En Público/Nora Marianela García Rodríguez
El 1 de julio Estados Unidos avisó que no extendería de forma automática el T-MEC por otros
dieciséis años, con esa decisión el tratado no cayó, aunque tampoco quedó donde estaba.
El acuerdo entró en el mecanismo de revisiones anuales que el propio texto contempla y que
corre hasta 2036, así, cada año hasta esa fecha los tres socios evaluarán si siguen bajo las
reglas vigentes.
El T-MEC arrancó el 1 de julio de 2020 con una cláusula que obligaba a revisarlo a los seis
años, de ahí que la fecha no sorprenda, lo que cambió no fue el calendario, fue la respuesta de
Washington a la pregunta de siempre.
La palabra que eligió el gobierno federal fue tranquilizadora, sigue vigente, y es cierta, sin
embargo esconde el giro de fondo, se pasó de un horizonte largo y estable a una renovación
que se decide doce meses a la vez.
No es un matiz de forma, es la distancia entre planear una inversión a diez años y firmar un
contrato que se revisa cada temporada, por ello la certidumbre, que era el activo central del
tratado, quedó sujeta a plazos.
Conviene medir lo que está en juego, en 2025 México exportó a Estados Unidos 534 mil 874
millones de dólares, cifra récord y 5.8% mayor que el año previo, según la Oficina del Censo
estadounidense.
El comercio total entre ambos países sumó 872 mil 833 millones de dólares, con un superávit
para México cercano a 197 mil millones, de modo que el país se afianzó como el principal socio
comercial de esa economía.
La escala regional es aún mayor, Norteamérica concentra cerca de 30% del producto mundial y
un comercio interno que supera 1.6 billones de dólares al año, de hecho cada minuto cruzan
más de 3 millones de dólares por la frontera.
Sobre esa base descansa lo que viene, la ronda del 20 de julio en la Ciudad de México, primera
reunión ya dentro del procedimiento formal de revisión anual, y no una simple auditoría de lo
que funcionó.
Estados Unidos redujo de 54 a 14 los temas que mantiene abiertos con México, en cambio
México llevará 13 planteamientos propios, no obstante el contenido puntual de esa agenda
permanece bajo un acuerdo de confidencialidad con Washington.
Ese sello merece atención, se negocia el marco que ordena la vida económica de la región, y la
ciudadanía conoce los grandes números, mientras los términos que discuten sus negociadores
quedan fuera de la vista.
Hay además una decisión de método que pesa más de lo que aparenta, esta vez Washington
optó por negociar por separado con México y con Canadá, con ello se diluye la fuerza que da
un frente común.
En una mesa así el peso manda, la economía más grande fija el ritmo y el temario, mientras las
partes menores llegan cada año a defender lo que en el esquema anterior ya tenían asegurado
por más de una década.
El punto de mayor tensión son las reglas de origen del sector automotriz, hoy el tratado exige
que 75% del valor de un auto sea regional, sin cuota exclusiva para un país, y Washington
busca subir ese contenido hasta 85%.
El cambio de fondo es otro, hoy 40% del valor del auto debe hacerse con mano de obra de
salario alto de la región, y Estados Unidos pretende que la mitad, 50%, sea manufactura suya,
con lo que la lógica compartida cede ante una reserva nacional.
A ese frente se suman los aranceles de la Sección 232, 25% a autos y autopartes y 50% a
acero, aluminio y cobre, gravámenes que cerraron tres décadas de comercio sin aranceles y
que México pide retirar.
Aquí la discusión deja de ser abstracta para Tamaulipas, el autotransporte mueve más de 70%
del comercio entre México y Estados Unidos en valor, y cerca de 42% de ese cruce carretero
pasa por las aduanas del estado.
El dato tiene rostro, por Nuevo Laredo, el principal puerto terrestre del continente, cruzan a
diario más de 15 mil camiones de carga, y buena parte del aparato manufacturero tamaulipeco
vive de exportar autopartes y componentes que suben al norte cada mañana.
México es, además, el primer proveedor de autopartes de Estados Unidos, con casi 87% de
sus envíos del sector dirigidos a ese mercado, de ahí que endurecer las reglas de origen
golpee directo a la proveeduría fronteriza.
Por eso el 20 de julio no es fecha lejana para el estado, en esa mesa se define si las autopartes
de Reynosa, Matamoros y Nuevo Laredo siguen calificando para el trato preferencial o si la
regla de contenido estadounidense las desplaza, y el riesgo ya no es de una planta, es de la
proveeduría entera.
La región ya conoce ese sabor, la industria maquiladora vivió despidos y cierres parciales antes
de recuperar el paso, de manera que la amenaza no es hipótesis lejana, es memoria reciente.
El discurso oficial administra el ambiente con calma estudiada, ya estaba previsto, es algo
inédito, se va a renovar en los próximos años, frases pensadas para serenar más que para
explicar.
Conviene separar el dato del deseo, que el tratado siga vivo hasta 2036 es un hecho
verificable, que se renueve luego por otros dieciséis años es, por ahora, un pronóstico optimista
y no una firma en el papel.
Vale mirar quién asesora esa negociación, el cuarto de junto, donde las cámaras acompañan a
los negociadores, perdió presencia en esta revisión, con ello se debilita la voz de quienes
sostienen las cadenas productivas.
La presión política agrega otra capa, las elecciones intermedias en Estados Unidos endurecen
las posturas, de modo que México no negocia solo con un gobierno, negocia también con su
calendario electoral.
Ese es el costo callado de esta fase, uno que no aparece en la factura, la erosión del horizonte,
la certeza deja de ser condición escrita del tratado y pasa a rentarse por temporadas.
Para un estado que produce pensando en el norte, vivir sin horizonte cobra su precio, planear a
largo plazo se vuelve acto de fe, y la inversión aprende a moverse con el freno puesto.
El T-MEC no se rompió, conviene decirlo sin alarmismo, pero dejó de ofrecer lo único que un
exportador aprecia casi tanto como un buen precio, saber que el año entrante las reglas
seguirán en su lugar.
Lo que se revisa cada julio, entonces, no es solo un tratado, es la confianza con la que
Tamaulipas decide si construye para quedarse o apenas para resistir un año más.





