Por Staff
La Razón
Ciudad de México.- En el imaginario popular, Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera es sinónimo de poder, violencia y fugas espectaculares.
Sin embargo, detrás del mito existía un hombre con sueños tan simples como inesperados: formar parte de la legendaria Banda El Recodo y dejar atrás el mundo del narcotráfico.
Lucero Sánchez López, “La Chapodiputada”, quien mantuvo una relación cercana con el exlíder del Cártel de Sinaloa, hoy, desde Estados Unidos, comparte detalles inéditos sobre la vida y aspiraciones de “El Chapo” Guzmán.
“Su sueño más joven no era ser narco, sino que él decía que su sueño era ser cantante, que quería ser parte de la agrupación de la Banda El Recodo de Don Cruz Lizárraga, que ese había sido su sueño todo el tiempo”.
El gusto de “El Chapo” por la música era más que una simple afición. Según relata Sánchez, pasaba horas cantando temas de Los Canelos de Durango y Los Alegres del Barranco, dos de las agrupaciones más emblemáticas de la música norteña y los narcocorridos.
“Le gustaba mucho cantar. Era muy alegre, cantaba todo el tiempo canciones de Los Canelos, de Los Alegres, todo el tiempo andaba tarareando y cantando”, recuerda la exdiputada sinaloense.
La Banda El Recodo, fundada por Don Cruz Lizárraga, es un ícono de la música mexicana y, para muchos, la máxima aspiración de cualquier amante del género. Para Guzmán Loera, ese sueño nunca se cumplió.
“Obviamente, por falta de estudios, por falta de recursos, por falta de todas las oportunidades, pues lo llevó por esa vida”, reflexiona Sánchez López.
Según Sánchez, tanto él como Ismael “El Mayo” Zambada, su socio y compadre, soñaban con retirarse juntos del negocio del narcotráfico y dar paso a nuevas generaciones dentro del Cártel de Sinaloa.
“Ya estaban cansados y viejos”, confiesa Sánchez, quien asegura que Guzmán Loera le habló de su intención de pasar la estafeta a alguien ajeno a su familia, pues no quería que sus hijos se involucraran en ese mundo.
Tras la recaptura de “El Chapo” en 2016, sus hijos —conocidos como “Los Chapitos”— tomaron el control de una organización que, según Sánchez, ya no es la misma.
“El fin del Cártel de Sinaloa ya lo estamos viendo, desde que se entregan las cabezas principales que eran las que mantenían el control, pues el cártel ya no es lo mismo”, afirma.
Sánchez pinta a Guzmán Loera como un hombre de rutinas sencillas: ver series de Netflix, hacer ejercicio en la caminadora, desayunar avena y café con pan casero. Incluso recuerda una escena insólita: en 2010, “El Mayo” Zambada llegó a visitarlo en avioneta, llevándole comida china y pan, en una muestra de la cercanía y complicidad entre ambos líderes.
La exdiputada también rememora episodios de tensión y violencia, como un forcejeo en el que, tras una discusión, un disparo accidental hirió levemente a Guzmán Loera en la oreja. “Ya después él solo se reía, decía: ‘Ya casi me mata, mi reina’ y cosas así. Él bromeaba sobre eso”, relata.
Hoy, Lucero Sánchez reconoce el daño causado por Guzmán Loera, pero también la complejidad de una vida marcada por carencias y decisiones sin retorno. En el juicio contra “El Chapo”, Sánchez lo vio “muy cansado” y “deteriorado”, y admite que la condena perpetua “no es tan justa”, aunque es consciente de las múltiples víctimas que dejó su paso.





