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La imagen es poder

  • septiembre 27, 2026
  • 7:56 am

LEGITIMIDAD Y PODER

ALBERTO RIVERA

 

En política solemos pensar que la imagen es una fotografía, una forma de vestir, una corbata bien elegida, una postura frente a las cámaras o una buena producción para redes sociales. Pero la imagen es mucho más profunda que eso. Es la percepción que construimos de los demás a partir de lo que hacemos, decimos y proyectamos, así como de quienes nos rodean. Por eso la imagen es poder. No porque sustituya la capacidad, los resultados o el conocimiento, sino porque determina en buena medida cómo se interpretan. Podemos tener experiencia, preparación y resultados, pero si somos incapaces de comunicarlos o generamos una percepción contraria a ellos, su valor público disminuye.

En la construcción de la imagen personal intervienen tres elementos fundamentales: los conocimientos, las habilidades y la actitud. Los conocimientos suman. Las habilidades también. Pero la actitud multiplica. Una persona puede saber mucho y tener extraordinarias capacidades, pero si proyecta arrogancia, distancia o indiferencia, su imagen puede deteriorarse. En cambio, alguien que transmite cercanía, disposición, seguridad y empatía genera una percepción distinta. En política esto resulta especialmente importante porque los ciudadanos no conocen personalmente a la mayoría de quienes los representan. Conocen lo que ven, lo que escuchan, lo que experimentan y lo que otros les cuentan.

Ahí aparece una de las grandes equivocaciones de la comunicación contemporánea: confundir la cantidad con la calidad. Comunicar más no significa comunicar mejor. Publicar veinte veces al día no garantiza posicionamiento. Tener presencia en todas las redes sociales tampoco significa tener influencia. Pronunciar discursos interminables no significa transmitir más ideas. Muchas veces ocurre exactamente lo contrario: cuanto más queremos decir, menos recuerda la gente. La comunicación eficaz no consiste en llenar espacios, sino en lograr que una idea perdure. Y para permanecer hay que generar significado.

Por eso las historias funcionan. Los datos explican; las historias permiten comprender y recordar. Un dirigente puede presentar una cifra extraordinaria, pero cuando esa cifra se convierte en la historia concreta de una persona cuya vida cambió, adquiere otra dimensión. No significa abandonar los datos ni sustituir los resultados por emociones. Significa darle rostro humano a aquello que queremos comunicar.
La imagen de un líder tampoco se construye en solitario. Quienes lo rodean forman parte de ella. La secretaria que responde una llamada, el funcionario que atiende a un ciudadano, el colaborador que envía un mensaje, el responsable de redes sociales que publica algo inapropiado o la persona que habla en nombre de una institución están construyendo —o destruyendo— imagen. Un dirigente puede invertir años construyendo una reputación y alguien de su equipo puede dañarla en minutos. Por eso elegir colaboradores también es una decisión de comunicación.

Los mejores líderes no necesariamente son quienes saben más que todos, sino quienes tienen la capacidad de rodearse de personas que saben más que ellos en determinadas áreas. La seguridad de un líder no se demuestra teniendo siempre la razón. También se demuestra escuchando. Quien se rodea únicamente de personas que le dan la razón termina escuchando solo aquello que quiere escuchar, y cuando eso sucede, la percepción interna comienza a distanciarse de la realidad externa.

Y muchas veces son los pequeños detalles los que terminan definiendo una percepción. Recordar un nombre. Mirar a los ojos. Escuchar. Saber qué preocupa a una persona. Recordar algo que nos contó hace meses. Llegar preparado a una conversación. Mantener costumbres que conectan con nuestra historia. Tratar a una persona igual cuando tenemos poder que cuando no lo teníamos. Parecen cosas menores. No lo son. Porque las personas no solo recuerdan lo que les dijimos, sino también cómo las hicimos sentir.

Eso explica por qué dos personas pueden pronunciar prácticamente las mismas palabras y provocar reacciones completamente diferentes. Una conecta y la otra no. La diferencia está en la credibilidad, la autenticidad y la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. La imagen se fortalece cuando existe congruencia y comienza a deteriorarse cuando se produce una distancia excesiva entre el discurso y la conducta.

La improvisación también tiene límites. Ser natural no significa llegar sin preparación. Una de las mejores formas de parecer espontáneo es dominar lo suficiente un tema como para no depender de un guion. Quien sabe qué quiere comunicar puede concentrarse en las personas. Quien no lo sabe termina concentrándose en sus papeles. En comunicación política, esto es fundamental: es preferible comunicar dos ideas que la gente recuerde, a siete que nadie pueda repetir al salir de una reunión.

La construcción de la imagen se ha vuelto aún más compleja con las redes sociales. Antes una declaración equivocada podía desaparecer con el paso de los días. Hoy queda almacenada, reproducida, compartida y recuperada años después. Nuestra imagen ya no solamente se construye: también se archiva. Cada fotografía, comentario, publicación, gesto y reacción puede convertirse en parte de nuestra identidad pública. Por eso, gestionar la imagen no significa crear un personaje. Significa administrar percepciones con coherencia.
La mejor imagen no es necesariamente la más elegante, la más espectacular ni la que genera más publicaciones. Es aquella en la que existe correspondencia entre lo que una persona dice ser, lo que hace y lo que los demás experimentan al tener contacto con ella. Al final, todos proyectamos una imagen, queramos o no. La diferencia es que algunos la dejan al azar y otros entienden que se construye a diario.

En política, en los negocios y en la vida pública, los conocimientos importan. Las habilidades importan. Los resultados importan. Pero también importa cómo somos percibidos. Porque entre lo que somos, lo que hacemos y lo que los demás creen que somos existe un territorio llamado imagen. Y quien comprende ese territorio entiende una de las dimensiones más importantes del liderazgo: la imagen no es solo cómo nos vemos; es lo que significamos para los demás.

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