Por Jorge Zamora
Expreso – La Razón
La mañana inició bochornosa y los primeros rayos del sol bañan las avenidas grises y solas.
La calle Hidalgo luce solitaria a las siete menos quince.
Solo las estructuras metálicas adornan el pavimento en la acera sur.
Poco a poco, diversas siluetas empiezan a aparecer expulsadas de camionetas tipo van que se estacionan muy pegadito a los puestos. Da inicio la hora de descarga.
Uno a uno, los comerciantes bajan de sus vehículos un montón de mercancías de todo tipo: desde tenis, lentes, accesorios para celulares, sombreros, juguetes, bolsas, verdura, quesos, etc., y la van acomodando.
Un carretón ofrece avena y pan para desayunar.
Las cortinas metálicas de los “comercios establecidos” todavía están abajo, pues su horario de atención aún no inicia.
Pero los puestos fijos y semifijos ya están en chinga.
Bien es sabido que en Ciudad Victoria la gran mayoría de los comerciantes no corresponden al “sector formal”.
Hay quienes, en su evidente ignorancia, le llaman “ambulantes” a cualquier changarro que no esté bajo un techo de concreto.
Pero existe una diferencia muy amplia entre el “ambulantaje” y los puestos fijos y semifijos.
Los primeros no pagan al municipio por trabajar en la vía pública en un espacio asignado. Tampoco reportan sus ingresos al fisco. Los segundos, además de esto, deben cumplir con otras normas de salubridad, de atención al consumidor e incluso de protección civil.
No, no han llegado a invadir el espacio público; antes bien, deben estar en un padrón ante el Ayuntamiento y exhibir al público el tarjetón que lo acredita.
Su ocupación es tan legítima como cualquier otra chamba, aunque más complicada de lo que parece.
Ahora bien, hay que decir que el comercio ambulante es un mal necesario, pues se ha vuelto una válvula de escape para aquellos que no encuentran un empleo formal (o lo perdieron).
Nadie podría estar en contra de esta actividad comercial, aunque sí es una demanda de un gran sector de la población que se regule para que se desarrolle de manera ordenada.
Para ellos, desempeñarse a la intemperie les exige protegerse tanto de los frillazos invernales como del asfixiante calor de la canícula.
“Aquí nos pasamos más de media vida”, cuenta uno de ellos, con más de 30 años ejerciendo.
“Pago impuestos y derecho de piso por ejercer el comercio en la vía pública, no soy ambulante”, aclara al Caminante.
“Vendedor ambulante es aquel que no está fijo en un solo lugar, se dedica a vender sin permiso de la autoridad municipal y no reporta nada al fisco”, asegura.
Vender en la calle pareciera ser algo sencillo, pero no lo es. Para empezar, se está expuesto a todos los tipos de contaminación ambiental, al ruido y a los cambios bruscos de clima.
Y en cuanto a las necesidades fisiológicas, todo se complica. Hallar un sanitario medianamente limpio puede ser muy difícil. Y de los sagrados alimentos ni hablar: “Aunque aquí puedes hallar de todo lo que te imagines para comer, hay un momento en que extrañas de a madre la comida de casa”, confiesa el oferente al comerciante.
Como cualquier otro negocio, los “puesteros” tienen tanto ganancias como pérdidas. Por ejemplo, quienes venden protectores de teléfonos celulares saben que esa mercancía debe desplazarse rápido, pues la vida comercial de un celular es muy corta y, si no “sale” pronto, acabará en un rincón sin esperanzas de venderse. Además, con los cambios de temperatura, los circuitos se dañan y los aparatos terminan por no funcionar. Toda mercancía conlleva un riesgo.
Ha habido casos en que los puestos amanecen saqueados, dañados e incluso incendiados.
Hay comerciantes como Don Vicente, oriundo del Estado de México, que hace ya casi cuatro décadas arribó a Victoria buscando fortuna, dedicándose a la venta de artículos de piel, cinturones y sombreros, y que muy enfáticamente hace diferencia entre ambulantes y puestos fijos y semifijos.
“Es mentira que no paguemos impuestos… Ya no es posible eso, es muy difícil evadirlo hoy en día. Nos llaman informales por no estar dentro de un local comercial, pero la verdad es que nuestro trabajo es igual de legal”, aclara.
Incluso, Don Vicente afirma que los comercios establecidos se benefician de los posibles compradores que atraen los puestos callejeros: “Vamos a ser honestos, esos negocios no tienen de todo, hay más surtido de mercancías en las aceras que dentro de los locales y hasta de mejor calidad”.
Como ellos hay, no solo en la calle Hidalgo, sino en toda la ciudad, cientos de puestos más que día a día hacen “su luchita” desde antes que amanezca hasta la noche. Ojalá que les vaya bien en su chamba.
Demasiada pata de perro por esta semana.
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