INDICADOR POLITICO/Carlos Ramírez
Aun en el supuesto caso de que la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo esté comprometida
de manera absoluta con el proyecto lopezobradorista en un escenario transexenal, la dinámica
de las contradicciones le están marcando referentes particulares que requieren de enfoques
propios.
Es decir, y en pocas palabras hasta filosóficas, nadie se baña dos veces con la misma agua
del río.
El desafío en estos dos años de gobierno para la presidenta Sherman no ha estado en los
compromisos inflexibles para una continuidad transexenal, sino en las dificultades para definir
su propio estilo personal de gobierno. La mañanera como estrategia de comunicación política
requería de un replanteamiento no sólo en su organización formal, sino en la necesidad de
salirse del perfil de gobiernos personales-individuales –valga la redundancia– que impuso
López Obrador como verticalismo programático.
A López Obrador le fue muy fácil personalizar el gobierno porque encarnaba una lucha
también individual desde 1988, su configuración como líder social conectaba casi en
automático con las masas y sus mensajes autoritarios no permitían negociaciones.
Las características del perfil del líder social de López Obrador son inexistentes en la figura de
Sheinbaum Pardo, lo cual obligaba a descubrir primero cuáles serían sus formas de conexión
social para después convertirlas en instrumentos de gobierno. Pero no. La presidenta ha
querido hacer un gobierno estilísticamente calcado de su antecesor y basta ver en el tema de
la comunicación como los comportamientos son los mismos pero los resultados cambian el
éxito a la ineficacia: López Obrador supo colocar a la prensa crítica en el espacio de los
partidos de oposición, pero la presidenta Sheinbaum repite el modelo con resultados
disminuidos. López Obrador supo jugar con los críticos, y la presidenta Sheinbaum los critica
pero al final los coloca como interlocutores al mismo nivel.
La presidenta Sheinbaum recibió el encargo de cumplir con las tres reglas típicas de las
sucesiones presidenciales del viejo régimen priista y prianista: continuidad de proyecto,
continuidad de equipo y continuidad familiar. Pero en el pasado los presidentes en turno
tenían margen de maniobra para definir sus propios perfiles de caracterizaciones particulares
y la presidenta Sheinbaum no ha podido –aunque a veces pareciera quererlo– proyectar una
imagen de autonomía relativa.
En el pasado, también, la continuidad transexenal se cumplía hasta donde pudiera cumplirse,
pero prácticamente todos los presidentes en turno que respetaron a sus antecesores pudieron
finalmente asumir la condición propia de titulares reales del Poder Ejecutivo como poder
político. Sheinbaum se ve como encargada del proyecto, pero sin, hasta ahora, ninguna
caracterización singular de su propia personalidad.
Y el punto de definición de la autonomía relativa de los presidentes en turno se probaba en los
hechos con la siguiente sucesión presidencial: la continuidad se rompía en la necesidad de
construir un bloque político propio –aún en la continuidad de grupo– y se probaba a la hora de
que el presidente saliente designaba a su sucesor en función de sus propias condiciones y no
las de su antecesor.
Aquí el problema no se resume en la vulgar caracterización de una ruptura, sino en la
necesidad de replantear reorganizaciones de grupo dominante para nuevos fortalecimientos y
no quedar atrapados en los perfiles del antecesor que condicionan al sucesor inmediato y que
necesariamente estarán en crisis en una tercera sucesión de continuidad de grupo.
El éxito o fracaso del Gobierno de la presidenta Sheinbaum no radica en esperar una ruptura
con su antecesor, sino en redinamizar al grupo que recibió de su líder precedente para al
mismo tiempo revitalizar el mismo proyecto y el mismo grupo, y ahí es donde vemos que el
grupo lopezobradorista se está ahogando en sí mismo y las posibilidades de rescate por parte
del expresidente López Obrador son cada vez decrecientes por las dificultades que están a la
vista para su propia sobrevivencia político-personal por la presión de EU.
El acoso del expresidente ha reducido el margen de maniobra de la presidenta y vemos al país
sumido en una crisis cuyas variables tienen que ver con la herencia del antecesor, con las
circunstancias agravante de que la agenda de seguridad nacional que está manejando Estados
Unidos puede hacer pedazos los pocos márgenes de maniobra del expresidente López
Obrador.
Y ahí nos encontramos, con el caso de la crisis de gobierno en Sinaloa que no puede
resolverse por las complicidades oficiales con el Cártel de Sinaloa, y alrededor del conflicto la
hasta ahora aparente decisión de la Casa Blanca de reventar el colapso de la narcopolítica
mexicana con el caso a de Rubén Rocha Moya y su alianza hasta ahora indestructible con
López Obrador.
Así comenzará políticamente su tercer año la presidenta Sheinbaum.
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Política para dummies: la política es lo que se hace, no lo que se hereda.
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