El Faro/Francisco de Asís
La multitud celebraba bajo el aguacero el triunfo de México. Entre la lluvia y los cánticos, dos jóvenes intentaban guarecerse bajo una manta. No era una bandera nacional ni una camiseta de la selección. La manta mostraba los rostros de personas desaparecidas y pertenecía a un colectivo de madres buscadoras.
La imagen recorrió las redes sociales. Hubo críticas, indignación y discusiones. Algunos la consideraron una falta de respeto. Otros la vieron como una simple consecuencia de la lluvia y la celebración.
Yo vi algo distinto.
El México que somos: alegre, festivo y solidario. El que recibe a los extranjeros como amigos, les coloca un sombrero de charro o un tejano para la fotografía y comparte la mesa con quien apenas acaba de conocer. El que organiza colectas cuando una familia pierde su patrimonio, .lleva comida a los damnificados después de un huracán y, con palas y cubetas, rescata a los afectados por un terremoto.
El México que vivimos es otro: el de los muertos que no debieron morir. El de los desaparecidos que siguen sin regresar. El de las madres que buscan donde las autoridades dejaron de buscar. El de quienes fueron desplazados por la violencia. El de quienes esperan una atención médica o una justicia que nunca llega.
Los dos Méxicos plasmados en la misma imagen.
Quizá por eso la fotografía resulta tan poderosa.
El sociólogo Émile Durkheim sostenía que las sociedades celebran para recordarse a sí mismas que siguen siendo una comunidad. La fiesta no sólo conmemora un acontecimiento; fortalece los vínculos que mantienen unido al grupo.
Octavio Paz observó algo parecido al describir la fiesta mexicana. Para él, durante la celebración rompemos momentáneamente la soledad y nos reencontramos con los demás. Dejamos de ser individuos aislados para convertirnos en parte de algo más grande.
Tal vez por eso acudimos al Ángel cada vez que hay algo que celebrar. No sólo para festejar una victoria deportiva. También para sentirnos parte de una historia compartida.
Nuestra solidaridad tampoco surgió por accidente.
La generación de 1968 descubrió que el gobierno podía convertirse en amenaza. La de 1985 descubrió que la sociedad podía organizarse más rápido que las instituciones. Mientras miles de ciudadanos removían escombros, el gobierno parecía incapaz de comprender la magnitud del desastre. Aquel terremoto dejó miles de muertos, pero también una lección profunda: cuando llegan las crisis, los mexicanos suelen encontrarse primero entre ellos.
La historia se ha repetido una y otra vez. Huracanes, inundaciones, terremotos, epidemias y, ahora, la tragedia de las desapariciones. En cada caso aparecen ciudadanos comunes organizando ayuda, compartiendo recursos y haciendo aquello que las instituciones no hacen.
Aprendimos a sobrevivir no sólo sin el gobierno. En ocasiones, a pesar de él.
El politólogo Robert Putnam llamó a esto capital social: la red de confianza, cooperación y solidaridad que permite a una comunidad mantenerse unida cuando las instituciones resultan insuficientes.
Quizá allí se encuentra una de las claves para entendernos.
Los mexicanos celebramos hasta a la muerte como forma de vida. Le dedicamos flores, música, comida y recuerdos. Una vez al año la sentamos a la mesa. Lo que para otras culturas es un tema prohibido, para nosotros forma parte de la familia.
Viktor Frankl escribió que el ser humano necesita encontrar sentido incluso en medio del sufrimiento. Tal vez por eso seguimos reuniéndonos, cantando y celebrando aun cuando conocemos demasiado bien la violencia, la incertidumbre y la pérdida.
Hemos aprendido a celebrar la vida precisamente porque conocemos demasiado bien su ausencia.
La manta de las madres buscadoras no arruinó la celebración. Ni la celebración borró el significado de la manta.
Ambas cosas coexistieron bajo la misma lluvia.
Lo preocupante es que mientras la sociedad sigue encontrando formas de mantenerse unida, la política parece cada vez más interesada en dividirla. Durante años hemos escuchado etiquetas destinadas a separar a los mexicanos en bandos irreconciliables. Chairos y fifís. Pueblo y derechosos. Buenos y malos.
La división no resuelve los desaparecidos. No devuelve la seguridad. No mejora la atención médica. No genera oportunidades para quienes viven en la pobreza.
Sólo debilita el tejido social que históricamente nos ha permitido resistir.
Mientras los ciudadanos siguen ayudándose mutuamente, la clase política parece más preocupada por administrar percepciones que por resolver problemas. Las fotografías se cuidan. Los mensajes se diseñan. Las narrativas se controlan. Pero la realidad sigue allí.
Y la realidad terminó apareciendo aquella noche bajo la lluvia.
Dos jóvenes celebraban una victoria, protegidos por la manta de unas madres que buscaban a sus hijos.
Mostraban
El país que somos.
Y también el que vivimos.





