Crónicas de la calle/Rigoberto Hernández Guevara
Con el tiempo el cine avenida se fue yendo hacia otra dimensión del pasado. Se llevó consigo
la fila larga de matrimonios y jóvenes aproximándose a la taquilla para un estreno largamente
esperado, aquí entre los cinefilos de esta sala, los canes que buscaban una rondana, el señor
de las raspas, la raza llegando cuando ya había empezado.
En taquilla despachaba una joven mujer de gruesos lentes y muy blanca. He imagino que para
aquella ciudad de 50 mil habitantes su discreción era fundamental ya que aquella dama
conocía a medio mundo. Adentro del cine de pronto se apagaban las luces y comenzaba el
cinemascope a ofrecernos el excelente y excesivo sonido que pronosticaba el inicio de los
protagonistas principales de la película.
Aquí es aquella tarde en la sombra de una gran marquesina rococo, la lluvia, la pequeña tienda
de enfrente y a un costado el estanquillo, la nieve y el siglo pasando sobre el enorme edificio
del 17 Allende. El 17 ya era famoso por el paso de los desfiles, el de carros alegóricos y
comparsas de festivales escolares y el carnaval cuyo Rey feo quedaba en evidencia para toda
la existencia.
Cabe decir que como edificio el bello cine soportó hasta el final cuando el depredador comenzó
a hacer agujeros y la fachada se pulió de grafittis estupendos. Se podría decir que cuando el
cine avenida despertó el cine todavía estaba ahí un rato y pronto se retiró a formar parte del
pasado.
Desde hace tiempo se fueron los de adentro, los que buscaban entre las butacas pegadas con
chicle un lugar donde acomodarse en lo oscurito con la muchacha. Se fueron los conserjes con
el intenso olor a palomitas sin celulares, toda vez dejaron de pagar. Se fue el señor de la
entrada con todos los boletos mochos. Se fue una vez que no había nada y la puerta
clausurada anunciaba eternamente el estreno de la última película.
Muchos años antes de que esta mano de chango caterpilar comenzara la demolición del
inmueble, como dicen los clásicos, había un señor que vendió rancheritos, un chavo se hizo
grande vendiendo chicles entre el cine y el estadio.
Un día, luego del largo abandono del enorme edificio, me asomé por una de las rendijas desde
donde podía verse la espectacular tarima iluminada milagrosamente por un rayo filtrado en el
derruido techo. Ya no cabía un espectador más en las lujosas butacas, el resto pienso que se
fueron al Cine Juárez, a los Gemelos, al Terraza, al Alameda pasando por los tacos de Avalos y
puntos intermedios. El techo había colapsado sin remedio y sin rencor encima de las butacas.
En el escenario jugaban fantasmas, escuché pasos, leí un pedazo de libreto tirado en la duela y
salí de inmediato.
Señoras y señores: con ustedes el cine donde usted dio su primer beso. Recuérdelo. El boleto
estará a dos por uno sin cortes. La ciudadanía peina ya la edad adulta y un fin de semana en el
Netflix. El cine avenida es hoy un espacio para la memoria de la nostalgia, como muchas otros
donde el tiempo se construyó sobre el tiempo.
Afortunados quienes a través de la memoria podemos viajar a aquellos sitios de esta hermosa
ciudad sin que nos cueste ningún cinco. Hay, no obstante, el amplio deseo por el cambio y la
transformación de estos espacios.
Mientras la mano de chango da los últimos zarpazos a la pared del fondo del edificio, donde
empieza a verse la calle de atrás, siento el poder de la gran máquina inventada por el hombre ,
capaz de arrasar con un gran edificio, pero también con la fuerza natural para arrebatarnos sin
clemencia algo de lo que fuimos y ya no es.
HASTA PRONTO





