Arca de Noé/Pedro Alfonso García
Hay semanas en que la ciudad parece tranquila y, de repente, ocurren sucesos
que perturban la paz cotidiana; los hechos más recientes son distintos en su
naturaleza, pero similares en lo que generan: la preocupación de saber que
ciertos problemas no están del todo resueltos y que la calma que reflejan los
indicadores convive con una realidad que todavía tiene aristas sin resolver.
Durante cuatro días, Ciudad Victoria estuvo en vilo: Zayda Merari Moya Pesina,
de 26 años, avisó a sus familiares la noche del 10 de julio que salía del trabajo;
colgó el teléfono y, desde ese momento, no volvió a tener contacto con nadie.
Esto llevó a su familia a levantar el reporte de desaparición ante la Fiscalía e
inició un trance de angustia y especulación.
Horas después, la Fiscalía emitió el boletín de búsqueda y comenzó a circular la
versión de que la joven podría ser víctima de un delito; en redes sociales, la ficha
se difundió de manera inmediata, los llamados de la familia y de sus amigos más
cercanos se multiplicaron y, durante cuatro días, la presión ciudadana no cedió.
El miércoles por la tarde, un operativo coordinado entre la Fiscalía de
Desaparición Forzada y la Secretaría de Seguridad la encontró con vida en una
vivienda en ruinas de la colonia Álvaro Obregón, un barrio enclavado al pie de la
Sierra Madre.
Las autoridades emitieron un escueto comunicado; el fiscal Govea, cuestionado
en otros casos polémicos por declaraciones precipitadas, apareció frente a las
cámaras para informar que Merari estaba sana y salva y confirmar que había sido
víctima de un secuestro.
Como suele suceder en casos así, para el momento de la explicación oficial las
redes sociales ya se habían adelantado con versiones especulativas: se dijo que
el plagio respondía al incumplimiento del pago de una cuota y que hubo una
exigencia de rescate que fue rechazada, relato que circuló hasta que se oficializó
que Merari ya estaba libre.
Para la reflexión queda la intensidad de la inquietud que se generó en una
memoria urbana que vivió años en los que las desapariciones eran una
posibilidad cotidiana, así como la conclusión de que lo ocurrido podría ser una
señal del regreso a los viejos tiempos.
El segundo hecho de la semana tiene otro perfil, pero produce también un efecto
perturbador: el enredo del Winner Casino ha generado desconfianza sobre la
operación de ciertas empresas y sobre la capacidad del Estado para hacer
cumplir sus propias resoluciones judiciales.
Se trata de una demanda de amparo promovida desde Victoria ante un juzgado
con sede en Pachuca, que ordenó el embargo de bienes de la casa de apuestas
mediante el juicio de amparo 1550/2026: un litigio mercantil entre particulares por
la terminación de un contrato de arrendamiento que terminó con un actuario
federal en la puerta del establecimiento.
Más de 200 trabajadores bloquearon el acceso sobre el bulevar Tamaulipas
desde las primeras horas del miércoles; se colgaron de los barandales, colocaron
un tráiler como refuerzo del bloqueo e impidieron que la Guardia Estatal —que
llegó a respaldar la diligencia— lograra que el actuario accediera al inmueble.
La confrontación entre las partes generó especulaciones de todo tipo, pero lo
cierto es que la diligencia quedó en intento por una razón concreta: la empresa
adeuda tres quincenas, entregó cantidades parciales y pidió plazos que se
vencieron sin que llegara el pago. El conflicto derivó en un triple enredo: judicial,
laboral y patronal, y el Poder Judicial local solo “aclaró” que la acción no
respondía a motivaciones políticas, sino al cumplimiento de un mandato federal,
deslinde que, sin embargo, revela que hay otro fondo.
El caso se da en un contexto más amplio que obliga a una lectura adicional: en
abril pasado, desde Estados Unidos se sancionó a Casino Centenario en Nuevo
Laredo y a Diamante Casino en Tampico por operaciones de lavado de dinero,
sanciones derivadas de investigaciones de la DEA.
Esas sanciones dejaron en claro que el negocio de las apuestas no opera en un
vacío y que las autoridades norteamericanas tienen una lectura propia sobre ese
sector, al margen de lo que ocurra en los juzgados federales o en las
negociaciones laborales de Ciudad Victoria.
El más reciente sondeo del INEGI sobre seguridad colocó a Ciudad Victoria con
49.5 por ciento de percepción de inseguridad, una mejora frente al 52.6 por ciento
registrado en 2024; los indicadores van bien, pero los hechos de esta semana
recuerdan que esa tendencia no está blindada.





