productiva es la causa principal de que la economía
mexicana no crezca más.
Podría quedar la impresión de que este es un hecho
reciente, pero la realidad es que es un problema que
tiene décadas en el país.
Permítame hace un recuento por sexenios,
comenzando con el de Ernesto Zedillo.
En la administración de 1994 al año 2000 tuvo dos
etapas muy diferenciadas. La caída drástica del primer
año y la recuperación posterior.
Cuando se observa el saldo, vemos un muy moderado
crecimiento de la inversiónproductiva, que apenas
alcanzó la tasa de 1.56 por ciento anual en promedio.
Los beneficios del auge exportador que siguió a la
firma del TLCAN que arrancó en 1994, fueron más
visibles en el siguiente sexenio.
Durante la administración de Vicente Fox, a pesar de
que tuvimos un largo estancamiento en sus primeros
dos años, tras la cancelación del proyecto del
aeropuerto (la primera de las dos que ha tenido), la
inversión creció un poco más rápido y alcanzó una
tasa de 2.41 por ciento anual en promedio.
En la administración de Felipe Calderón lo que ocurrió
fue el estallido de la crisis de 2008-2009, que trastornó
al sistema financiero global.
A pesar de eso, la inversión productiva en México
creció un poco más y tuvo una tasa media anual de
3.07 por ciento.
Se trata del crecimiento medio más elevado de los
últimos seis sexenios, por lo menos, y eso que no es
nada espectacular.
El gran freno de la inversión productiva no comenzó
con la llegada de la 4T al gobierno, sino que comenzó
desde el gobierno de Enrique Peña.
En su administración hubo un grave freno de la
inversión pública que se transmitió también a la
inversión privada y apenas se logró un crecimiento
promedio de 0.55 por ciento para la inversión bruta fija
durante su administración.
El gobierno de López Obrador atravesó varias etapas:
un primer freno en 2019 tras la cancelación del nuevo
aeropuerto de la Ciudad de México, luego la profunda
crisis derivada de la pandemia y finalmente un impulso
generado por el llamado “nearshoring”.
El resultado fue un crecimiento un poco más
acelerado de la inversión total, que alcanzó un
promedio de 1.70 por ciento al año.
Para el sexenio actual solo tenemos un año completo,
con una caída de 6.34 por ciento en 2025.
Como se puede apreciar, la desaceleración y luego la
caída de la inversión no es algo reciente, sino que ha
estado asociada en parte a la dinámica de la inversión
pública.
Entre el primer trimestre de 1993 y el mismo periodo
del 2009, la inversión pública creció a una tasa media
anual de 5.1 por ciento en promedio.
La historia cambió radicalmente tras la crisis financiera
de aquel año.
Entre finales de 2008 y el mismo periodo del año
pasado, la inversión del sector público retrocedió en
22.5 por ciento, lo que implica una caída anual en
promedio de 5.6 por ciento cada año.
La inversión pública, todavía en el año 2008, llegó a
ser el 23 por ciento de la inversión total. En el último
trimestre del año pasado, apenas representaba el 13.6
por ciento.
Perdió casi 10 puntos porcentuales de participación en
poco más de tres lustros, haciendo que la inversión
privada la reemplazara.
Es cierto, sin duda, que se requiere confianza para
que los inversionistas privados inviertan. Pero también
se necesita una inversión pública que genere las
llamadas ‘externalidades positivas’ que alientan a la
privada, esencialmente a través del desarrollo de
infraestructura.
Una de las explicaciones de la debacle de la inversión
pública es que es que el gobierno empezó a usar sus
recursos de manera diferente. En el año 2008, la
inversión física representaba 16.8 por ciento del gasto
programable. En 2009, con la política anticíclica que
se aplicó, esa proporción llegó hasta el 22.5 por
ciento, y desde entonces empezó a bajar.
Para los primeros cuatro meses de 2026, la proporción
llegó al 10.9 por ciento.
Cuando se ve el cuadro económico completo se
puede concluir que no lograremos reactivar el
crecimiento hasta que el gobierno reactive de modo
importante la inversión pública, pero si no tiene los
suficientes recursos para hacerlo, entonces el gran
desafío es que sea la inversión privada o mixta la que
detone el crecimiento.
Si no lo hace, creo que se estará escribiendo un
destino poco prometedor para la economía en los
próximos años.





