INDICADOR POLITICO/Carlos Ramírez
El presidente Andrés Manuel López Obrador presentó su Plan Nacional
de desarrollo con frases políticas y la presidenta Claudia Sheinbaum
hizo el esfuerzo por diseñar su Plan México como una verdadera
estrategia de desarrollo, pero se quedó en la fase también retórica
porque requería de lo que nadie se ha atrevido a encarar desde la crisis
de 1976: la definición de un nuevo modelo de desarrollo.
En busca de un camino para ser operativo al Plan México, Palacio
Nacional buscó asesorías de organizaciones extranjeras –Mazzucato y
otro donde participaba George Soros–, pero se encontró con el
planteamiento de que se necesitaba de una reorganización total de la
política económica, la estrategia de desarrollo y el modelo productivo
en la industria, el campo y los servicios.
Y como apenas hay dinero para la estrategia asistencialista de
transferencia directa de recursos, los propósitos de dinamizar el Plan
México quedaron archivados. El problema ha sido que la única
expectativa que tiene el gobierno federal actual es depender de la
participación mexicana en el Tratado de Comercio Libre sin
reestructuración productiva y sólo como maquiladora y luego
consumidora de importaciones.
Por ello, el escenario que tendrá la presidenta Sheinbaum para
arrancar su tercer año de gobierno es un escaso crecimiento de 1.5%
promedio del PIB, con algunos repuntes que lo acerquen a 2% pero
pagando la cuota que la incapacidad productiva y de consumo y
repuntes inflacionarios.
La presidenta Sheinbaum se encontró con una triple herencia: el
modelo de desarrollo populista que estalló en pedazos en 1982, el
neoliberalismo salinista con el Tratado de 1994 a 2018 y el proyecto de
Gobierno de López Obrador que no modificó las dos anteriores
estrategias y le sumó la propia que fue la de gastar en proyectos
personales con escasa repercusión en la economía, confiar en las
exportaciones y destinar recursos presupuestales a obras como
elefantes blancos que se convirtieron en un fondo perdido como el
Fobaproa II: subsidiar la ineficacia.
A ello hay que agregar la herencia maldita que viene desde la Carta de
Intención de Política Económica de México con el Fondo Monetario
Internacional que se firmó simbólicamente el 16 de septiembre de 1976
y a través de la cual México se comprometió a aplicar el modelo
antiinflacionario de ese organismo basado en una estabilidad
macroeconómica por el lado de la demanda: menor gasto público,
menor circulante monetario y PIB bajo para no sobrecalentar la
economía.
En este contexto, las expectativas del PIB como el motor del
crecimiento económico –sin desarrollo– se moverán entre el 1%-2%,
porque arriba del techo de crecimiento aumentaría de la inflación y se
rompería todo el sistema económico, pero sin cumplir con el
compromiso planteado por López Obrador en la demagogia de su
campaña de que México terminaría los dos últimos años de su sexenio
con un PIB de 6% para consolidar un promedio de 4% anual durante
seis años.
El sexenio del presidente López Obrador tuvo un crecimiento promedio
anual del PIB 0.8%, y el PIB promedio anual de Sheinbaum en 2025 y
2026 se perfila a 1.2%, lo cual daría una dimensión del fracaso del
Tratado porque las exportaciones no se reflejaron en crecimiento
económico, ni menos aún en aumento del nivel de vida de los
mexicanos.
El éxito de la política social de la 4T se resume en el hecho de que
disminuyó la pobreza salarial por aumentos basados en decisiones
políticas y no en productividad ni estabilidad y por transferencias
directas a través de becas regaladas, pero la llamada pobreza
multidimensional que abarca educación, salud, transporte y otras
variables sociales siguen bajando el nivel de vida de la mayoría de las
familias mexicanas.
Y el dato más importante que señala el fracaso del desarrollo en el
neoliberalismo salinista 1989-2018 y en el neoliberalismo populista
2018-2030 se encuentra en las cifras que hablan de la incapacidad de
potenciar el desarrollo nacional: el 55% de la población
económicamente activa se localiza en la informalidad con salarios bajos
y cero prestaciones, el 80% de los mexicanos tiene de una a cinco
restricciones sociales y el 75% de los trabajadores padece ingresos de
uno a dos salarios mínimos.
La decisión de Palacio Nacional de enfriar las expectativas del Plan
México ante las recomendaciones de Mazzucato y la Fundación Soros
dejó en el ambiente nacional la certeza de que no habrá ningún intento
de empujar el nuevo modelo de desarrollo de la 4T porque los recursos
presupuestales están etiquetados en dinero regalado al ejército
electoral de reserva –la mano de obra que no produce pero que tiene
cualquier tipo de becas–, se destinan a pagar el Fobaproa de Zedillo y
a sostener las obras de elefante blanco de López Obrador cumpliendo
con el compromiso con el FMI de disminuir el circulante monetario.
En este sentido, el segundo sexenio de la 4T será de bajo crecimiento
sin desarrollo, como viene siendo desde 1982.
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Política para dummies: la política mide el bienestar por el nivel de vida
de los ciudadanos.
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