Crónicas de la calle/Rigoberto Hernández Guevara
Se fue el Internet y todavía se escucha el grito en el cielo a tres segundos de ocurrido el
acontecimiento. En el barrio se perdieron los grupos de WhatsApp y las usuarias amenazan
con salir a las calles con una lata de tamales. De perdido nadie se queda sin comer.
Por el momento hay que conservar la calma en medio de esta soledad que se siente bien
gacho. Estoy en el rincón de una cantina y sin Internet ya viaja el pensamiento rumbo a ti. No te
lo había dicho para que no te creas mucho.
Hay que reconocer que no hace mucho tiempo no existía el Internet ni el teléfono y las cartas
se volvían virales escritas a mano. Nadie hizo más que acudir a la papelería si se agotaba la
tinta, con un sacapuntas sacaba punta al lápiz y a escribir lo que fuera. Luego de unos días el
destinatario monástico y ceremonioso procederá desde una masmorra- donde se encuentra
recluido- a darle lectura a la carta recibida unas 500 veces antes de que vuelva el Internet con
sus gigas elevados a la última potencia antes del fin del mundo, prometidos si se cambia de
compañía telefónica completamente de gorra.
Se va el Internet e imaginas una mujer desnuda y en lo oscuro como dijo Benedetti, y así sin
nada más regresan las cicatrices al sitio de origen y deseo chatear con alguien, con quien sea
que diga el típico “hola”, y está bien si no contesto sólo para una debida importancia. Sin
Internet cualquier cosa puede ocurrir, como si el mundo, oculto ahora, nos espiara y nos
respirara en la nuca con la luz apagada.
No puedo procesar el mundo a mil kilómetros por hora desde la falsedad y la simulación de mi
existencia en la red. Estoy apagado y se me acabó el veinte, ya fui, sin Internet ya valió Wilson.
Y yo con chingos de amigos en el Facebook, qué haré sin Uber, sin la comida rápida y sin las
motos jugando carreras por el eje víal hasta las “Lomas de Guadalupe”.
Por la posición al caminar es fácil descubrir a un joven sin Internet observando en la pantalla su
propio pensamiento, mientras camina por la calle que no conoce por andar en la nube.
Se fue el Internet y la vida me impidió ver al Presidente de Corea del sur y su distinguida
esposa, comiendo tacos. Sin Internet supongo se estimula la imaginación, ya qué. Se recrea de
nuevo el concepto no sustraido de Wikipedia para sacar al historiador que todos llevamos
dentro.
Ignoro por completo las repercusiones en caso de que el Internet por alguna razón desconocida
o karma nuestro decida no volver a estos días largos y aciagos sin ver el estado de una cuenta
anónima que hasta podría ser un bot que me sustituya desde una región remota. Se va el
Internet y nos liberamos de los bots por el momento. Podemos incluso decir con toda seguridad
que lo que vemos en la realidad es verdad.
Ahora tengo un libro frente a mi y han llegado como antes una pila de papeles de extraña
procedencia. Sin Internet se aproxima el viaje de quienes viven lejos. Los ojos más abiertos ven
más allá de trolear y seguir las tendencias hasta que salgan por donde vinieron para abrir
espacio a nuevas ideas absurdas, nada qué ver con nosotros.
Aquí sin Internet, en una máquina olivetti escribo otra carta al destino, paralela al presente, en
la calle los niños juegan al changai, a la canica, al trompo enterrado, al avión, a la cuerda, val
fútbol callejero, al tú la traes y no me la pegas, a todo lo que se pueda jugar sin un audífono en
Ia oreja izquierda, sin un teclado rehaciendo textos desde la misteriosa Inteligencia Artificial,
que no conoció al abuelo, que fue un viejo sabio.
Se fue el Internet y nadie sabe nada, comienzan a salir las personas a las calles para preguntar
si lo de antes fue una simulación o fue real. Nadie los conoce. Tal vez , como en otras
ocasiones el Internet salió por un rato a comprar unos cigarros. Uno que va a saber de los
algoritmos.
HASTA PRONTO





