Crónicas de la calle/Rigoberto Hernández Guevara
Los carros en su hilera infinita pasan unos detrás de otros, como en una procesión de
transumantes. ¿A dónde podrían huir que no fuese al mismo ruido, al mismo río, al mismo
café.
Son sucesos continuos, pequeños grumos del cosmos persiguiendo la sombra. Islas
semejantes, tortugas veloces escapando de la tierra. Son automóviles de lujo unos cuantos, el
resto austero circula sin embargo en el entarimado de los grandes.
Ahí viajan mercenarios, políglotas, iconoclastas, charolastas, obreros de la construcción,
banqueros, directores, secretarios, ministros,locatarios, maestros, alumnos de la escuela
interminable.
Es una marcha la de carros por la calle. La calle para un coche debe ser un agente de tránsito,
un semáforo rojo, un alto, una boya, un hoyo fonki, una calle angosta. Los carros hacen un
cambio de luces, dan vuelta a la izquierda y a la derecha. Van y se detienen frente a la casa
donde se sabe los nombres.
Uno de nosotros imaginó un carro por la carretera con el viento de un jueves a favor y el humo
espeso del motor detrás de todo. Un carro de los que dan raite, de los de un tripulante que no
habla con nadie. Por la noche las luciérnagas invaden las calles antes del fin del mundo y de la
propia extinción de las luciérnagas.
El tiempo es el mismo para todos pero hay viaductos para quienes van recio, periféricos y
bulevares a la misma hora que un hombre manejando un chevrolet apache 1956 se detiene en
la puerta. Estoy de vuelta.
Circulan despacio los señores ya grandes antes de dar vuelta en una calle solitaria. Por aquí
nadie pasa. El Señor se detiene para dar vuelta y retornar por la misma calle y empezar de
nuevo. El tráfico los arrastra por la orilla de las ciudades y en el par de años siguientes harán
una glorieta antes de llegar.
Los carros de ensueño, los que imaginamos pasarán volando y regresaremos a la calle en
bicicleta o corriendo a la tienda. Mientras tanto los coche mudan de color, cambian sus formas y
hay competencia por la velocidad alcanzada en un festival.
La solidaridad de los carros se pone de manifiesto cuando uno de ellos tiene un problema y el
otro lo jala de los cabellos. Otro lo empuja con tal de que llegue. Mete segunda y saca el clotch
para que encienda como una llamarada con el calor que hace.
Se cuenta que hace miles de años te asomabas por la ventana a la calle y veías pasar a los
Dioses. Hoy pasan y pasan los carros. Pasan como eslabones de un largo ferrocarril. Hay
carros que no volverán, miles no has visto pasar, te has subido a uno que otro, que no haga
mucho ruido pero que viaje muy recio, vein frenos, negro y sin luces por la oscura noche.
¿Pero a dónde irán los carros en la tarde? Van a la última cita con el destino, sin pasajeros y sin
un peso. Van al deshuesadero de un yonke clandestino. Se dirigen al último estacionamiento de
sus vidas para sorprendentemente deshacerse con el viento huasteco y pusilanime. Ahí está el
primer auto ya deshecho, rn los huesos, están los más nuevos, tocados en la trompa, gon un
chingazo en Ia puerta del copiloto.
Cada vez hay más coches eléctricos. No dan toques, dicen. Hay coches en automático para
evitar la fatiga y el inútil movimiento del cerebro para señalar que estamos vivos. Hay un coche
para cada uno. Uno no es coche sólo por que no tenemos llantas. Sucede que si fuésemos
carros, nos estacionaramos para hacer nuestras necesidades a la orilla. Gastaríamos y aceites
por litros ya cansados y humrantes. Despacio llegando muy apenas con el mecánico.
Quiero un coche para saltar rampas, tomar vuelo y caer en oa cuenta de otra noche buscando
un coche para unas carreras, para unos carritos chocones de una feria. Un carro para volar en
Ia imaginación al sitio a donde hay que llegar, al paso, al parecer también tranquilo y callado, un
carro transparente o blanco con luces altas para ver las señales de lejos en la oscura carretera.
HASTA PRONTO





