INDICADOR POLITICO/Carlos Ramírez
De seguro que a Luis Donaldo Colosio Riojas alguno de sus maestros en política mexicana
debió haberle explicado con manzanas que en política el peso del apellido hunde o hace flotar.
El debate el junior de la política con el gobernador sonorense Alfonso Durazo Montaño es más
un lastre que un auxilio en aguas tormentas.
Antes de entrar a la discusión sobre el peso del apellido, es importante hacer una valoración de
corto plazo de que si llegó a donde llegó fue por ser una figura deslumbrante en la política
mexicana o por cierto y de manera lamentable ya olvidó quién fue realmente padre, Riojas debe
de aclarar con mucha precisión su origen geográfico: ¿nació de manera física en Magdalena de
Kino, Sonora, o fue registrado después de haber visto la primera luz en la Ciudad de México?, y
enseguida la pregunta fundamental: ¿si era sonorense, por qué hizo su carrera política en
Nuevo León y por qué ahora le sale el gusanito de Sonora?
Ahí se puede estar ahogando el joven Riojas, porque la indefinición le sirvió como maniobra de
distracción, pero con todo respeto a los apellidos él no es Pérez o Sánchez sino nada menos
que hijo primogénito de quién fue y por lo tanto de manera inevitable cualquier referencia a su
carrera política se va a ahogar en la obligatoriedad de reconocer el peso de su sangre y salir
ahora con la sorpresa de que fue alcalde de Monterrey y senador por primera minoría de Nuevo
León pero que ya no le importa.
En política, México anda todavía en pañales en el tema de la representación territorial estricta.
Pero mientras existan esas exigencias, pues tendrán que cumplirse. Y el problema no va a ser
si el joven Riojas ahora saca de su chistera un acta de nacimiento registrada en Magdalena de
Kino, Sonora, sino que se va a desgastar de manera inútil en explicar su origen sonorense,
dejando atrás con oportunismo más político que consanguíneo la búsqueda del voto de los
electores de Monterrey y Nuevo León que logró pafra el cargo de alcalde pero fracasó en la
competencia senatorial porque llegó por primera minoría.
De manera penosa para el joven Riojas, el debate político no es sobre sus ideas –si acaso las
tiene–, o sobre sus propuestas para justificar que ahora es sonorense –¿antes no lo fue?– o
sobre la vena de Sonora que políticamente es obligatoria en su registro –porque hasta ahora se
asumía regiomontano y no sonorense–, y ya el debate en estos días lo está minando con este
tipo de aclaraciones que deberían estar en el último lugar.
Y de manera inevitable, un nuevo Colosio en la lucha política nacional va a obligarlo de manera
contundente a reexaminar lo ocurrido con su padre, su carrera política debida de principio a fin
a Carlos Salinas de Gortari, la educación política principesca para irlo construyendo como el
candidato sucesor del proyecto transexenal del neoliberalismo salinista, su responsabilidad en
modo y circunstancia de la ruptura del viejo modelo priísta-populista y lo ocurrido detrás del
magnicidio de Lomas taurinas.
Sin mucha lógica por eventualidades políticas, al joven Riojas le hubiera convenido hacer
carrera en el servicio público sin su apellido paterno y así obviar explicaciones que lo van a
perseguir en los años que le quedan en la política.
La opción oportunista de Monterrey y Nuevo León tuvo que ver de manera más que directa con
las consecuencias familiares y de protección política que determinaron en su momento a hacer
primero carrera profesional como abogado en esa entidad del norte del país y luego el espacio
que se le abrió en esa zona por parte de compromisos personales de alguno de los protectores
políticos de su padre.
Y lo peor de todo estará en las preguntas recurrentes que le seguirán haciendo por su salto
cualitativo de decir ahora que no, que ya no es regiomontano ni neoleonés, que se “encontró” —
porque no había otra explicación– con un acta de nacimiento registrada en Magdalena de Kino,
Sonora, y que tendrá que darle las gracias a sus exelectores del estado y la capital de Nuevo
León pero que le renació el sentimiento familiar de las tierras sonorenses, donde por cierto el
espíritu originario es de los muy arraigados a otros parecidos en otras zonas territoriales de la
República.
Y que una vez que aclare el origen del apellido y su adscripción territorial, entonces deberá de
enfrentarse a su nueva adscripción a Sonora y a su problemática para ser candidato por la
tierra de su padre que el joven Riojas nunca reconoció ni siquiera por equivocación en sus
primeros pasos en la política mexicana.
Y le tocará, al final de cuentas, a los sonorenses resolver el problema del origen, pero esa será
otra circunstancia para cuando le den el registro legal de su candidatura y se despeje la
incógnita que seguramente tiene en vilo y al borde de la butaca a los sonorenses y a los
habitantes de la República: ¿es sonorense el joven Riojas o de Monterrey-Nuevo León? O
habrá de explicar si el cambio de registro de su origen territorial tiene que ver más con su
derrota al interior del Movimiento Ciudadano neoleonés que con el peso de la sangre.
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Política para dummies: la política no se define por el origen territorial, sino por la coherencia
moral.
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