Hora de cierre/Pedro Alfonso García Rodríguez
En las últimas semanas se ha mantenido una constante: la depuración de servidores públicos del
poder estatal. Y si bien todo ejercicio del poder requiere del suficiente oxígeno para conservar su
funcionalidad, los vacíos institucionales pueden resultar perjudiciales.
Entre filtradores, filtradores de los filtradores y cribadores de los filtradores de filtradores —
como telaraña del lenguaje—, en el ambiente que gira en torno a los movimientos de gobierno,
ante la opacidad, surgen la especulación y los señalamientos infundados.
En innumerables cuentas de redes sociales, bajo el anonimato y con el respaldo de grupos de
poder, son constantes las publicaciones sobre actos de corrupción de funcionarios,
exfuncionarios y personas en funciones.
Las descalificaciones se dan en supuestas filtraciones cuando se trata de señalamientos de
corrupción, pero han escalado al plano personal y bajo tonos de moralidad (en un gobierno
supuestamente progresista).
Mucha de la información proviene de las oficinas de funcionarios de primer nivel, justo por
debajo de titulares y directivos, y la misma fórmula se aplica en dependencias como salud y
educación, seguridad pública e incluso entre las mismas autoridades encargadas de fiscalizar el
ejercicio del presupuesto público.
Y, más allá de la guerra sucia que se da en la antesala de los procesos electorales, esto demuestra
el vacío heredado del desmantelamiento de los organismos autónomos que, hasta poco antes de
la salida de AMLO del poder, funcionaban en el gobierno federal y en los estados.
Aunque el acceso a la información es un derecho de cualquier mexicano, la falta de un
organismo autónomo que garantice las peticiones provenientes de la ciudadanía y el estado de
los señalamientos por filtraciones provenientes desde el poder propician persecuciones políticas
de menor a mayor escala, sin la legitimidad de ser un escrutinio público justo.
En la parte inicial del gobierno cabecista, una de las constantes para desacreditar a funcionarios
públicos tras la transición con el PRI era la de “exponer” a todos aquellos que operaron a favor
de un candidato priista. La primera embestida al ITAIT la propició el mismo cabecismo, para
someterlo y deliberar información a modo. Ya con Morena en el poder estatal, en lugar de
rescatarlo y darle una mayor apertura, se le dejó consumarse hasta desaparecer junto con el
INAI en la transición AMLO–Sheinbaum.
El uso malintencionado de información filtrada, sin un acceso a la información efectivo para la
ciudadanía en general, representa un revés democrático que nos remonta al régimen de partido
y devuelve al poder un recurso para inhabilitar voces críticas o adversarios mediante el
sometimiento, pues el suelo no es parejo al momento de requerir la información.
Y propicia una inestabilidad desde el gobierno que, entre otras cosas, provocaría movimientos
constantes en una etapa de la actual administración crucial para el futuro de un proyecto político
que, a nivel nacional y también local, es constantemente embestido desde Estados Unidos y por
algunos actores externos al poder en turno.
@pedroalfonso88





