En visto | Dora de la Cruz
Hoy, los ojos de la ciudadanía están puestos en el desempeño de quienes ejercen
algún tipo de liderazgo, ya sea desde un cargo público, un partido político, una
organización, la iniciativa privada o incluso desde el ámbito artístico. En tiempos en
los que casi nada escapa al escrutinio público, los ciudadanos tienen cada vez más
herramientas para exhibir abusos, excesos, e injusticias, especialmente, cuando
provienen de quienes ocupan una posición de poder.
“Los poderosos”, ya no enfrentan únicamente a la evaluación de las instituciones, o
de los medios de comunicación tradicionales, como son el radio, periódico y la
televisión. Las plataformas digitales han ampliado el alcance de la vigilancia
ciudadana y han acelerado la exigencia de rendición de cuentas. Ahí está el ejemplo
de la “Casa Blanca”, durante el gobierno de Enrique Peña Nieto, cuya investigación
periodística encontró en las redes sociales un detonante, con el tráfico digital, que
fue decisivo, marcando un antes y un después en la discusión pública.
El caso más reciente, del ex Director de Pemex, Victor Rodríguez Padilla, quien fue
removido del último cargo que tuvo, tras la difusión en redes sociales, de un video
en el que agredía a su esposa. La presión pública convirtió un hecho que pudo haber
quedado en el ámbito privado, en un asunto de interés público. Hoy, las redes
sociales no sustituyen a las instituciones, ni al periodismo, pero sí se han convertido
en una presión capaz de acelerar investigaciones, animar decisiones políticas y
consecuencias, para quienes ejercen el poder desde la incongruencia.
Antes, o más bien hace poco más de una década, normalizábamos la vida de
excesos y lujos de muchos políticos mexicanos. Revistas de élite exhibían sus viajes,
propiedades y un estilo de vida que provenía de los presupuestos públicos;
presumían, frente a un pueblo que pocas veces exigía explicaciones sobre el origen
de su riqueza, mientras ocupaban cargos públicos. Hoy todo ha cambiado. La
indignación pública se vuelve viral en cuestión de minutos y, en más de un caso, esa
presión social ha provocado renuncias y la caída de personajes que durante años se
sintieron intocables.
¿Qué significa esto? Que la clase política debe entender que, de un momento a otro,
cualquier proyecto puede derrumbarse, cuando sus acciones generan indignación
entre la ciudadanía. Los medios de comunicación siguen desempeñando un papel
importante, como conciencia pública, pero el alcance que hoy tienen las redes
sociales y la forma en que multiplican la información, cuando se juntan elementos
sólidos, de peso, se han convertido en un factor determinante para la permanencia
en el poder de indeseables.
Las y los políticos que buscan participar en este proceso electoral, deben entender
que sus proyectos no dependen del reel de “buenos días” que suben todos los días a
sus redes sociales. Van más allá, con su conducta del día a día y con la congruencia
entre lo que dicen y lo que hacen. En el caso de Morena, esa congruencia también
implica actuar conforme a los principios que dice representar la Cuarta
Transformación. Sin embargo, esta exigencia no es exclusiva de un partido; aplica
para todas las fuerzas políticas, porque la ciudadanía ya no hace excepciones, ni
perdona con facilidad los actos que contradicen el discurso.
En Tamaulipas, como en cualquier parte del país, ningún liderazgo político, ni local,
ni nacional, estará por encima de la percepción ciudadana, cuando un funcionario o
representante incurra en actos que contradigan el discurso que lo llevó al poder. Las
redes sociales han cambiado la forma en que la sociedad reacciona y hoy pueden
convertirse en un espacio donde se cuestionen decisiones, conductas y prácticas
que antes quedaban fuera del debate público.
Para Morena, el reto está precisamente en mantener la diferencia que ha marcado
frente a los gobiernos del pasado: que quienes llegaron bajo la bandera de la
transformación no terminen repitiendo prácticas que la propia ciudadanía rechazó.





