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El arte de envejecer

  • septiembre 7, 2026
  • 7:53 am

 

El Faro/Francisco de Asís

“Saber envejecer es la obra maestra de la sabiduría, y una de las partes más difíciles del gran arte de vivir”.

—Henri-Frédéric Amiel

Charles de Gaulle no necesitó demasiadas palabras:

—La vejez es un naufragio.

Cuatro palabras. Suficientes para arruinarle la mañana a cualquiera que haya cumplido cierta cantidad de años.

Ingmar Bergman parece responderle desde la otra orilla: “Envejecer es como escalar una gran montaña; mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena”.

¿Quién tiene razón?

Probablemente los dos.

Porque envejecer tiene algo de naufragio y algo de montaña. Se pierden fuerzas, agilidad, memoria. El cuerpo empieza a presentar una factura que nadie recuerda haber firmado. Las rodillas protestan, la espalda adquiere opiniones propias y los médicos desarrollan un interés por nosotros que, francamente, preferiríamos no despertar.

Pero desde arriba de la montaña también se ve más lejos.

Los problemas que a los veinte años parecían tragedias ahora resultan pequeños. Algunas ambiciones que nos quitaron el sueño perdieron importancia. Aprendimos que pocas cosas son definitivas, que casi todas las tormentas pasan y que muchas de las personas que creíamos indispensables tampoco lo eran.

Eso se llama experiencia.

Aunque para adquirirla haya sido necesario pagar un precio que parece bastante elevado: envejecer.

Oscar Wilde señaló otra de las paradojas de esta etapa: “La tragedia de la vejez no es que uno sea viejo, sino que uno siga siendo joven por dentro”.

Puede que eso sea lo desconcertante.

Uno se mira al espejo y descubre allí a una persona que no corresponde exactamente con quien siente ser. El espejo ha envejecido mucho más rápido que nosotros.

Adentro continúa viviendo, de alguna manera, aquel muchacho que aún somos.

Todavía nos entusiasman una conversación, para los hombres, una mujer hermosa, una canción, un viaje, un libro, una idea, una copa de vinoodemos enamorarnos. Todavía hacemos planes. Todavía pensamos que tenemos tiempo.

Y entonces aparece alguien que nos ofrece el asiento.

La realidad posee formas particularmente crueles de recordarnos nuestra edad.

Pero la vejez quizá no comience ahí.

No empieza con las canas ni con las arrugas. Tampoco necesariamente cuando disminuye la fuerza de los músculos.

Realmente empezamos a envejecer cuando dejamos de tener algo que hacer por la mañana.

André Maurois escribió: “El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza”.

Esperanza no significa imaginar que somos eternos. A determinada edad esa posibilidad comienza a resultar claramente poco razonable.

Significa conservar proyectos.

Un viaje pendiente. Un libro por leer. Una persona a quien visitar. Una conversación que todavía queremos tener. Una página por escribir. Una disculpa que debemos ofrecer. Una amistad que vale la pena recuperar. Una mañana para sentarnos frente al mar sin hacer absolutamente nada.

Cosas pequeñas.

Pero nuestras.

La juventud tiene una ventaja formidable: cree disponer de todo el tiempo del mundo.

La vejez posee otra: sabe que no.

Por eso cambia nuestra relación con el tiempo. Dejamos de medirlo solamente en años y comenzamos a medirlo en momentos.

También cambia nuestra relación con las personas.

Algunas sillas comienzan a quedarse vacías.

Primero los abuelos, después los padres. Más tarde algún hermano, algún amigo, algún compañero de escuela. Un día descubrimos que empezamos a asistir a más funerales que bodas.

El paisaje humano de nuestra vida se va despoblando.

Y eso sí duele. Nos va dejando solos.

No existe frase ingeniosa capaz de convertir esas ausencias en una ventaja de la edad.

 

Pero quizá precisamente esas pérdidas nos enseñen algo que durante muchos años no comprendimos: quienes todavía están aquí importan mucho más que muchas de las cosas por las que antes peleábamos.

Somerset Maugham decía que “la vejez tiene sus placeres, que, aunque diferentes, no son menos que los placeres de la juventud”.

Es posible.

No son los mismos.

Pero tampoco nosotros somos los mismos.

La vejez puede convertirse en naufragio, como decía De Gaulle. Nadie puede garantizar que no ocurra. El cuerpo puede fallar, la enfermedad puede llegar y existen pérdidas contra las cuales ninguna actitud positiva sirve de escudo.

Sería absurdo negarlo.

Pero mientras tanto seguimos aquí.

Y estar aquí continúa siendo una posibilidad extraordinaria.

Quizá por eso saber envejecer sea, como escribió Amiel, una de las partes más difíciles del arte de vivir.

No consiste en fingir que seguimos siendo jóvenes.

Tampoco en resignarnos a ser viejos.

Consiste, quizá, en reconciliarnos con ambos: con el muchacho que todavía llevamos dentro y con el viejo que cada mañana aparece en el espejo.

Uno conserva el entusiasmo.

El otro sabe que el tiempo se acaba.

Entre los dos tendrán que ponerse de acuerdo.

Porque ya no tenemos todo el tiempo del mundo.

Y precisamente por eso sería imperdonable desperdiciar el que nos queda.

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