La Talacha/Francisco Cuéllar Cardona
Empezaba octubre de 2016. En Tamaulipas, la clase política priista estaba estupefacta y sin
aliento: le habían quitado el poder después de poseerlo durante más de 80 años. Habían
llegado “los vientos del cambio”.
El hartazgo por la corrupción y los malos gobiernos había llevado a las y los tamaulipecos a
creer que habían tomado la mejor decisión electoral.
Muchos operadores del viejo priismo, que desde un principio vieron que se hundía la nave del
poder tricolor, huyeron como ratas y se brincaron a la nave azul que prometía un cambio de
vida y bienestar. No pocos habían traicionado la causa y operado para que el poder estatal
cambiara de manos.
Uno de ellos, cerebro y conocedor de la operación azul, y quien moriría casi seis años después,
lo confesó apesadumbrado y nada convencido frente a una taza de café:
“Paco, de esta euforia que estamos viviendo, nos vamos a arrepentir. Lo que viene es peor.
Estos que han llegado son fundamentalistas y malos… muuuy malos. ¡Pobre Tamaulipas!
“Fue mucho dinero lo que costó sacar al PRI del poder. Solo Sergio (Carmona) le puso más de
500 millones de pesos a la campaña de Francisco (García Cabeza de Vaca), sin contar el
dinero que vino de Puebla y de otras partes, que luego te contaré”.
Después precisaría que, fue Rafael Moreno Valle, entonces gobernador de Puebla, quien
aportó recursos para el PAN. Tampoco descartaba la participación de grupos delincuenciales
que, sostenía, operaron abiertamente amenazando a votantes y activistas priistas.
César “Truco” Verástegui, quien seis años después se presentó como candidato del PAN a la
gubernatura, y Sergio Carmona fueron señalados por aquel operador como dos piezas clave
para que Cabeza de Vaca llegara al poder en Tamaulipas.
Lo que vendría después sería un sexenio marcado por innumerables señalamientos,
investigaciones y acusaciones sobre el manejo de los recursos públicos.
Sergio Carmona fue uno de los personajes que financiaron aquel proceso electoral. De acuerdo
con testimonios y confesiones de él mismo, cuando buscó recuperar, mediante contratos
gubernamentales, sobre todo del sector salud (casi 400 millones de pesos), terminó enfrentado
con el propio Francisco García Cabeza de Vaca.
En noviembre de 2021, Carmona fue asesinado en una barbería de San Pedro Garza García,
Nuevo León.
El autodestape presidencial del exgobernador, quien enfrenta señalamientos judiciales y
permanece en Estados Unidos, generó fuertes reacciones políticas. Pero, sobre todo, obliga a
las y los tamaulipecos a refrescar la memoria y a contarle al resto de México quién es Francisco
García Cabeza de Vaca y qué ocurrió durante los seis años en que gobernó Tamaulipas.
Aquella advertencia de octubre de 2016, hecha por un operador que había apoyado la llegada
de “los vientos del cambio” —“viene lo peor” y quienes llegan “son malos, muy malos”—, parece
haberse quedado corta a la vuelta de diez años, cuando pueden revisarse las consecuencias
políticas, financieras y sociales que dejó aquel gobierno.
Santiago Nieto, extitular de la Unidad de Inteligencia Financiera, quien desde esa institución
investigó operaciones financieras relacionadas con el entonces gobernador, llegó a describir
públicamente a García Cabeza de Vaca como un “sociópata”.
Un adjetivo durísimo, pero que no está alejado de la realidad.
Santiago Nieto no se refiere a un diagnóstico médico; trata de describir, desde su perspectiva,
una personalidad marcada por la manipulación, el engaño y la ausencia de remordimiento
frente al daño causado a terceros.
La psiquiatría define así a un sociópata: una persona que viola frecuentemente las leyes y
normas sociales; además, miente y engaña para su propio beneficio.
“Francisco es una persona mala”, ha sostenido Nieto en sus señalamientos públicos.
Cabeza de Vaca, por su parte, sostiene que es un perseguido político y ha rechazado
reiteradamente las acusaciones en su contra.
Pero su sexenio dejó tras de sí una larga estela de controversias, observaciones de órganos
fiscalizadores, denuncias e investigaciones que alcanzaron a funcionarios de su administración.
Los señalamientos sobre presuntas irregularidades por miles de millones de pesos forman
parte de una historia que todavía debe ser esclarecida completamente por las autoridades.
También resulta indispensable distinguir entre acusaciones políticas, investigaciones abiertas y
responsabilidades que hayan quedado firmes ante los tribunales.
Cabeza de Vaca dejó Tamaulipas antes de concluir su gobierno; huyó a los Estados Unidos,
desde donde ha mantenido una intensa actividad política y mediática.
Desde Texas utiliza sus redes sociales para acusar, denunciar y confrontar al gobierno de
Morena. Su discurso se ha incorporado a una narrativa opositora que diariamente busca
desacreditar a la llamada Cuarta Transformación y que, en no pocas ocasiones, se alimenta de
información no comprobada, campañas digitales y contenidos diseñados para multiplicarse en
redes sociales.
Tamaulipas ya vivió su gobierno y las y los tamaulipecos pueden juzgar, con la experiencia de
seis años, qué significaron realmente aquellos “vientos del cambio”.
Por eso, su autodestape presidencial y su aspiración de regresar a los primeros planos de la
política nacional pueden parecer, para quienes padecieron y cuestionaron su gobierno, más
que una propuesta seria de país, una provocación y una amarga broma de la historia; pero hay
algo todavía más profundo.
México tendrá que decidir en los próximos años qué clase de política quiere construir. Porque
los personajes que hacen del odio una estrategia, de la mentira una herramienta, del engaño un
método y de la confrontación permanente una forma de sobrevivir políticamente representan
justamente aquello de lo que millones de mexicanos están cansados.
Esa manera de ejercer el poder contrasta con la idea de gobiernos humanistas que colocan en
el centro a las personas, la justicia social y el bienestar colectivo. No se puede construir un país
sembrando odio todos los días; no se puede gobernar desde el rencor.
Y mucho menos se puede pedir nuevamente la confianza de una sociedad después de haber
dejado cuentas pendientes con ella, porque los pueblos tienen memoria y Tamaulipas la tiene.
La justicia puede tardar. Las responsabilidades deberán determinarse en los tribunales y con
apego a la ley; pero hay otra sentencia que no necesita jueces ni expedientes: la de la memoria
colectiva. Y esa, tarde o temprano, también alcanza a quienes creyeron que podían gobernar
desde el abuso, marcharse y después regresar como si nada hubiera pasado.





