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PISA alerta: Inteligencia Artificial nos atonta

  • septiembre 13, 2026
  • 8:32 am

Faljoritmo

Jorge Faljo

 

La prueba PISA califica, mediante una muestra estadística, el desempeño de los estudiantes de 15 años en tres áreas: matemáticas, lectura y ciencias. La OCDE patrocina la aplicación de la prueba cada tres años, tanto en los 38 países que integran la organización como en muchos otros que la consideran un indicador valioso. En 2025, la prueba se aplicó en 91 países y economías y las conclusiones acaban de publicarse. La OCDE jerarquiza la lista de países de acuerdo con el resultado en matemáticas; es, posiblemente, el resultado que considera un poco más relevante.

Las conclusiones para México se encuentran de manera persistente por debajo del promedio de la OCDE. En 2022, el resultado en matemáticas fue inferior en 14 puntos al de 2018; en 2025, la caída fue menor, de 7 puntos. Una caída que la OCDE considera estadísticamente significativa, es decir, real; mientras que la baja en lectura (menos 7) y la mejor calificación en ciencias (más cuatro) las considera dentro del margen de error estadístico propio de un muestreo, es decir, no significativas. Queda entonces como único resultado decididamente negativo la baja en matemáticas.

Tanto en el caso de México como en el del conjunto de la OCDE, los malos resultados de 2022 eran esperados debido al impacto educativo negativo que tuvo la pandemia de COVID. Ahora pareciera entenderse que no hay pretexto, como lo hubo en 2022, para abstenerse de una crítica severa, o cautelosa, del quehacer público.

El resultado PISA es indudablemente negativo, tanto por la baja posición de México en la comparación internacional como por su tendencia a empeorar respecto de sí mismo. Sin embargo, derivar el empeoramiento casi exclusivamente de la operación de la educación nacional es muy limitado e insuficiente para entender que la prueba PISA nos enfrenta a un problema más grave, de mayor envergadura, que no es estrictamente nacional ni solamente educativo, ni atañe sólo a los jóvenes.

En este contexto, debiera llamar más la atención que Andreas Schleicher, director de Educación y Competencias de la OCDE y asesor especial sobre Política Educativa del secretario general de la organización, haya felicitado decididamente a los maestros, directivos, estudiantes y familias de México. Mientras muchos sistemas educativos del mundo vieron caer sus resultados, México se sostuvo ante la adversidad.

En ciencias —el eje de esta edición de PISA—, el desempeño mexicano se mantuvo estable desde 2012, y en lectura el país conservó su posición mientras otros retrocedían con fuerza. Schleicher destacó, además, que los estudiantes mexicanos reportan más curiosidad e interés por aprender que el promedio de la OCDE y una relación más cercana con sus maestros.

Y, además, pese a que México amplió su cobertura educativa —incorporando a más jóvenes de sectores marginados—, la brecha de calificación entre estudiantes ricos y pobres no se ensanchó y, de hecho, es menor que el promedio de la OCDE.

Schleicher es la máxima autoridad institucional detrás del diseño metodológico, la coordinación entre países y la interpretación oficial de los resultados de la OCDE. Su palabra vale. No obstante, su elogio puede también interpretarse en reversa: los resultados promedio del conjunto de países de la OCDE cayeron más que los de México.

En Estados Unidos, el puntaje en lectura fue 14 puntos menor, el más bajo desde 2000. En matemáticas y ciencias, la variación no fue significativa. La secretaria de Educación de Estados Unidos describió la situación como una década de estancamiento y una brecha devastadora. Esto último se refiere a la diferencia entre las calificaciones más altas y las más bajas, asociadas a diferencias socioeconómicas y en calidad educativa.

En Francia se habla de descalabro histórico y fuerte caída en las comparaciones internacionales; en lectura y matemáticas, los puntajes son los más bajos desde 2000. En Alemania, los niveles son los más bajos desde el inicio de PISA. Finlandia fue el primer lugar mundial en lectura en 2000; ahora tiene el puesto 17 y la prensa habla de un desplome. En Holanda, las habilidades de lectura de los jóvenes de 15 años volvieron a caer.

México tiene deficiencias en educación y calificaciones más bajas que la mayoría. Pero el diagnóstico no puede ignorar que la caída es internacional. Incluso los países con las calificaciones más altas —China, Corea, Japón y Singapur— retrocedieron. Continúan a la cabeza de todos, pero comparten la tendencia negativa global.

Estamos ante un declive generalizado de las capacidades cognitivas de los estudiantes de 15 años. La OCDE encontró que el uso diario de IA para sustituir tareas cognitivas —redactar, resumir, investigar— se asocia con peores resultados, mientras que un uso moderado, como apoyo al aprendizaje, no perjudica el desempeño. Evita así una condena general; sin embargo, los resultados parecen indicar que el uso excesivo prevalece sobre el uso prudente.

Conviene considerar que la conclusión global de PISA es una señal de alerta, ciertamente para los jóvenes y la educación, pero no se limita a ese espacio. Hay que verla como una alerta global, intergeneracional y para la humanidad entera.

Dos líneas de respuesta brindan cierto optimismo. Dinamarca ya prohíbe el acceso a redes sociales a menores de 15 años y, el 10 de septiembre, en reacción a los resultados PISA, la primera ministra Mette Frederiksen anunció la prohibición total de celulares en las escuelas. Los Emiratos Árabes Unidos, con los mejores resultados del mundo, apuestan por un uso curricular supervisado de la IA, a diferencia del uso por la libre, individualizado y caótico.

Sin embargo, atender el problema educativo no basta. PISA mide a chicos de 15 años que no viven en una burbuja separada del resto de la población. Usan los mismos teléfonos que sus padres, son guiados por los mismos algoritmos que deciden qué leen y por cuánto tiempo, y utilizan cada vez más las mismas herramientas de inteligencia artificial que resuelven por ellos preguntas que antes tenían que resolver solos.

Si esas herramientas cambian la manera en que un adolescente lee, retiene y razona, también lo hacen en los adultos fuera de la escuela, en el trabajo y en el tiempo libre.

Dicho de otro modo: si los resultados de PISA reflejan, aunque sea parcialmente, un fenómeno de época —menos lectura sostenida, menos memorización, más apoyo en una pantalla que responde por nosotros—, entonces la pregunta no es “¿qué le pasa a la escuela en México y el mundo?”, sino “¿qué nos está pasando a todos?”.

Lo que abre una posibilidad aterradora: que, sin control, la inteligencia artificial esté atontando e inhibiendo el desarrollo humano.

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