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Maistros ‘de los de antes’

  • septiembre 13, 2026
  • 11:04 am

Por Jorge Zamora

Expreso – La Razón

 

¡Malditas goteras! El ‘cantón’ del Caminante se hallaba hecho un acuario. Ahorrando unos meses pudo comprar el impermeabilizante necesario para sellar la azotea, pero el daño ya estaba hecho: la humedad había logrado debilitar el yeso en el techo de la sala y la pared de la fachada.

A pedazos se caía de cuando en cuando y era ya necesario repararlo.

Echó un vistazo en los grupos de ventas de Facebook para enganchar a algún trabajador dispuesto a llevar a cabo esta faena.

Aunque contactó a una docena de ‘maistros’, la mayoría se rajaba poniendo pretextos como “es que yo solo me aviento jales grandes”, “me queda muy lejos”, “solo trabajo los fines de semana”, etcétera.

Al final, solo uno se quiso aventar el tiro y aceptó ir a echarle un ojo a la chamba para proponer un presupuesto. Luego de examinar, fijó un precio que al Caminante le pareció justo y quedó muy formal de regresar al día siguiente a poner el yeso. Nunca lo hizo.

Preguntando aquí y allá, el Caminante logró contactar a otro maistro, que desde el inicio dijo: “¡Yo me aviento la chamba!”. Llegó, le dio un vistazo a las paredes y al techo y dio una cifra justa.

Al día siguiente acudió con su montón de tablas para empezar la chamba que, según sus cálculos, le llevaría dos días de arduo trajinar.

—Yo me llamo Juan Antonio, pero me dicen ‘el Guasón’ —platicó de inicio el “Don”.

—¿Y por qué le dicen así, oiga? —le respondió el Caminante.

—¡Quién sabe! Será tal vez porque siempre ando echando relajo —dijo el yesero.

Don Toño dice que siempre ha sido un hombre de trabajo, pues acumula ya cincuenta años chambeando en la construcción.

“A mí la escuela nomás no me gustó, solo estudié hasta tercer año de primaria”, confiesa el veterano.

“Yo preferí ponerme a trabajar desde muy morrillo para llevar un peso a la casa porque estábamos muy amolados”, cuenta el victorense criado en la “Naco” y barrios circunvecinos.

“Empecé como ayudante de albañil, pero luego ya me dediqué al yeso”.

El viejón cuenta que a lo largo de estas cinco décadas se ha topado con patrones de todo tipo, desde los déspotas y ‘negreros’ hasta los generosos y benévolos.

Cuando un yesero hace un presupuesto suele tener una tarifa por metro cuadrado. Pero cuando el área a reparar es pequeña, suele dar un precio al tanteo.

“Es que no conviene dar precio por metro cuadrado. Imagínese si son tres metros y la cuenta son 300 pesos; solo mover mis tablas desde la López Portillo me cuesta los mismos 300 varos… así no me sale, no me costea. Hay patrones que se lo toman a mal y creen que uno los quiere transar, pero es por eso que yo prefiero hablar derecho desde el principio”, aclara el hombre.

Al llegar, para el yesero lo primerito es ‘hacer espacio’ en el área a trabajar y, a continuación, monta su entarimado (una especie de mesa amplia) sobre el cual se posa para estar a la altura del techo a cubrir o reparar. Don Toño, con sus 1.80 de altura, no batalla para abarcar toda la superficie.

Un problema con el que se topa el hombre continuamente es tener que reparar malos trabajos.

“Me he topado con paredes mal enyesadas, porque la pared o el techo estaban muy disparejos y, en vez de tratar de dejar la superficie planita con cemento, le aplicaron el yeso al chilazo, dejando grosores de hasta cinco centímetros. Ese yeso está condenado a caerse muy pronto. En otros casos, la pared está demasiado lisa y es cuando hay que darle unos cincelazos para que el yeso tenga de dónde agarrarse, pero hay maistros que les vale madre porque lo que quieren simplemente es terminar pa’ cobrar e irse pa’ su casa”, comenta el hombre.

Aunque es muy platicador, ‘el Guasón’ no pierde tiempo y se avienta la chamba en un solo día y le pone la muestra a muchos yeseros jóvenes que no quieren batallar.

El maistro recoge sus tablas. El Caminante le paga y se despiden.

¡Ah, qué gusto da tratar con personas que no le tienen miedo al trabajo y se avientan una buena chamba! Esta semana, la pata de perro se la llevó Don Toño.

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Grupo Editorial Expreso – La Razón

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