Faljoritmo/Jorge Faljo
La guerra en Medio Oriente se transformó de manera notable en la última semana. Se aceleró
el cambio geoestratégico y la balanza de poderes entre los actores en el conflicto. Es una
guerra compleja que se libra en múltiples frentes: el militar, con impactos en lo económico,
político, mediático y social tanto en la región y como a nivel global. Por ahora el comentario
será sobre dos cambios en el nivel y extensión del conflicto; uno es la destrucción de buques
tanque y el segundo es la guerra entre Arabia Saudita y los hutíes de Yemen.
Los ataques y contra ataques entre Estados Unidos e Irán se mantuvieron durante meses, de
manera intermitente, a un nivel relativamente moderado y, aunque con importantes excepciones
centrados en blancos militares. Sin embargo Estados Unidos ha atacado los mismos blancos
una y otra vez sin afectar el curso de una guerra que no está ganando. Tal vez en alguna
medida derivado del agotamiento de blancos militares en la última semana Estados Unidos
atacó buques petroleros civiles no armados. Irán respondió de manera similar. Esta escalada va
mucho más allá de los bloqueos. Estos podrían ser suspendidos de manera relativamente fácil
para permitir un rápido regreso al flujo normal de materias primas. Sin embargo el ataque a
buques tanque tiene un efecto distinto; impacta de manera irreversible, al menos por un largo
tiempo, la capacidad de transporte de petróleo al resto del planeta.
Otro impacto fuerte al abasto petrolero global es que Arabia Saudita reanudó su guerra de
décadas contra los revolucionarios yemenitas; es decir los hutíes o, como prefieren llamarse
ellos mismos Ansar Allah (los defensores de Dios). Esta es una guerra que se libra en dos
frentes, como ataques directos de los sauditas y como guerra civil entre los revolucionarios y el
gobierno de Yemen que es reconocido como legitimo a nivel internacional. Aquí hay que
matizar, Ansar Allah es presentado en los medios internacionales como un simple grupo rebelde
que controla cerca de la tercera parte del territorio del país.
Sin embargo Ansar Allah controla la tercera parte del territorio de mayor fertilidad agrícola y
donde vive la mayor parte de la población; domina la capital del país y el aeropuerto
internacional. Es decir que en la práctica es el verdadero gobierno de Yemen. El otro gobierno
se extiende sobre la parte más desértica y menos poblada y se sostiene gracias a un ejército
mercenario pagado por los sauditas.
El contra ataque de Ansar Allah los llevó a conquistar la costa del mar rojo hasta la frontera con
Arabia Saudita y la ciudad de Mokha así como unas islas situadas prácticamente a la salida del
mar rojo. La conquista de este territorio elevó notablemente su capacidad de control del
estrecho de Bab al Mandeb, un paso marítimo estratégico por el que transita una parte clave
del comercio marítimo mundial. Es tanto o más importante que el estrecho de Ormuz porque su
cierre, que no ha ocurrido, implicaría en la práctica cerrar el canal de Suez.
La captura de la Ciudad de Mokha fue mucho más fácil de lo esperado; cerca del 80 por ciento
del ejército pagado por los sauditas para combatir a los hutíes era nomina inflada. Los hutíes
pelean por convicción y enfrentaron un fantasma creado por la corrupción.
Ansar Allah daño el oleoducto que permitía a los sauditas exportar petróleo por el mar rojo, y a
sus acciones se suma al cierre del estrecho de Bab al Mandeb a la navegación saudita. No es
un cierre a la navegación internacional. Al otro lado del mar rojo, el golfo pérsico también está
bloqueado. Así que Arabia Saudita ya comunicó a Europa que no podrá cumplir las entregas de
petróleo habituales.
Es común este conflicto como guerra entre dos países. No obstante es una visión simplista.
Toda guerra externa provoca cambios en la alineación de fuerzas políticas al interior de los
países en conflicto. Del lado yemenita el conflicto interior, de hecho guerra civil, es evidente.
Conviene también fijar la mirada en los riesgos crecientes que enfrenta Arabia Saudita en su
situación interna.
El potencial de desestabilización regional es mucho más alto de lo que indican las apariencias.
La familia Saudí, que le ha impuesto su nombre al país, ha podido controlar al resto de las
tribus y población gracias a los enormes ingresos que le da el petróleo, al control de los lugares
santos del Islam y a la imposición de una corriente religiosa extremadamente puritana.
Pero es un gobierno autoritario sentado sobre un barril de pólvora. Su imposición religiosa, la
apropiación desmesurada de la riqueza del país por una familia y la represión que ejerce sobre
toda disidencia lo hace muy impopular. Esto era controlable hasta hace poco, pero la situación
ha cambiado. Ahora, sin ingresos petroleros y sin las bases militares norteamericanas que
contribuían a su control interno, es un gobierno que enfrenta enormes riesgos.
El príncipe Mohamed Bin Salmán –MBS-, gobierna Arabia Saudita con mano de hierro y ha
llegado a encarcelar e incluso torturar a docenas de otros príncipes de su familia. Para
responder al ataque de Ansar Allah pidió ayuda a Trump pero este se la negó. Debido tal vea a
la caída en su arsenal disponible o, posiblemente, a un acuerdo discreto con los yemenitas
para que no cierren el estrecho de Bab al Mandeb a la navegación internacional. MBS también
pidió ayuda a Pakistán pero este dijo que el acuerdo de defensa mutua no cubre condiciones
de guerra preexistentes. Turquía no respondió. MBS voló a Egipto a pedir ayuda; pero es muy
improbable que más allá del discurso oficial consiga un apoyo efectivo. Egipto no se arriesgará
a un ataque al canal de Suez.
MBS está atrapado. Llegar a un acuerdo de paz con los yemenitas sería, en su visión, un mal
ejemplo que podría alentar otros grupos revolucionarios en Irak. Recordemos que millones de
iraquíes acudieron a los funerales del Ayatola iraní asesinado y en respaldo a Irán. Sería un
fracaso que debilitaría a su gobierno. Pondría en riesgo el control sobre territorios
anteriormente arrebatados a Yemen cuya población tiene afinidad cultural y religiosa con
Yemen.
El problema interno no es exclusivo de Arabia Saudita. La guerra ha fragilizado a todos los
gobiernos árabes del golfo pérsico. Son dictaduras monárquicas muy autoritarias cuya historia
se remonta a la imposición occidental de las familias gobernantes. Se han mantenido en el
poder gracias a la abundancia de recursos y al apoyo militar de occidente. En estos países
árabes la población trabajadora es básicamente de inmigrantes sin derechos que superan en
número a los ciudadanos privilegiados. El control de esta mayoría de extranjeros es severo.
Ahora se están desmoronando los pilares que sustentan el modo de gobierno y el estilo de vida
de la población. Se agota la anterior abundancia de recursos, se desvanece el apoyo militar
norteamericano, hay dificultades de aprovisionamiento de bienes de consumo y existe el riesgo
de una escalada militar que haga inviable la vida en el desierto. Se trata de un terremoto lento
pero inexorable que cimbra y desestabiliza. Entre todas las transformaciones que induce la
guerra en Medio Oriente el potencial de revoluciones al interior de las petro monarquías podrían
llevar a la mayor alteración regional y global.
La alternativa es cambiar para seguir igual. A las petro monarquías les urge el fin del conflicto
externo antes de verse desintegrados por las fracturas internas. Desde Irán el mensaje para
estos pueblos es una oferta de seguridad basada en acuerdos regionales. Es un cambio
crecientemente atractivo ante el retroceso e ineficacia de la protección de los Estados Unidos
en lo externo e interno.
El hecho es que ahora la transformación regional y global marcha de manera acelerada.





