INDICADOR POLITICO/Carlos Ramírez
Los dos primeros años de gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo han mostrado
las limitaciones de una continuidad transexenal: no ha tenido tiempo siquiera de que pueda
echar a andar su propio proyecto como titular del Poder Ejecutivo federal y como encargada
del segundo piso de la Cuarta Transformación porque sus posibilidades han estado atadas a
todas las restricciones presupuestales heredadas.
No es necesario siquiera entrar a discutir los alcances y limitaciones del Plan México si su
punto de partida no es lo que se quiere sino que todas las posibilidades presupuestarias están
atadas a compromisos de pagos de proyectos que hasta ahora no han dado resultados en
autonomía financiera, con las circunstancias agravantes de que todos los indicios señalan de
que nunca será autosuficiente y siempre dependerá de los subsidios gubernamentales.
En este contexto, el escenario prospectivo de corto plazo para los dos próximos años del
sexenio –el 2027 electoral y el 2028 de consolidación– está presentando los indicios de que las
cosas tendrán que seguir igual: prioridad a los pasivos, aumento de programas de bienestar y
por lo tanto crecimiento mediocre de menos de 2% promedio anual.
La acreditación de responsabilidades no se agota en los espacios del calendario de la 4T
porque buena parte de los pasivos vienen heredados del largo ciclo neoliberal de 1983-2018,
pero tomando en cuenta que el desafío de un nuevo grupo político en la presidencia estuvo
también en la necesidad de consolidar herencias y de plantear nuevos rumbos de la actividad
económica. Pero sobre las cuentas negativas heredadas del neoliberalismo, el nuevo ciclo de
asistencialismo con estabilidad macroeconómica neoliberal no hizo ni siquiera un esfuerzo de
teoría económico-política para hacer propuestas y planteamientos que pudieran llevar a los
objetivos de nuevo bienestar del nuevo grupo gobernante.
En materia de política económica, la 4T en un sexenio y un cuarto está atada a los
compromisos firmados a través de cartas formales de política económica con el Fondo
Monetario Internacional para fijar cifras inflacionarias abajo de 3%, y aunque los resultados se
muevan a 4% y un poco arriba, de todos modos sus efectos macroeconómicos explican los
niveles de estancamiento productivo porque la doctrina fondomonetarista vigente asume a la
inflación desde el lado de la demanda y por lo tanto exige controles salariales, tasas bajas del
PIB y restricción monetaria para las finanzas públicas.
Mientras la administración actual no redefina una nueva teoría de la inflación –y en la historia
del progresismo económico de los últimos 75 años en México ha habido experiencias muy
sólidas que no se quisieron explorar, como por ejemplo el estructuralismo–, entonces la
política económica con el candado de la inflación está más que satisfecha las cifras de PIB
bajo –1% a 2% máximo– porque el ritmo productivo nacional ha evitado por sí mismo el
fantasma de la recesión o de tasas negativas.
Sin una nueva propuesta de teoría y práctica de la política económica del asistencialismo
neoliberal, las expectativas de los analistas en las encuestas del Banco de México señalan un
promedio de 1.8% promedio anual para los próximos diez años, es decir, los cuatro que le
faltan al ciclo de la presidenta Sheinbaum y los seis del siguiente sexenio de mantenerse la
continuidad cuatroteísta.
Estas limitaciones estructurales de la política económica sólo explican lo que puede
considerarse el fracaso del Tratado de Comercio Libre porque la integración internacional de
cadenas productivas –cuando menos en el ilusionismo del presidente Salinas de Gortari en
1993– llevaría a México a una modernización de su planta industrial y agropecuaria y pasaría
del tercero al primer mundo, pero las cifras a más de 30 años del acuerdo comercial señala una
disminución en la participación mexicana en los productos de exportación y en consecuencia
México no alcanzará el primer mundo industrializado sino que seguirá donde estuvo desde del
modelo de sustitución de importaciones: una República maquiladora.
Los desafíos estuvieron muy claros hace dos años cuando tomó posesión la presidenta
Sheinbaum y puede concluirse que el solo diseño –con todo y limitaciones– del Plan México
habría retomado la meta incumplida por el neoliberalismo salinista: modernizar a México.
Este es el debate que tiene que darse al terminar el segundo año del sexenio de la presidenta
Sheinbaum, pero es la discusión que nadie quiere iniciar por la previsión de sus resultados.
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Política para dummies: la política sirve para dar pasos adelante, pero fracasa cuando se le
usa para justificar estancamientos y hasta retrocesos.
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