En Voz Alta/Perla Reséndez
La elección interna del PAN en Tamaulipas dejó un resultado contundente, pero difícilmente
puede hablarse de una victoria completa. Gloria Garza y César “Truko” Verástegui obtuvieron
una ventaja amplia sobre Omeheira López Reyna y Francisco Garza de Coss, con alrededor
del 75 por ciento de los votos.
En términos políticos, la elección quedó resuelta. En términos partidistas, las fracturas apenas
comienzan a exhibirse.
Mientras la fórmula ganadora celebraba una tendencia irreversible y hablaba de unidad, la
jornada estuvo acompañada por denuncias de amenazas, presuntas irregularidades y una
narrativa de desconfianza que terminó por opacar el mensaje que Acción Nacional buscaba
enviar a sus militantes y a la opinión pública.
Paradójicamente, el PAN logró organizar una elección interna, pero no consiguió evitar que el
proceso terminara judicializado.
La impugnación promovida por Omeheira López Reyna fue desechada por la Comisión de
Justicia, pero el solo hecho de que la campaña estuviera marcada por acusaciones sobre la
integración de una planilla y presuntos vínculos de uno de sus integrantes con una empresa
sancionada en Estados Unidos evidenció que la disputa trascendió lo electoral para convertirse
en un enfrentamiento entre grupos internos.
Más allá de que jurídicamente Gloria Garza salió fortalecida, políticamente la oposición
consiguió instalar dudas sobre el proceso. Y en política, las percepciones suelen tener una vida
más larga que las resoluciones.
El mensaje de Gloria Garza de que ahora corresponde “rescatar al PAN” tampoco pasó
inadvertido. La frase fue interpretada como una referencia directa al liderazgo que durante años
ejerció el exgobernador Francisco García Cabeza de Vaca sobre el partido. Si la nueva
dirigencia realmente pretende cerrar ese capítulo, tendrá que demostrar que el cambio será
algo más que un discurso de victoria.
No será una tarea sencilla. Durante años, el panismo tamaulipeco construyó su estructura
alrededor de liderazgos regionales y grupos de poder que hoy siguen presentes. Cambiar los
nombres de la dirigencia no necesariamente significa modificar las prácticas internas.
El otro dato que merece atención es la participación. Aunque había poco más de nueve mil
militantes con derecho a votar, apenas acudieron alrededor de cinco mil. Para algunos será una
cifra aceptable en una elección interna; para otros, refleja el desgaste de un partido que todavía
busca reencontrarse después de perder el gobierno estatal.
El reto para Gloria Garza y César Verástegui comienza justamente donde terminó la elección.
Gobernar un partido dividido suele ser mucho más complicado que ganar una contienda
interna.
Tendrán que reconciliar a una militancia que llegó al proceso confrontada, reconstruir la
confianza de quienes hoy denuncian irregularidades y convencer de que el PAN puede volver a
ser competitivo rumbo a 2027.
Porque una victoria de tres a uno resuelve una elección, pero no garantiza liderazgo. Mucho
menos unidad.
Y ese será el verdadero examen de la nueva dirigencia.





