Inteligencia Ciudadana: Economía, Finanzas y más /Dr. José Alfredo Torres Grimaldo
Arrancamos una nueva jornada cargada de decisiones financieras, incluso quizá el fin de semana fuiste al supermercado y notaste que el billete de quinientos pesos parece comprar cade vez menos. Es probable que te quejaras de la tienda o super por los precios en sus productos o de la avaricia de los empresarios. No te culpo, es la reacción natural al tener este tipo de experiencias, y es exactamente la reacción que espera el estado, que miremos hacia otro lado, menos al correcto. Ahora bien, en nuestra columna anterior, comentamos que el gobierno no tiene dinero propio, solo administra el nuestro. Hoy, en esta tercera entrega de Inteligencia Ciudadana, vamos a esclarecer otro suceso de la política económica. La Inflación, en términos sencillos, no es que las cosas cuesten más; es que nuestro dinero vale menos. Y aunque a veces hay factores globales (como una pandemia o una guerra), en América Latina la inflación crónica casi siempre tiene un mismo origen, un gobierno que gasta más de lo que recauda y decide cubrir ese hueco imprimiendo dinero (o emitiendo deuda que inunda el mercado).
Cuando el Estado decide inyectar billetes a la economía sin que exista un respaldo real en la producción de bienes y servicios, el valor de cada peso que circula en nuestro país se diluye. Es como echarle agua a la sopa para que alcance para más invitados, el plato está lleno, pero ya no nutre igual. ¿Por qué a la política le fascina la inflación?, porque funciona como un impuesto silencioso y sin legislación. Veamos, ningún presidente quiere salir en cadena nacional a decir “vamos a subir los impuestos un 8% para pagar megaproyectos”, esto sería suicidio electoral, en su lugar, presionan para emitir más dinero, el gobierno lo gasta, se lleva los aplausos, y nosotros pagamos la cuenta meses después, cuando el kilo de huevo y la tortilla suben. Para entender la gravedad de esto, no miremos opiniones, miremos los datos duros, según datos del INEGI y CONEVAL, la inflación es el impuesto más regresivo que existe; y castiga brutalmente a quien menos tiene, mientras la clase alta protege su dinero, invirtiendo en bienes raíces o dólares, el ciudadano común y corriente, tiene su patrimonio en efectivo o en una cuenta de nómina, que pierde valor cada día, tanto el INEGI como la CONEVAL, establecen en sus reportes también que, la inflación alimentaria, es decir, lo que cuesta la canasta básica, por lo general suele estar varios puntos por encima, de la que se reporta como inflación general. Dicho de otra manera, tenemos un impuesto invisible que afecta más a quienes apenas les alcanza. El mandato de Banco de México es el elemento que equilibra la decisión, es un Banco Central autónomo que le permite actuar sobre el tema inflacionario. También la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos otorga al Banco de México (Banxico) un mandato único y prioritario; preservar el poder adquisitivo de nuestra moneda. Entonces cuando el Estado intenta quitarle autonomía al Banxico para tener acceso a las reservas o a la maquinita de hacer billetes, no está siendo “soberano”, está intentando robar la llave de la caja fuerte. Hay que mencionar también que, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) ha documentado exhaustivamente, cómo las crisis inflacionarias han sido las principales fábricas de pobreza extrema en la región, si ir tan lejos, Venezuela y Argentina son el resultado de lo que ocurre cuando el Estado usa al banco central como su cajero automático personal, para financiar espejismos de bienestar que, a la postre, borran de un plumazo décadas de progreso social.
La educación cívica exige que dejemos de ver a la inflación como un desastre natural o mala suerte. Es, en gran medida, una decisión de política fiscal. Un ciudadano con inteligencia financiera no solo revisa los precios en el supermercado; revisa el déficit fiscal del gobierno. Entender que el despilfarro gubernamental de hoy es la carestía y la pobreza de mañana, es el paso definitivo para dejar de aplaudirle a quienes nos empobrecen en secreto.





