Por alguna razón desconocida no nací en un microbús. Pues entonces no comprendo por qué ahora ya grande subo a uno de los estratégicos unidades de transporte urbano capitalino y siento como que de ahí soy.
No sé a usted pero a mi me gusta el instante en el cual subo a uno, observo la vida de los compañeros de viaje sin lonche, alarifes, obreros tardíos, gente de traje que hace una transferencia a Antofagasta, y en primera clase una muchacha gorda y bonita que hacía un ratito molía café.
No recuerdo en cuál estación nací, por tanto ignoro cuál fue el micro que por primera vez me llevó de una a otra parte de la pequeña ciudad. He dado tantas vueltas y debería andar mareado y no, tampoco estoy arriba de un ladrillo ni me saqué la lotería. Simplemente es un día y otro también en el micro. Es como un país chiquito con uno que otro extranjero, un activista, un programador, un portero de la Sosa y un hijo del sol y de la luna.
Eran los ochentas, por necesidad y para competir fuerte con los camiones amarillos, rojos, azules y cafés, con ustedes las famosas «peseras» , así en culequillas todo el camino y sin desodorante alguno. En las pequeñas sardinas cabíamos hasta 30 personas cabeza libre. Adentro surgian manos que no eran de nadie.
Elementos habitan muchos a bordo de los micros. Como en una telenovela de ciencia ficción el protagonista por ningún motivo debe ser otro más que el chofer quien controla el territorio una vez en marcha el camión.
En cambio el resto de actores todos de alto linaje, graduados y doctorantes de la colonia Moderna conocen a fondo y sin tapujos cada secreto guardado de la señorita que va hasta mero adelante. Nada malo, lo digo para señalar que arriba del transporte se vuelve uno público.
Uno ya estando arriba nunca sabe quienes se vayan a subir y se suben, puede uno ir a sus anchas y en una esquina nos invade una turba de señoras y señores increíbles e inconcebibles con bolsas de «Grand» hasta el chongo de mandado como para todo el año. Y qué bueno. Adelante hay lugares para este tipo de casos. Córranse para atrás no sean gachos.
Los micros al ser un chingo son como hormigas si los vemos desde un dron entre los reflejos del sol. Si los usuarios nos vamos y los dejamos solos, quién sabe qué pasaría. Pero hay muchas más historias para contar que el ciudadano victorenses toma con humor y concentimiento firmado desde que pone un pie en el estribo.
Una señora me viene mirando, cuando volteo a verla mira hacia otro lado y el ejercicio se repite hasta el infinito, hasta que ninguno de los dos recuerde cómo empezó todo esto y mientras tanto embargo la vida continúa. En realidad no hay zona de conflicto. Un miembro activo del ballenato se avienta una rola bien pinche triste, pero bien entonado sin quejas.
La música no es a petición de parte, el operador lleva en su mano izquierda el celular convertido en un DJ, con las rolas del legendario Cihua. Y qué tiene. Una morra se sabe todas las canciones y las canta con chicle, uno es de otro mundo creo según ella. Mejor no le preguntamos.
Luego de media hora aplicando los cinco sentidos y unos cuantos varos, bajo en Ia siguiente esquina. Creo las cámaras debieron haberme visto bajar dignamente y en todos mis cabales, con unos veinte pesos en Ia bolsa. Bajo del micro creyente y confuso, imitando a los chavos que bajan sin ver y bajo.
Pero aquí no era. Supongo empezaré desde el principio de la ruta 12. Dicen que la gente esto y lo otro y por eso se pone bueno el chisme en el micro. Si el chofer sabe más que la inteligencia artificial, la gente sabe a qué hora le entra la llamada misteriosa al chofer, antes de que empiecen los anuncios comerciales y el chofer cambie la conversación. Es todo, a lo lejos alguien, nunca se sabe quien, exclama : ¡¡¡Bajaaaaan!!! Y baja como si todo, como si nada. Todos los días.
HASTA PRONTO





