Crónicas de la calle /Rigoberto Hernández Guevara
Yo no sé quién empezó todo este arguende de la comunicación. Surge como una necesidad dirán algunos, como todo lo que surge y luego se complace o pervierte. No obstante la humanidad ha dado muestras increíbles de la utilidad de la comunicación para torcer los rieles y para lo que nació: para mejorar la convivencia y los afanes de defensa.
Y bueno, si la naturaleza del hombre no era mostrarse como quien no es, ni tener una imagen a propósito política, ¿qué queda del ser? : «algo», lo que fuere . Sí, ¿pero qué queda? Por eso Diógenes el sabio se cubría con un barril.
La comunicación, esencial en una comunidad que tiene el lenguaje en común y una forma de vivir a gran escala, es como el colectivo y las grandes generalizaciones para descifrar un enigma, la tarea de traducir la historia patria cierta.
Al fin de cuentas, ya comprender lo que expresa una persona es difícil en cualquiera de sus formas, la materialización de las palabras redundó en arquitectura con edificios que nadie pidió. Uno nunca sabe el objeto de un dicho, uno nunca descubre la trampa del depredador. La ciudades del mundo están llenas de pequeños descuidos cuya casualidad las llevó a la gloria como la torre de Pizza o la infinita muralla china, cuya orden de concluir llegó a los constructores varios siglos después.
El entrenador da indicaciones muy precisas y los jugadores, cada uno de ellos entienden instrucciones distintas, cada uno de ellos, ¡qué terrible! En el equipo contrario se registra el mismo fenómeno y eso explica el aburrido empate abucheado por la porra de sol.
El darnos a entender a causado no pocos incidentes en todo el contexto mundial, una conflagracion mundial inicia por un mal entendimiento. La palabra tiene razón y no la tiene. La palabra no usa la razón para defenderse, para defender a nadie. Nadie la entiende. Ni quiere le entiendan. Sólo es un invento, nosotros en cambio somos de carne y hueso.
Uno se casa y muchos también lo hacen con bastante gracia, se entienden con el padre que les corre unas amonestaciones muy emocionantes, y saliendo de ahí el mundo muestra el otro lado del disco que no escuchaste por andar en Babilonia todo el día.
La neta es que no conozco un concurso universal o privado, bueno ya con uno mismo, que consista en abstenerse de mentir al menos por un día, claro con las tentaciones que ello implica; si lo hubiese, no habría si no un ganador sospechoso de haber hecho trampa y haber adquirido la prueba en Ia papelería de la esquina.
La palabra rodeada de palabras es politiquería barata, retórica, remordimiento, mentira disfrazada de arriero, gancho henequenero. Y sin embargo una sola palabra baste para que todo cambie.
La realidad, si es que existe, no es con mucho lo que creemos y vemos. El mundo es al revés, en sentido contrario nos iría mejor si decidimos volver tras nuestros pasos. Pero algo por dentro nos lleva a equivocarnos, a no estar agustin todo el tiempo, siempre por olvido hay a quienes no llamamos, alguien de quien hemos olvidado el nombre, siempre será una palabra por otra, una inesperada persona, nunca es ni somos, sino una ilusión que lleva nuestro nombre a todas partes.
Estás muy tranquilo y de repente, sin presentirla siquiera, escuchas la sólida palabra seca y dura como un golpe en la puerta. Tú escuchas en otra parte del vulnerado silencio. La palabra, vigente aún, pone guardias a la salida para que nadie salga, ni un pestañear siquiera, ni un loco con su música, la palabra entró completa a casa y se está echando un baño. Hasta mañana.
HASTA PRONTO





