Arca de Noé/Pedro Alfonso García
Los primeros años fueron de prosperidad, éxito y bonanza para Morena, pero el futuro es
incierto porque la configuración del escenario político se ha contaminado, congestionado, por la
ambición desbordada de los grupos que obtuvieron sus franquicias regionales en 2018 y ahora
se resisten a soltarlas. Por eso ha llegado el momento de los jalones de riendas, los ajustes de
cuentas y los encuentros que buscan abrir una tregua de sobrevivencia para transitar hacia el
temporal que se avecina.
Esa lectura explica la intensa y tupida agenda de Américo Villarreal Anaya en los últimos diez
días. De Nuevo Laredo a Reynosa ha acompañado a los alcaldes —morenistas unos, panistas
otros— en sus informes. Son cuarenta y tres eventos entre el 3 y el 13 de septiembre, y él
decidió estar presente en cada uno, algo que entre los gobernadores tamaulipecos no se veía
desde hacía tiempo.
El 10 de septiembre llega también la presidenta Claudia Sheinbaum a esta capital, su tercera
visita al estado en lo que va del año, y entre tanto abrazo con fotógrafos enfrente hemos visto
reunirse, con sonrisas que no siempre convencen del todo, a personajes como José Ramón
Gómez Leal, Olga Sosa, Maki Ortiz, Carmen Lilia y Carlos Canturosas, nombres que la política
local ya baraja, con más o menos fundamento, para la sucesión de 2028.
No hace falta ser adivino para leer el mensaje detrás de esta movilización, cargada de una
preocupación por el futuro: el problema de Morena no está enfrente, está adentro, y
fragmentarse ahora sería la manera más segura de perder antes de tiempo. Pero también sabe
el partido que la tensión con Washington, los intereses cruzados de los dos países en la
frontera y los expedientes que supuestamente ya se arman contra algunos de sus propios
cuadros complican el paisaje más de lo que cualquier abrazo alcanza a disimular.
Basta mirar las plazas que más pesan en las grandes decisiones electorales. Reynosa
concentra hoy más de seiscientos mil electores en su lista nominal, poco más de la quinta parte
del padrón estatal; Matamoros y Nuevo Laredo suman entre las dos más de ochocientos mil
más. Ninguna otra combinación de tres municipios define tanto el resultado final de una
elección tamaulipeca, incluidas las zonas rurales.
El panismo tiene los ojos clavados en Nuevo Laredo, por el peso político y económico de la
aduana más importante del país; la elección pasada se ganó por un porcentaje mínimo, y ahí
no hay margen para dirimir querellas internas sin correr el riesgo de una derrota. Reynosa es
otro caso aún más complejo, porque hay una revoltura de intereses que transita entre el Verde
y Morena, con la senadora Maki Ortiz operando con clientela amarchantada y un clan local que
después de doce años empieza a mostrar el desgaste natural del poder —una mezcla que
podría terminar beneficiando al blanquiazul, y más específicamente a los hermanos Cabeza de
Vaca.
Beto Granados, por su parte, no ha logrado que el ayuntamiento de Matamoros se sacuda la
crisis que aún exaspera el ánimo ciudadano desde la cancelación de su visa, y aun así hay
señales de que buscan reelegirlo, empezando por él mismo, aunque esa carga viajará con él
hasta las urnas, lo confirmen o no las encuestas internas. Y en Tampico, el exalcalde y hoy
diputado Jesús Nader ya avisó que no descarta ir por tercera vez contra la actual alcaldesa
Mónica Villarreal, en lo que promete ser una de las batallas más cerradas que se hayan librado
en el puerto.
Vale la pena recordar que el PRI perdió por primera vez Nuevo Laredo en 1975, Matamoros en
1981, Reynosa en 1987 y Tampico en 1972, cada vez de la mano de un partido que parecía
oposición y que casi siempre terminaba operando como válvula del propio sistema. Aquel
medio siglo dejó una lección sencilla: la hegemonía se cuartea primero por dentro, cuando la
ambición de los propios grupos de poder pesa más que la disciplina que los mantuvo unidos.
El cálculo, dicen los mismos morenistas, es sencillo y descarnado: quien pierda el año próximo
llegará con las manos vacías al siguiente, cuando de verdad se reparta lo grande. Eso explica
la agenda saturada de eventos, las visitas presidenciales, los abrazos que a veces, en los
cruces de miradas fulminantes, parecen parte de un guion teatral. Toda cirugía mayor empieza
con anestesia; en Morena, por lo pronto, la anestesia son los informes de los alcaldes.





