Faljoritmo/Jorge Faljo
La guerra en Medio Oriente se libra en múltiples frentes de batalla: luchas militares directas;
competencias tecnológicas; impacto financiero; geopolítica; información y opinión pública. Cada
una de estas vertientes se encuentra en evolución acelerada.
Durante un mes, de fin de julio a fin de agosto hubo una pausa en los ataques mutuos entre
Irán y Estados Unidos. El 28 de agosto Estados Unidos anunció que había desminado el
estrecho de Ormuz. Sin embargo un par de días después acusó a Irán de intentar volver a
minarlo y golpeó más de un centenar de objetivos en las costas de Irán; sobre todo
instalaciones de radar y vigilancia del estrecho, así como lanzamisiles, pero también atacó la
celebración de una boda.
Irán respondió con fuerza contra bases norteamericanas en Jordania y otros países del Golfo al
tiempo que anunció un cambio de estrategia. En adelante sus represalias no serían
proporcionales al ataque recibido sino varias veces superiores; podría, además tomar la
iniciativa de lanzar ofensivas en respuesta al nuevo nivel de bloqueo financiero y comercial.
Tras una advertencia a las tripulaciones Irán atacó buques tanque y el dos de septiembre el
comando militar norteamericano, CENTCOM, anunció una política de contra ataques a
petroleros iraníes.
El cinco de septiembre Irán lanzó misiles balísticos contra un portaviones y un destructor
norteamericanos. La versión norteamericana es que lograron evadir el golpe sin daños. Dentro
de Irán circularon dos versiones distintas: el ala militar afirmó que los buques resultaron
dañados y se retiraron por temor a nuevos ataques, mientras que el secretario del Consejo de
Seguridad Nacional de Irán, describió el lanzamiento como un disparo de prueba sobre el
portaaviones, para demostrar la nueva capacidad iraní sin buscar el impacto.
Al día siguiente Irán anunció el incremento substancial de su zona de control marítimo hasta
alcanzar por el lado este los límites del bloqueo naval norteamericano. El nueve de septiembre
Trump anunció la destrucción de nueve petroleros iraníes, y amenazó con atacar muchos más.
La captura de un mini submarino norteamericano no tripulado fue en la perspectiva iraní, el
fruto de una compleja operación sobre la que no dan detalles. Para Estados Unidos el
submarino, obsoleto, simplemente se descompuso. De una u otra forma la capacidad iraní para
hacer ingeniería reversa abre la posibilidad de que esta captura impulse más sus ya notables
capacidades tecnológicas.
La reanudación de ataques mutuos golpeando petroleros llevó el precio del barril de petróleo a
más de 100 dólares el barril, amenaza con incrementos a la gasolina, el diesel y el combustible
para los aviones. El resultado es un impacto inflacionario global que al interior de los Estados
Unidos se traduce en mayor impopularidad de la guerra y a mayor incertidumbre y riesgo en las
bolsas de valores.
Esta guerra tiene por lo menos otros dos importantes conflictos asociados. Uno es entre Israel y
las resistencias que enfrenta en Líbano, Gaza, Cisjordania y Siria. En todo su entorno ha
logrado importantes conquistas territoriales que lo hacen el principal ganador del conflicto en
marcha y, por tanto el mayor opositor a una retirada militar norteamericana de la región. Por lo
contrario, reclama un mayor compromiso e involucramiento por parte de Trump a su favor.
Otro conflicto cercano ocurre entre Arabia Saudita y los hutíes de Yemen. A pesar del cerco
naval y bombardeos sauditas, los hutíes avanzar en la conquista de la zona desde la cual
pueden tener mejores posibilidades de bloquear el estrecho de Bab el-mandeb y por lo tanto
bloquear el tránsito de buques petroleros sauditas.
En una perspectiva geoestratégica amplia destaca que el 1 y 2 de septiembre se llevó a cabo la
26a cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, a la que acudieron 10 países,
entre ellos China, Rusia, India, Pakistán e Irán. En el documento final, o “Declaración de
Bishkek” condenaron “los ataques militares contra el territorio de la República Islámica de Irán”
por violar el derecho internacional y la Carta de la ONU y por crear “graves riesgos para la paz
y la seguridad internacionales”. Llamó mucho la atención que el documento fuera firmado por
Modi, el primer ministro de India, anteriormente aliado a Israel.
Otro cambio relevante son las declaraciones, primero, del canciller turco que en la presentación
del pacto de defensa de la Meca, que incluye a Arabia Saudita, Pakistán y Turquia, declaró que
“el único problema aquí es Israel”. Más adelante, el ocho de septiembre, el presidente del país,
Erdogan dijo que la guerra en Medio Oriente comenzó por las acciones y provocaciones de
Israel y sus efectos los está pagando todo el mundo. Anteriormente Erdogan había criticado
algunas acciones de Israel, ahora lo situó como causa raíz de la guerra entera. Importa señalar
que Turquia es miembro de la OTAN, y por lo tanto aliada de Estados Unidos.
También es significativo que 12 países, incluyendo Canadá, Dinamarca, Finlandia, Francia,
España y Reino Unido, entre otros, hayan decidido sancionar y restringir las importaciones
procedentes de los asentamientos israelitas en Cisjordania. Declaran que esa colonización es
ilegal.
La guerra en Medio Oriente provoca fracturas en las sociedades, clases políticas y gobiernos
de ambos lados de la ecuación. Estas son evidentes tanto en los Estados Unidos como en los
países anteriormente mencionados.
Joe Kent, exdirector del Centro Nacional Antiterrorismo, afirma que el propósito que hoy
cumplen las tropas y tripulaciones estadounidenses desplegadas en la región es servir como
“carnada” para arrastrar a Estados Unidos más profundamente al conflicto. Según Kent, el
lobby proisraelí y organizaciones neoconservadoras buscan mantener a las tropas en el radio
de alcance de los misiles iraníes porque ven en unas eventuales bajas masivas la oportunidad
de forzar una escalada mayor, ya sea el uso de un arma nuclear táctica o el envío de tropas
terrestres
También dentro de Israel y el judaísmo en general existen posiciones confrontadas; no todos son
sionistas. El documental Naza, de los cineastas israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor acaba de
estrenarse en el Festival de Venecia con una ovación de 25 minutos. A lo largo de tres años, y en
condición de anonimato, entrevistaron a 24 oficiales del ejército y los servicios de inteligencia israelitas
sobre cómo operó en la práctica la guerra en Gaza.
Naza es la sigla que usa el ejército israelí para las bajas civiles previstas al aprobar un ataque; los
oficiales relatan que el sistema llegó a autorizar golpes de hasta 500 civiles muertos para destruir aldeas
o barrios enteros. El testimonio adquiere un peso particular porque toda la información que sale de Gaza
se encuentra bajo estricto control del ejército israelí. El documental muestra que al menos una minoría
de los israelitas, en particular los que mejor conocen los detalles de la guerra, está dispuesta a
denunciarla.
La guerra en Medio Oriente es compleja y sus efectos se expanden como una creciente oleada
de cambio en las percepciones sociales, en las alineaciones geoestratégicas y,
lamentablemente, ya inciden en el bienestar del planeta entero.





