Faljoritmo/Jorge Faljo
A principios de junio Trump le dijo a Netanyahu que estaba “jodidamente” loco, y le gritó ¿qué
fregados estás haciendo? La conversación fue filtrada a los medios por la propia Casa Blanca y
es una señal de distanciamiento entre los dos; sea real o una imagen que se quiso presentar a
la población norteamericana harta del apoyo incondicional a Israel.
En particular en los últimos cuatro días han sido incesantes los ataques entre los dos bandos
en conflicto; es difícil dar seguimiento puntual a tal tormenta de información. Pero hay señales
de evolución importantes.
Irán está decidido, y me refiero a la decisión de su población, a que esta fase de la guerra
desemboque en el verdadero y definitivo fin del conflicto. Tras 47 años de sanciones
económicas, de apropiación de sus reservas en dólares, de asesinatos de sus científicos y
lideres científicos y militares, de sabotajes internos, de aliento a la insurrección de sus minorías,
su población está muy cansada. Sin embargo está decidida a que este incremento del
sufrimiento es lo que abre la puerta a una solución definitiva; a una paz duradera no por
convergencia de buenas voluntades, sino porque sus enemigos aprendan que les resultará muy
costoso proseguir la guerra.
Irán respondió a los últimos ataques a sus instalaciones de vigilancia y militares costeras con
represalias decididas contra las bases militares de los Estados Unidos en la región. Además de
lo militar le fueron destruidos dos reservorios que dejaron sin agua potable a unas 20 mil
personas.
Contra lo esperado Irán no solo no se desmoronó ante el ataque del 28 de febrero sino que
mantiene su capacidad de responder, siempre de manera acorde a la importancia del ataque.
Esto ha originado una guerra prolongada que desgasta políticamente a sus adversarios. No
solo está logrando introducir una cuña en la relación entre Estados Unidos e Israel, sino que ha
colocado a Trump y Netanyahu en creciente riesgo político dentro de sus propios países.
Trump encara la creciente oposición del pueblo norteamericano por el apoyo incondicional a
Israel. Pero su problema no lo origina la oposición popular a la guerra. Se enfrenta tanto a su
aliado externo Israel al que no logra controlar, como a la clase política que lo encumbró y en la
que tanto republicanos como demócratas apenas empiezan a cuestionar la guerra. Actualmente
la mayoría de los congresistas demócratas se oponen a devolver a Irán sus fondos congelados
y sin el fin de las sanciones y la devolución de sus fondos, Irán no aceptará un acuerdo de paz.
Lo que está ocurriendo es una escalada relativamente controlada en la que ninguna de las
partes desea regresar a los ataques ilimitados. Cada uno prueba que tanto puede dañar sin que
el otro responda con fuerza excesiva. Irán responde con represalias que procuran no dañar a la
población. Trump y Netanyahu han demostrado que no tienen esa limitación y cada uno ataca a
Irán y sus aliados tal vez no tanto porque eso los lleve a la victoria sino para dar una impresión
de poder antes sus apoyos políticos internos.
Una diferencia mayor es que Irán sostiene que en la región hay una sola guerra y que el eje del
conflicto es Israel. Su visión es que la resistencia a las invasiones israelíes sobre Gaza, Líbano
y Cisjordania, donde Israel se ha apropiado de importantes territorios es parte de un solo
conflicto.
En sentido contrario Estados Unidos e Israel plantean que son conflictos distintos e Irán no
debe apoyar a sus aliados Hesbolá y Hamas. Sin embargo Irán se muestra cada vez más
confiado de sus capacidades y aumenta sus exigencias; no solo no atacar a Líbano, sino
desalojar el territorio ocupado e incluir a Gaza dentro de las negociaciones de Paz. Es decir
que Irán empieza a demandar que Israel abandone los territorios conquistados contra las
normas internacionales y regrese a sus fronteras legal e internacionalmente reconocidas.
Trump está atrapado; si deja de apoyar a Israel sube la probabilidad de que sea enjuiciado e
incluso destituido no por los que están en contra de la guerra sino por los que quieren que
continúe. Si Trump ataca con toda su fuerza militar Irán responderá con una destrucción
irreparable de las instalaciones petroleras, eléctricas y de agua potable que permiten la vida de
millones en una región inhóspita. Sería lo peor también para el bienestar, la producción
industrial y la agricultura del planeta entero.
La encrucijada de Netanyahu es que la población israelita ha sido educada en el proyecto
sionista; en su supuesto derecho bíblico a expandir su territorio expulsando o exterminando a
las poblaciones de su entorno. Si Netanyahu detiene el proceso de expansión sería destituido,
y acabaría muy mal lo que le queda de vida.
Sin embargo la población israelita no puede seguir ignorando indefinidamente que la opinión
mundial evoluciona en su contra; que sus turistas empiezan a ser rechazados en múltiples
lugares; que su ideología de conquistadores sin límites éticos y morales es inaceptable. Poco a
poco dentro de Estados Unidos, su aliado fundamental, y dentro de los países occidentales y,
evidentemente, en el resto del planeta, el creciente desprestigio de Israel empezará a
traducirse en aislamiento económico y político. El proyecto mesiánico parecía viable mediante
la fuerza y el poder económico; cuando estos fallan es inevitable su derrumbe como proyecto
político ante el mundo.
Irán está cada vez más decidido y capaz de defender a sus aliados que resisten a Israel en
toda la región y a controlar el estrecho de Ormuz como un mecanismo para resarcir lo que le ha
sido arrebatado y destruido. Es su equivalente a tener una bomba atómica; es lo que le puede
garantizar la paz y el desarrollo económico en el futuro. El control del estrecho del estrecho de
Ormuz es una cuestión de supervivencia para Irán.
La paz es imposible; pero nadie quiere regresar al conflicto ilimitado. Lo más probable es que
siga adelante el conflicto en un tono de relativa baja intensidad. Pero esto no es solución,
conforme los países del golfo empiecen a sacar sus fondos invertidos en dólares pueden crear
una catástrofe financiera; la elevación de los precios del petróleo crea dificultades económicas
y problemas sociales en todo el planeta; la falta de fertilizantes puede disminuir la producción
agrícola a niveles de altísimo riesgo para decenas o cientos de millones.





