MAPAMUNDI / LEO ANDRADE
El proceso electoral de Tamaulipas ya está en marcha. En 2027 estarán en juego 471 cargos: los 43 ayuntamientos, diputaciones locales, sindicaturas y regidurías. Habrá mítines, encuestas, operadores y propaganda convencional. Pero una parte decisiva de la elección puede librarse antes, en silencio, en el teléfono que cada ciudadano lleva en el bolsillo.
La inteligencia artificial llegó a la política como llegan las tecnologías de poder: primero como promesa de eficiencia, después como ventaja competitiva y, finalmente, como fuente de desconfianza. Sirve para ordenar datos, responder preguntas, resumir demandas, traducir mensajes y abaratar la producción de materiales. Puede ayudar a una candidatura pequeña o hacer más comprensible un trámite. Sería absurdo fingir que se puede volver al volante y al perifoneo.
El problema es que estas herramientas no llegan a un vacío. Llegan a partidos con credibilidad erosionada y a una conversación pública habituada a la sospecha. En ese terreno, la IA puede acercar información útil, pero también convertir la mentira en ambiente.
Tamaulipas conoce la velocidad del rumor. Durante años, mensajes reenviados, alertas incompletas, fotografías borrosas y versiones sin firma fueron una forma de enterarse de una balacera, un bloqueo o una detención. La gente aprendió a desconfiar de la versión oficial y, al mismo tiempo, a depender de lo que circula sin fuente comprobable. Esa experiencia dejó atención permanente, no necesariamente verificación.
La IA añade una capa inquietante a esa incertidumbre. Una imagen alterada ya no tiene que ser burda. Un audio puede reproducir la voz de un político; un video puede mostrarlo aceptando un acuerdo inexistente, insultando a un grupo o diciendo lo que jamás dijo. Antes, el engaño debía ser convincente para convertirse en noticia. Hoy basta con que sea escandaloso para convertirse en reenvío.
Ése es el primer uso destructivo: fabricar pruebas. No el ataque político reconocible, que puede responderse, sino materiales diseñados para pasar por evidencia. Un volante anónimo se lee como propaganda. Un video falso que imita voz, gestos y contexto puede instalarse como verdad en las horas críticas de una contienda. Después llegará el desmentido, quizá una pericial, tal vez una sanción. El contenido ya habrá recorrido WhatsApp, Facebook, TikTok y conversaciones familiares.
Las campañas negativas siempre han usado el cálculo de última hora: lanzar una acusación cuando el adversario ya no tiene tiempo para desmontarla. La IA vuelve esa operación barata, masiva y personal. Un grupo reducido puede crear material, adaptarlo a cada municipio y distribuirlo mediante perfiles reales, falsos o con apariencia vecinal.
No siempre se busca derrotar directamente al rival. A veces basta con ensuciarlo: vincular su nombre con corrupción, criminalidad, nepotismo, lujo, traición o impunidad. La falsedad eficaz no pretende que todos crean una historia completa; busca que muchos digan: “algo debe haber”. La duda sembrada suele resistir más que una mentira frontal.
La segunda operación es menos estridente, pero más profunda: sustituir el discurso político por mensajes fabricados para cada audiencia. La IA puede analizar comentarios, búsquedas, encuestas y reacciones. Con esos datos, una campaña diseña una promesa para quien teme la inseguridad, otra para quien reclama agua, una más para el comercio fronterizo, los jóvenes sin empleo o el voto cansado de los partidos.
Escuchar demandas distintas es una obligación democrática. El problema empieza cuando escuchar se vuelve decirle a cada grupo exactamente lo que desea oír, sin una propuesta que pueda sostenerse ante todos. El candidato deja de presentar un proyecto y se vuelve una pantalla que devuelve a cada ciudadano su frustración, miedo o esperanza.
A unos les promete austeridad; a otros, obras. A unos, mano dura; a otros, diálogo. Todo cabe si nadie exige una idea coherente de gobierno. La IA no reemplaza al político, pero puede ahorrarle la obligación de definirse. Produce discursos, respuestas, guiones y réplicas según el rendimiento de una publicación. Se gobierna, antes de ganar, por reacción instantánea.
El efecto es grave: desaparece el terreno común para contrastar promesas. Los candidatos ya no hablan ante una misma audiencia, sino ante miles de audiencias aisladas. Y, al pedirles cuentas, siempre habrá una versión distinta de lo ofrecido.
La tercera operación es fabricar popularidad. La política digital ya vive de tendencias, etiquetas, reacciones y videos con números imposibles. La IA permite producir contenido en cadena y simular interacción a gran escala. No crea votos por sí sola, pero instala una sensación de inevitabilidad.
Un aspirante puede parecer ganador antes de serlo: encuestas sin metodología, páginas disfrazadas de medios, comentarios repetidos, videos editados para exagerar asistencia y redes de cuentas que aplauden o atacan a toda hora. El propósito es convencer a los indecisos de que la elección está definida y obligar a los rivales a responder a una realidad fabricada.
La misma lógica destruye imágenes. Una cuenta aparentemente vecinal puede ganar credibilidad publicando baches, accidentes y denuncias. Cerca de la elección cambia de tono y acusa a una candidatura. Resulta persuasiva porque no parece propaganda de partido, sino voz comunitaria. La IA puede producir textos, imágenes, voces y respuestas suficientes para ocultar el origen de esa operación.
La máquina no tiene partido. La decisión sigue siendo humana: alguien encarga, paga, distribuye, escoge el momento y espera una ganancia. Pero la herramienta altera la escala. Una campaña con recursos limitados puede alcanzar una potencia antes reservada a estructuras grandes, y un ataque anónimo puede parecer espontáneo, local y auténtico.
Por eso no basta hablar de “uso responsable”. Se requieren reglas y capacidad para aplicarlas. El INE modificó lineamientos para prohibir deepfakes que simulen a niñas, niños y adolescentes en propaganda, además de exigir controles sobre representaciones sintéticas. Pero el desafío sigue siendo mayor: identificar a tiempo la manipulación dirigida al resto del electorado, preservar evidencia y actuar antes de que el daño sea irreparable.
En Tamaulipas, donde la disputa alcanzará municipios pequeños, zonas rurales, ciudades fronterizas y colonias donde un grupo de mensajería pesa más que una conferencia, no basta vigilar espectaculares. La propaganda más eficaz puede llegar sin firma, de madrugada y por WhatsApp.
Los partidos deben identificar sus contenidos elaborados con IA, conservar originales, renunciar a clonar voces y rostros, y no montar escenas o acusaciones falsas. Los medios no pueden convertir una captura, un audio anónimo o un video viral en noticia sólo porque circula. La rectificación casi siempre viaja menos que la falsedad. El INE ha recomendado rastrear el origen, contrastar fuentes y comprobar si un contenido fue alterado o sacado de contexto antes de difundirlo.
Queda la tarea ciudadana: detenerse antes de reenviar. Preguntar quién publicó, qué evidencia aporta y a quién beneficia. En 2027 no se votará por la inteligencia artificial, sino por autoridades y proyectos de gobierno. Pero la IA estará detrás de la contienda, construyendo reputaciones y multiplicando ataques.




