Por Mario Prieto
Muchos maderenses ya no se acuerdan de todo lo que se vivió durante la pandemia, menos para el esposo e hija de Yolanda Montalvo, una enfermera del Hospital Civil de Ciudad Madero que murió en cumplimiento de su deber y todavía no se le ha hecho justicia.
Ella se erigió como una de las muchas heroínas anónimas durante la pandemia de COVID-19 en México. Su historia, marcada por la dedicación y el sacrificio, es un reflejo del vía crucis que su esposo, Juan Alberto Fernández Hernández, ha enfrentado en la búsqueda de justicia y un patrimonio para su hija, Dana, de tan sólo cuatro años de edad en el momento de la tragedia.
“Me hice novio de ella —recuerda Juan— con una nostalgia palpable, describiéndola como”una mujer muy, muy dedicada a su trabajo, una mujer siempre muy apoyando y ayudando”, mencionó.
Él era paramédico y se conocieron en la Cruz Roja de la urbe petrolera. Cuenta que Yolanda, quien apenas cumpliría 40 años, era una mujer con amor a su profesión como enfermera, que siempre cumplió cabalmente con servir por medio de su trabajo.
“Su pasión era innegable, incluso fuera de su horario laboral, atendiendo a pacientes sin cobrar, movida por un profundo deseo de ayudar”, menciona su esposo con mucha nostalgia.
Finalmente, ellos se casaron, su mayor anhelo era formar una familia. Tras años de lucha y tratamientos, Dios les concedió la oportunidad de ser padres. El embarazo fue muy complicado para ella, con la pérdida de uno de los gemelos, y la coincidencia con el fallecimiento del padre de su padre.
Con la llegada de la pandemia en marzo de 2020, Yolanda, como enfermera en el Hospital Civil de Ciudad Madero, era parte de la primera línea de personal para enfrentar una batalla desconocida en ese momento, como lo era el COVID-19. Todos los días salía de su casa, pero no sabía si iba a regresar, debido a que su trabajo por la pandemia representaba altas probabilidades de que fuera contagiada.
En esos tiempos, los hospitales no contaban con el equipo necesario que pudiera garantizar la vida de los doctores, enfermeras y personal que laboraba en cada uno de los hospitales del país.
El día que Yolanda se sintió mal, con escalofríos, fiebre y tos, el mundo de Juan Alberto se desmoronó, porque el miedo del COVID-19 lo atormentaba. La llevó al mismo hospital donde ella dedicaba su vida, pero, la ironía de la vida, ni la quisieron atender.
“No la quisieron recibir. En el lugar donde ella estaba buscando ayudar a salvar vidas, le negaron el hecho de quererla atender para salvar su vida”, relata con mucha tristeza al recordar ese momento de sus vidas. La tuvo que llevar a un hospital privado y pagar de su bolsillo.
Tres semanas después de que se sintiera mal, llegó el diagnóstico que lo cambiaría todo: COVID-19, por lo que fue internada en el Hospital Canseco de Tampico, y la última vez que la vio con vida fue cuando la trasladaban en la camilla.
“Yo le di un beso, nada más. Le dije que no se preocupara, que yo me iba a encargar de la niña, que todo iba a salir bien”. Y las últimas palabras de Yolanda, un ruego que aún resuena en el silencio: “Sí, me dijo mucho, ‘Te encargo a la niña, cuídamela’”. Menciona su esposo.
Nunca la dejó sola, y aunque no podía verla, todos los días acudía al Canseco para apoyarla moralmente, y como Yolanda tenía un celular, platicaban vía mensajes de texto.
Juan Fernández Hernández menciona que desde que ella partió el 6 de septiembre de 2020, en tiempos que era gobernador Francisco Javier García Cabeza de Vaca, y desde entonces ha enfrentado un vía crucis, pues el sindicato de salud lo dejó prácticamente solo en medio de esta tormenta.
“Ese día el doctor me habló a las tres de la mañana, dejé encargada a mi hija, fui al hospital y ahí me dijeron que ella había partido”, detalló.
A 5 AÑOS NO HA RECIBIDO JUSTICIA.
A manera de tener un sustento, ya que Juan Fernández no contaba y no cuenta en este momento con un trabajo formal, buscó una base laboral en el hospital, porque su esposa era sindicalizada, para poder contar con ingresos fijos para la manutención de su hija Danna, de tan sólo cuatro años (hoy 9), pero en el sindicato de la salud le dieron la espalda y nadie lo ayudó.
El vía crucis de Juan Alberto lo llevó a interponer una demanda legal. Hoy lucha por un convenio que se ganó en abril de 2025, pero que aún no se ha cumplido: “Ya hay una resolución en papel. Sí, pero no la han acatado”, dice con una mezcla de frustración y esperanza.
Su objetivo es asegurar una pensión para Dana, quien hoy tiene 9 años. “Es una pensión para ella, porque la verdad yo no tengo un trabajo seguro”, explica, revelando la vulnerabilidad de su situación.
Su clamor por justicia y apoyo para su hija es un llamado a las autoridades para que honren el sacrificio de quienes, como Yolanda, dieron su vida en la primera línea, y para que el discurso de reconocimiento se traduzca en acciones concretas.





