Inteligencia Ciudadana: Economía, Finanzas y más/AlfredoTorres
Nuestro análisis el día de hoy sale de
nuestras fronteras porque estamos
atravesando uno de los momentos más
críticos desde el punto de vista económico en
nuestra historia reciente; la revisión conjunta
del Tratado entre México, Estados Unidos
y Canadá (T-MEC) 2026. Escuchamos a los
responsables del estado hablar del tratado
con un tono lejano, como si fuera un asunto
exclusivo de diplomáticos de traje y corbata
en Washington o la Ciudad de México, pero la
realidad es mucho más tangible, en esa mesa
de negociación están sentados los empleos
a futuro, el valor del salario y el costo de la
despensa familiar. Para entender la magnitud
de esta revisión que sobreviene exactamente
a seis años de la entrada en vigor del acuerdo,
debemos mirar los números fríos que dicta
la realidad y apagar un rato la narrativa
nacionalista. Según datos históricos de
la Secretaría de Economía y el Banco de
México (Banxico), consistentemente más
del 80% de nuestras exportaciones tienen
un solo destino, Estados Unidos. Con este
dato tan contúndete, podemos dimensionar
que, el T-MEC no es un tratado más; es la
columna vertebral de nuestra economía,
millones de empleos directos e indirectos
en la manufactura, el sector automotriz, la
agricultura y diferentes servicios dependen
de que la frontera siga abierta y sin aranceles,
romper o desgastar esta relación no es un
acto de valentía geopolítica, es un suicidio
económico.
Como señalamos en anteriores
publicaciones, una de las funciones
importantes del Estado, es ser garante del
cumplimiento de contratos y convenios como
parte del Estado de Derecho que brinda la
certeza que buscan los inversionistas. Sin
embargo, en los últimos años, la política
interna de México ha chocado de frente con
sus compromisos internacionales, cambios
abruptos en las reglas del sector energético,
prohibiciones agrícolas sin sustento científico
avalado por la Organización Mundial del
Comercio (OMC) y tensiones laborales han
encendido las alarmas de nuestros socios.
En la historia reciente de nuestro país
hemos constatado como; un gobernante
puede cambiar las leyes a su antojo si tiene
los votos necesarios, pero en el comercio
internacional las cosas son distintas, firmar
un tratado significa empeñar la palabra del
Estado, si cambias las reglas del juego a
medio partido, o no generas las condiciones
para que se desarrolle el tiempo completo,
tus socios tienen el derecho legal de cobrarte
la factura mediante sanciones y aranceles que
terminamos pagando todos los ciudadanos.
A menudo, cuando Estados Unidos o Canadá
exigen que México cumpla con lo que firmó
en el T-MEC, cierta clase política invoca la
palabra “soberanía” como un escudo para
rechazar cualquier escrutinio, el uso del
término es profundamente engañoso, firmar
un tratado de libre comercio moderno es, por
definición, un acto de delegación estratégica
de la soberanía. Un país acepta someterse
a reglas y tribunales internacionales (como
los paneles de controversia del T-MEC) para
darle certeza a los inversionistas de que sus
capitales están seguros, incluso si cambian
los gobiernos. La verdadera soberanía en
el siglo XXI no se defiende cerrando las
fronteras ni violando contratos; se defiende
siendo el país más competitivo, educado
y confiable de la región. El 2026 no es
un simple trámite administrativo para el
T-MEC; es una auditoría externa a nuestro
Estado de Derecho. Si el gobierno mexicano
no logra transmitir certeza, las empresas
transnacionales que hoy buscan relocalizarse
cerca de EE. UU. (nearshoring), simplemente
se instalarán en otros países o regresarán a
territorio estadounidense. Como ciudadanos,
nuestra exigencia debe ser clara, la política
exterior y comercial de México no puede ser
rehén de ideologías internas ni de cálculos
electorales, exigir que el Estado cumpla su
palabra a nivel internacional es defender la
estabilidad de nuestra propia economía.




